Las Navidades de Fermín

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El siempre soñó que sus huesos fertilizarían un día, cuando le llegara su hora, la tierra que lo vio nacer. Con el paso y el peso de los años, observó con callada tristeza, la marcha hacia el exilio de amigos y familiares. Poco a poco se fue quedando solo.

Ahora Fermín, con sus ochenta años generosamente repartidos por su magro cuerpo, salió de nuestro planeta, hacia México con un pequeño maletín, y un corazón lleno de expectativas: finalmente se reuniría con toda su familia.

Llegó al DF, donde lo esperaba un buen amigo, con instrucciones precisas de llevarlo sano y salvo, hasta la frontera. Pero Fermín, un poco atolondrado por el viaje, al llegar a Guanajuato, salió del hotel, le dio la vuelta a la manzana y exclamó: -¡Coño, yo creía que Miami era más grande!- Pronto su amigo lo sacó de su error. Le esperaban aún once horas de viaje para llegar al punto indicado y, por supuesto, una vez in sito, solicitaría de inmediato acogerse a la ley de ajuste cubano.

Lleno del entusiasmo que lo caracteriza abordó el bus que lo conduciría a Orlando, pero cuando llevaba unas cuantas horas de camino, se percató que su maletín, con todos los documentos, se le había quedado en la garita fronteriza. Ni corto ni perezoso, tomó otro ómnibus de regreso a Texas, recuperó su maletín y emprendió nuevamente viaje. Esta vez iría directo a Miami.

Finalmente, después de 140 horas de viaje (desde que salió de nuestro planeta) logró reunirse con sus angustiados familiares. Estos al interrogarlo por la inexplicable demora, Fermín con una gran sonrisa les comentó: - ¡Caramba, como he disfrutado el paisaje!-

Después de tantos años y tantas peripecias, Fermín estas Navidades las va a pasar en familia.