Todo por un puto documento

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Hoy mi amiga, se despertó temprano y de muy buen ánimo. Debía emprender un peregrinaje y ella lo sabía. Necesitaba enviarle a su primo, que vive fuera de nuestro planeta, un certificado de nacimiento. Se calzó un par de zapatillas previendo las largas caminatas que debía dar, pues el transporte está cada vez peor.

Logró, haciendo diversas acrobacias muy bien aprendidas en su época de bailarina, abordar el primer ómnibus que se detuvo en la parada. Los anteriores ni se acercaban: se detenían muy antes o muy después y había que salir corriendo a capturarlos. Experimentando todo tipo de sensaciones, logró escurrirse y apretujarse entre los pasajeros, para lograr bajar en el lugar de destino. Claro, debía continuar a pie, ya que le faltaban unas cuantas cuadras para llegar a la oficina en cuestión. Después de pedir el último y esperar un par de horas a que le correspondiera su turno, solicitó a la empleada la certificación que deseaba. Esta, con cierta pereza y toda la calma del mundo, al rato de hojear un libraco enorme, le dijo ¡ay mi niña, esto no está aquí!, tienes que ir a solicitarlo al Registro que está en Acosta y 10 de octubre.

Con toda la entereza que cabe en estos casos, mi amiga se dispuso a seguir tras las huellas del documento. Cuando después de caminar bastante llegó al otro registro, la empleada de allí, una vez comprobado el tomo y el folio, le dijo: Pero mi cielo, esto no está aquí, Está en el Registro de donde tu vienes. Diles allí que te digo yo que lo busquen bien. Yo no se que les pasa, que a cada rato me mandan a alguien equivocadamente para acá.

Cuenta mi amiga que ya a estas alturas de la historia, la sangre le hervía en las venas, pero acordándose del libro de Chopra que había leído, se sentó tranquilamente en el contén de la acera, y contó hasta veinte. Poco a poco se fue calmando. Intuía que lo peor aún no había pasado, eso vendría después, cuando finalmente tuviera el documento en sus manos y tuviera que llamar a su primo para que éste le enviara los ciento cincuenta dólares que cuesta legalizarlo, ya que el vive fuera. Aún le quedaba un gran camino por recorrer. Y todo eso por un puto documento, que en otros lugares lo solicitas por Internet y te lo envían a casa, a vuelta de correos, gratis además.