RV: Pisando cuarzo rosa.

Es viernes de Semana Santa y todos, después de tomar el desayuno, hicimos nuestras mochilas para pasarnos el día en Tunquén y regresar sábado en la tarde. Esta hermosa zona pertenece a la quinta región, cuya capital es Valparaíso. Consta además de un impresionante paisaje, con suficiente cuarzo y madera, con la que se construyen y adornan las casas de este balneario tan de moda hoy. Se encuentra solamente como a una hora treinta minutos de Santiago en auto. Salimos temprano tratando de evitar el taco, pero ni modo, de todas formas nos pilló a la altura del aeropuerto. El auto marchaba lento y, mi sobrina, que no gusta de estar sin hacer nada iba bordando un tapiz, yo trataba de hacer algunas fotos, pero la neblina y la lluvia no me dejaban.

A mitad de camino, paramos a almorzar en un lugar típico de comidas chilenas, Los Hornitos de Curacaví. Allí degustamos el rico pastel de choclos con un buen vino chileno.
Al llegar, nos extrañó ser los únicos comensales. Minutos después, como por arte de magia, aquel inmenso y bello restaurante estaba lleno casi en su totalidad.

Retomamos la autopista y de nuevo la lluvia nos acompañó, como amante fiel. No dije nada, pero temí mucho a la entrada de la carretera que conduce a Tunquén llena de curvas cerradas. Pensé que al llegar nos enfrentaríamos a una baguada, pero afortunadamente no fue así. Justo llegando a la casa había cesado de llover y el sol pujaba por asomarse entre las nubes.

Poco a poco fue mejorando el tiempo. Finalmente el sol salió y pude hacer una buena caminata por los alrededores. Desde allí se veía el oleaje mordiendo con furia las rocas de la playa. Mientras hacía fotos, iba de vez en cuando recogiendo algún que otro cuarzo rosa para llevarles a los amigos en mi planeta, como prueba irrefutable de que he caminado, como les decía, pisando cuarzo rosa.

Otro triunfador desconocido.

En mi planeta, los que abandonan el suelo patrio, pasan a ser desconocidos aunque sean triunfadores.

Hace catorce años llegó a Chile Yoel Gutierrez . Atleta cubano de excelentes resultados en eventos nacionales e internacionales, aunque su participación en algunos de éstos se frustró por razones de índole política y no deportiva.

Pasaba el tiempo y Yoel se estaba acercando a la edad en que un atleta debe retirarse. Se le acababa el tiempo, viendo frustrarse sus sueños de campeón.

Nació en 1971, el menor de tres hermanos. Entonces ya no quedaba nada del bienestar del que había disfrutado su familia, cuando su padre, trompetista talentoso, integraba la banda de música del Ejército de la República. Dice Yoel que su progenitor, en 1959, al triunfar la revolución, le dijo a su esposa e hijos: Cuiden sus zapatos y sus ropas, que en veinte años más no va a quedar nada en este país. Asimismo les aconsejó que dejaran la isla. Ninguno de ellos lo hizo. Él mismo nunca se fue.

Alos seis años Yoel dejó el hogar de sus padres, reclutado por un entrenador que lo incluiría en un programa especial para atletas de alto rendimiento. Esta separación dice, lo marcó.

Para Seúl 1988, cuando estaba en la plenitud de su carrera, perdió la oportunidad de ganarse una medalla olímpica porque el gobierno de la isla decidió no enviar a la delegación deportiva, argumentando falta de garantías.

Después de muchas competencias en distintos países, decidió quedarse como ilegal en Chile, pasando muchas calamidades. Tuvo que dormir en diversos lugares donde le ofrecieron refugio. Realizó trabajos que nada tenían que ver con su formación deportiva,
Pero nunca se amilanó.

Descubrió un día a Tomás González y vislumbró en él a un futuro campeón que no estaba recibiendo el entrenamiento adecuado. Yoel se ofreció a entrenarlo, sin interesarle el salario a devengar. Pasó por muchas incomprensiones debido a su carácter y sus métodos, pero finalmente, su entrega dio frutos: Puso en lo más alto del podio a un atleta chileno. Nunca antes este país había tenido un campeón: dos medallas de oro y una copa del mundo, además de ser propuesto por el Presidente de este país, como abanderado para Londres 2012.

