De lo sublime a…

Ayer en una tertulia entre amigos, cansados ya de temas tan serios como el despido que se avecina de más de un millón de trabajadores, y queriendo relajar un poco la conversación, caímos en anécdotas que, aunque parecen bromas, son pura realidad y nos hacen reír de tan absurdas por si mismas.

Mira, me decía Marta, si no lo veo, no lo creo. Resulta que en la calle G, después que se ensañaron diezmando los bustos y estatuas de los presidentes cubanos de la época republicana, sin tener en cuenta que son parte de nuestra historia, hay una estatua que devino famosa, porque al derribarla se le quedaron los zapatos en el pedestal, detalle este que ha conseguido que siga siendo muy visitada. Pero bueno, no es de ésta de la que quiero hablar. Se trata de la que le hicieran a Salvador Allende, con una desproporción descomunal en el brazo que se alza con la mano señalando el horizonte (en este caso el mar). Pues bien, continuaba mi amiga, alguien se dio cuenta un día que la mano se desenroscaba y separaba del resto del busto, y haciéndose el simpático se la quitó, y estuvo perdida algunos días, hasta que una noche, la reintegraron al resto de la escultura. Entonces, de vez en cuando, alguien de nuevo se la quitaba y días después reaparecía como por arte de magia. Esto hizo que tuvieran que asignar un custodio al busto. ¡Como con la de John Lennon, dijo Wilfre! Efectivamente, ahora las veinticuatro horas del día hay una persona haciendole guardia al presidente chileno. Igualmente sucede con la del más famoso de los Beatles. El cuidador tiene guardados en su bolsillo los espejuelos, y se los coloca cuando alguien quiere hacerse una foto junto a la ya popular figura de bronce. Una vez realizada la instantánea, los vuelve a guardar, hasta próxima ocasión. De lo que si estoy segura, les dije a los allí presentes, es que ninguno de estos dos guardianes va a quedar cesante en los nuevos reajustes laborales. ¿Y no sería más económico, interrumpió Verónica, que le pusieran lentes de contacto a la susodicha?