Hace algunos años, me llamó mi vecino de los bajos y me dijo que había recibido la sorpresiva visita, de la hija del antiguo dueño del inmueble donde vivimos. Ella mostró mucho interés en visitar solamente mi apartamento, por lo cual el le facilitó mi número de teléfono.
Al siguiente día recibí la llamada, y nos pusimos de acuerdo para vernos. Ella, una mujer joven aún, se mostró muy emocionada, cuando la recibí con todo agrado. Venía temerosa, por las historias que le contaban que, aquí todo el mundo temía que los de allá, volvieran a quitarnos lo que les había pertenecido. Se percató de inmediato que yo no tenía ese temor, e inmediatamente surgió la empatía. Le mostré, como es lógico todo el apartamento y el jardín que habíamos logrado construir en la azotea. Se emocionó muchísimo y me comentó que su papá había diseñado el edificio de tres apartamentos, uno en cada planta para disfrute de la familia. Lo terminaron de construir en mil novecientos cincuenta y ocho y dos años después ya estaban en el exilio, lo que fue muy duro para la familia. Este piso, era de su particular interés pues fue donde ella vivió desde su nacimiento. Sus abuelos vivían en la primera planta y sus tíos en la segunda.
Fui yo la que realmente se sintió emocionada y sentí vergüenza ajena, al ver como todo el sacrificio y el amor con que una familia había logrado reunir el dinero y edificar algo para siempre estar juntos, de pronto, por obra y gracia de un fenómeno social se vieran obligados a abandonarlo todo.
Hoy tuve noticias suyas y esta vez se lo debo a mi blog. Ella se ha convertido en mi lectora y espero que con el tiempo en mi amiga. En definitiva, tanto ella como yo hemos sido títeres del destino.