Todo esto, dice Tomás lo logró su entrenador cubano quien le enseñó que:

La medalla de bronce está bien. La plata se reconoce. El oro se prioriza. Si quedas cuarto, ¿a qué fuiste?

Las dos orillas.

Hace apenas unos días llegue a Santiago de Chile, hermosa ciudad que como su tocaya cubana se encuentra en un hueco. La diferencia es mucha, aunque en ambas se habla español. Esta es una ciudad que hace un año tuvo un terremoto de la magnitud del de Haití, sufrió al igual que ese otro país muchos daños, además de un tsunami. Sin embargo, cuando fuimos ayer al aeropuerto a buscar a una muy querida amiga que viajaba desde Miami, a esta ciudad solo para verme, me pude percatar (no lo hice cuando llegué, por razones obvias), que esta terminal aérea, que había sufrido los fuertes embates del sismo, estaba totalmente restaurada, como si nada hubiese ocurrido. Asimismo el resto de la capital luce resplandeciente, limpia y florida como es habitual en ella.

Ayer salíamos mi amiga Ritza y yo del museo municipal Casas de lo Matta, de acceder gratuitamente a una hermosa exposición de pintura -El regreso del gusanito Jacob-, de Nicolás Camus Joannon y otra de fotografía, -El mundo de noche-, de diferentes autores. Además de disfrutar enormemente de las dos muestras, asimismo recorrimos los hermosos jardines de la casa, aprovechando el buen tiempo, para hacernos unas cuantas fotos.

Cuando salíamos del local, más que satisfechas y sonrientes, nos acercamos en la parada del ómnibus a unos estudiantes que allí estaban, para preguntarles cuánto costaba el pasaje. Ellos muy amablemente nos dijeron que teníamos que previamente sacar una tarjeta y para ello, debíamos caminar bastante, porque el punto de venta de las mismas se encontraba un poco lejos. Al decirnos esto, yo les respondí que eso de caminar para mi no era problema, pues yo venía de un planeta donde hay que caminar mucho. Uno de ellos me preguntó cual era ese planeta, yo le respondí: Cuba. mi amiga, tomó la palabra y agregó: yo también soy de ese planeta, solo que vivo en la otra orilla, en Miami. Ellos rieron, nos despedimos y continuamos nuestro camino. Yo me quedé pensando en el aniversario de Girón ó Bahía de Cochinos, como se le quiera llamar, que se conmemora en estos días. Me puse un poco triste al pensar en aquel acontecimiento que enfrentó a cubanos de las dos orillas y de donde todos salimos lastimados.
Las dos orillas.doc

Un felíz aterrizaje.

Cuando me hablaron de una invitación a Chile para un intercambio cultural, me puse muy contenta, por supuesto. En mi planeta, hasta el gato quiere viajar, quizá sea precisamente por lo complicado y laberíntico que es. Siempre la fruta prohibida suponemos tiene mejor sabor.

Pero bueno, sabor es una cosa y los sinsabores por los que hay que transitar para llegar a verte en pleno vuelo, es otra. Si, porque en mi planeta, tu no estás seguro de que viajarás, hasta que no veas que el avión que te conducirá a tu destino, ya está en el aire.

Este viajecito a Chile comenzó a gestarse el 17 de enero. En esa fecha presenté los papeles que se requerían (un montón). Pasaron unos días y como no me avisaban, llamé a la entidad que me atiende y en ese momento me enteré que había un detalle que aclarar para proceder a confeccionar un documento imprescindible. Esto quedó subsanado y relativamente pronto todo estuvo listo. Pero la felicidad en casa del pobre, dicen que dura poco.

Pronto comenzaron los tropiezos para la solicitud de visa, pues el organismo que me hace los trámites, no estaba actualizado de los cambios operados en el consulado chileno, aunque este los notificó, según me explicaron, en su debido momento. En fin, un malentendido, que me hizo dar muchas más carreras e ir unas tres veces a la representación diplomática de marras.

