El cliente siempre tiene la razón

Eso era antes, me contestó la muchacha, que iba delante de mí, cuando yo le comenté el viejo slogan. Ahora es sálvese quien pueda. Ella muy joven aún, hablaba como si nos conociéramos de toda la vida. Y mirando a través de los cristales de la tienda, aguardando a que el portero nos autorizara pasar, con la consabida frasecita que pasen tres nos entretuvimos en observar los trabajos que pasaba la cajera para marcar los códigos y los precios, debido al exagerado largo de sus uñas postizas. Me llamó mucho la atención la sortija que exhibía en su dedo anular: era redonda, plana y enorme, como una plaza de toros. Unido esto al ruido que causaban sus uñas plásticas, al chocar con la calculadora, pensé que ella también estaba haciendo el papeleo para convertirse en cubañola y, simplemente estaba tratando desde ya, de entrar en ambiente, pues aquello sonaba casi como castañuelas.

Ya nos queda menos, me comentó la chica, que por cierto, estaba nerviosa o apurada, y no paraba de hablar. Estoy aquí, me comentó, porque vengo desde el Vedado recorriendo todas las tiendas, más las de todo este barrio y en esta tiendecita es donde único lo hay. Cálmate le dije, ahorita nos toca entrar.

En ese momento, un camión se aparca frente a la tienda y el portero asoma las narices. Ahora nosotros, verdad, le pregunté en cuanto asomó la cabeza. No señora, lo siento mucho, la venta se va a detener porque llegó mercancía y figúrese, tenemos que descargar y contarla. A la muchacha conversadora, parecía que le iba a dar un ataque. Traté de calmarla, pero me fue imposible, daba gritos y decía ¡ahora con qué me límpio el! si este es el único comercio donde lo hay. Cállate le dije, antes de marcharme, recuerda que el cliente es la última carta de esta baraja.