Finalmente hoy, doce de abril llegamos. Digo llegamos, pues mi hermana que también es artista, vino al mismo evento. Fuimos muy bien recibidas e instaladas y hasta el clima estuvo generoso con nosotras. Nada que para disfrutar de veinte días, solamente me tomó tres meses armar el dichoso rompecabezas. Pero aún así en mi planeta hasta el gato daría con gusto sus bigotes, por un viajecito. ¿Por qué será?

El abuelo José

Mi abuelo de traje oscuro.

El abuelo José

Salió de su Gijón natal en una fecha indeterminada, pues el nunca gustó de precisar este detalle. En sus ojos se denotaba tristeza cuando lo mencionaba, porque después de tantos años, esa herida se obstinaba en no cerrar. Aún olía a brazos maternos cuando abordó la motonave que lo traería a América

Cuando pisó tierra cubana, apretó los ojos para que el intenso destello del sol no le cegara. Pronto una suave brisa marina le sembró una sonrisa en el rostro. Se emocionó, nos contaba, cuando vio las copas de los árboles, cuyas hojas parecían racimos de esmeraldas, inclinarse respetuosas ante el viento. Comenzó en ese instante a amar a esta otra madre que le daba la bienvenida. Se hizo hombre, siendo prácticamente un crío, llevándole mensajes al Titán, que según nos contaba estaba acuartelado en tierras vecinas, allá en su ahora querida tierra veguera.

Allí conoció a una joven moza de sonrisa cautivadora, hija de españoles que se empeñó en nacer cubana. Yo venia en la barriga de mi madre y ella en la del barco- nos decía siempre mi abuela.

Al abuelo José nunca le interesaron los papeles y mucho menos las formalidades. Por tanto, nunca se nacionalizó cubano, porque según el, llevaba a España en su mente y a Cuba en el corazón y para demostrarlo no hacía falta llenar formularios.

Precisamente, debido a ello es que yo, su nieta, estoy ahora en un atolladero, tratando de conseguir el dichoso papelito que demuestre su llegada a ésta, su segunda patria.

-Si mi abuelo se casó aquí en la capital, -mire el documento. Si inscribió el personalmente a mi madre cuando nació, -aquí está el certificado que lo acredita. Si además murió y fue sepultado en su querida Habana, -vea usted los papeles oficiales. ¿Cree usted, -le pregunté yo al funcionario que me atendió por la embajada española-, que mi abuelo en 1911 conoció a mi abuela y se caso con ella por Internet? ¿O quizá mi madre haya sido concebida por inseminación artificial en 1912? ¿Cómo es posible que necesiten un simple papel de entrada en Cuba, para demostrar su paso por estas tierras?

Los archivos nuestros están dañados: Después del cincuenta y nueve estuvieron muchos años en total estado de abandono, perdiéndose infinidad de documentos. Tampoco están digitalizados y esto dificulta enormemente la búsqueda de datos, amén de que a ninguna de las personas que trabajan en estos lugares, les interesa en lo más mínimo esforzarse, buscando en libros tan viejos y en tan mal estado de conservación.

Mi abuelo fue un librepensador, un bohemio, un trabajador por cuenta propia (free lance) y sobretodo, un español que, a pesar de amar a Cuba, de hacerse hombre en esta tierra, de crear una familia y morir aquí, jamás se preocupó por dejar papeles. Eso si, dejó una linda familia, grandes recuerdos y anécdotas y fue el pintor-rotulista por excelencia de la Habana Vieja. A veces cuando desando esas calles me parece verlo con su modesto vestir y los pinceles, queriéndose salir de los bolsillos, para recorrer junto con el las barberías, bares y bodegones donde era tan conocido.

Decía mi abuela que cuando Caruso estuvo en La Habana, mi abuelo no se perdió ni una sola función. También me contaba que lo vio salir muy elegante a la primera presentación del gran cantante. Iba de dril cien con sombrero de pajilla. Y cuando regresó tenía todo el traje embarrado de pintura. Mi abuela lo inquirió, y el le contestó: Que quieres María, cuando pasaba por el café La Marina, el dueño salió a mi encuentro, para que le pintara el rótulo del restaurante que inauguraría al día siguiente, y por más que le expliqué que iba para el teatro, me dijo que primero estaban los amigos, que fuera a la segunda función y así lo hice. Le dejé un letrero resplandeciente. Pero José ¿y fuiste así todo manchado al teatro? María, al teatro voy yo a ver, no a que me vean

Así era mi abuelo José.

Con mi mamá.

Las adicciones.

Siempre me han ocasionado temor, sobretodo, después que nacieron mis hijos.

Sin embargo, he de confesar que durante mi vida he padecido, que yo recuerde, de tres fuertes adicciones:

El club de pelota (baseball) Habana.

Mi primer novio.

La Coca Cola.

A las tres, tuve que decirles adiós casi al mismo tiempo, después del año cincuenta y nueve.

Mi primera adicción: Del club Habana, fui una fanática empedernida. Lloraba, me comía las uñas y me desganaba cuando perdían un juego, mucho peor un campeonato. Cuando niña, iba al Stadium del Cerro toda vestida de rojo, como Caperucita.

Con la segunda, mi primer novio, me pasaba lo mismo que con la primera, pero además, me quitaba el sueño. Aunque hoy le sueño a cada rato: Lo veo venir caminando hacia mí, igualito que cuando se fue, y yo me escondo, para que no me vea como estoy ahora.

Con mi tercera adicción, la Coca Cola, fui consumidora compulsiva. Me daba lo mismo la botella normal, que la familiar, o la de aquellos aparatos, que le echabas un medio (5centavos), y dejaban caer primero un vasito, después venía la soda transparente y después la cola. A veces hasta hacía trampa, y retiraba el vasito para que me cayera menos soda y lo volvía a poner para que el sabor a cola fuera más fuerte. Cuando años después fui al servicio exterior y me reencontré con ella, fue como volver a ver a un familiar. Yo me hacía la tonta, y en las cenas a que era invitada pedía Coca Cola, pues en la media luz de los restaurantes se confundía con el color del vino. Hasta que un día un camarero se dio cuenta y me dijo delante de todos Ah coca, le vin de les americains. A partir de entonces ¡oh la, la! comencé a tomar vino y me encantó, pero cuando ya me estaba acostumbrando, se terminó mi diplotiempo, regresé a mi planeta y nunca más he vuelto a ver

Moraleja: trate de no adquirir adicciones, le esclavizan, se los puedo asegurar y, aunque usted libre una batalla campal contra ellas, y logre vencer, siempre va a salir herido. Sobretodo si son de la misma índole de mi segunda.

Un símil.

Siempre he pensado que llegar a un consenso es algo difícil, pero no imposible, si existe

la voluntad para hacerlo.

Caminando por la ciudad, poco a poco me he ido percatando cuan difícil pueda ser. No hay más que echar una ojeada a tu alrededor y verás la prueba de ello. Nunca antes los cubanos estuvimos tan divididos, nunca antes el egoísmo fue tan manifiesto.

Hace mucho tiempo, cuando comenzó el mal llamado periodo especial, conversando en tertulia con mis amigas, les dije: No me preocupa tanto la miseria que vamos a tener, como lo miserables que nos podemos volver. Desafortunadamente la vida me ha ido dando la razón.

Si resulta tan difícil, que los vecinos nos pongamos de acuerdo para pintar la fachada de un edificio, de tres apartamentos solamente, ¿cómo es posible que nos pongamos de acuerdo para promover cambios en el país? Creo que es hora ya de despojarse de egoísmos y unidos, buscar soluciones que nos beneficien a todos.

¡Bon Appetit!

Han pasado más de veinte años y, todavía, cuando veo a las personas desesperadas, buscando donde venden huevos liberados, recuerdo aquella tarde en que mi hijo menor y yo estábamos solos. Abrí el refrigerador y me percaté de que solamente me quedaba un huevo y era además la única proteína con la que contaba. Afortunadamente me quedaban un par de cebollas y aún el pan era por la libre.

-Mira, le dije a mi hijo, que entonces tenía unos ocho años (ya hacía uno que le habían quitado la cuota de leche) y el dólar estaba penalizado, vamos a hacer una tortilla francesa con cebollitas picaditas en rodajas, la cortamos en dos y metemos cada mitad en un pan, al que le untaremos un poquito de aceite y verás que merienda tan rica-.

En ese momento llegan mi sobrina con el novio y ella entra diciéndome: ¡Tía estamos partidos de hambre, el almuerzo de la universidad estaba incomible!

No dije nada. Batí aquel huevo con desesperación, esperando que creciera. Hice la tortilla con cebolla y la dividí en cuatro partes. Metí cada porción en un pan, agregándole una hojita de lechuga a cada uno. Puse un mantel, servilletas y cubiertos, como si se tratara de una gran cena. Hice una limonada y los llamé.

¡Bon appetite!, -les dije-, al menos estamos juntos y tenemos alimento que compartir. Todos estábamos riendo a mandíbula batiente.

Barquito de papel, amigo fiel.

Ayer domingo, nuevamente, escuchando en el programa Memorias en la radio, esa canción infantil que da título a este post, y que marcó a aquellos niños nuestros, que hoy tienen algo más de cuarenta años, me estremecí. Yo diría que su letra fue premonitoria para esa generación.

Aquellos niños de antaño, hoy hombres y mujeres, se encuentra dispersos por el mundo. La mayoría sustituyeron aquel barquito de papel, por uno de madera con remos o motor fuera de borda. Los más afortunados tomaron un avión. ¡Qué triste! Aquel amigo fiel que los iba a llevar a navegar por el ancho mar, los separó de sus seres queridos y, muchos aún no han podido regresar. Viéndose forzados por las circunstancias a fomentar sus propias familias, lejos de la tierra que les vio nacer y de los lugares y amigos con los que compartieron esa canción.

Por eso ayer, cuando de pronto, volví a escuchar esa melodía en la voz de Consuelito Vidal (imitando la voz de un niño), lejos de sonreír, la nostalgia y la pena, me hicieron llorar.

¡Por los logros y la continuidad…!

Una acera cualquiera del Nuevo Vedado

¡De espanto! Por la celebración de los cincuenta años de la declaración delsocialismo y la continuidad Así dice la propaganda que en estos días satura la programación de la ya políticamente sobrecargada televisión nacional.

Pero, por si esto fuera poco, los que vivimos en los alrededores de la famosa Plaza, desde hace ya más de un mes estamos soportando los continuos cortes de electricidad, el cierre de calles, el desvío del tráfico, los altavoces en horas muy tempranas, las salvas, etcétera, debido a los ensayos para el tan mediático desfile militar.

Lo único bueno que vamos a sacar de todo esto, es que las avenidas principales y las calles secundarias que rodean los perímetros del área del desfile, han sido y están siendo pavimentadas, y solamente hemos tenido que esperar cincuenta y dos años para que hicieran realidad tan anhelado sueño ciudadano. Esto te lleva ahora, a caminar por la calle, evadiendo los peligros del tránsito, a fin de no romperte las narices al hacerlo por las desbaratadas aceras. Lo que nos hace pensar con optimismo, que solamente tendremos que esperar otros cincuenta años, para que le metan mano, como decimos en el buen criollo, al arreglo de las mismas. Quizá todo esto tenga algo que ver con festejar los logros y la continuidad de la que tanto alarde hacen.

Cheese cake alternativo

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Ingredientes:

3 huevos, de la bodega.

1 ¼ taza de leche en polvo, de venta a domicilio.

1 ¼ taza de yogurt natural, de venta a domicilio.

1 Taza de azúcar blanca de la libreta.

1 cucharada de vinagre del agro.

½ cucharadita de saldel vecino.

Procedimiento:

Verter en un tazón los tres huevos (clara y yema).

Agregar la leche en polvo, el yogurt, el azúcar, la cucharada de vinagre y la sal.

Revolverlo y colarlo todo. Verterlo en un molde, acaramelado de antemano.

Taparlo y dejarlo a fuego mediano durante cincuenta minutos aproximadamente.

Vigilar no se consuma el agua de la pobre María.

Cuando introduzca un palillo o lo que tenga, en el centro y este salga seco, ya estará listo.

Déjelo refrescar antes de voltearlo en un plato.

Da para varias raciones, según sea el apetito de los invitados.