Llover sobre mojado

Crecen los comentarios sobre el café explosivo, el que algunos llaman terrorista. Término éste lamentablemente muy de moda por nuestros días.

Mi amiga Margarita, del Vedado, me cuenta que una vecina que vive puerta con puerta en su edificio, le mostró las heridas y quemaduras causadas por la explosión de su cafetera.

Su vecina no sólo se quemó las manos al tratar de retirarla de la hornilla, además recibió dos heridas, pues la cafetera debido a la acumulación de gases, salió despedida y la golpeó en la frente y en la cabeza. Fue atendida en el policlínico más cercano a su localidad, donde la cosieron y curaron las quemaduras. Mi amiga dice que está segura, al menos en la cara, le va a quedar permanentemente el recuerdo de ese cafecito.

Otra de mis amigas ayer me llamó y me contó cómo, llenándose de paciencia cogió un punzón y se dio a la delicada tarea de agrandar uno a uno los orificios de su cafetera, para poder colar el famoso café. Muy amablemente se me brindó para hacerle lo mismo a la mía, pero me negué rotundamente a aceptar su amable ofrecimiento, alegando que prefería abstenerme de tomarlo, pues llevábamos más de cincuenta años tratando de resolverle los problemas al socialismo, en detrimento de nosotros mismos: si no hay transporte, ¡camina!, si no tienes agua, ¡busca un río y báñate, o espera a que llueva!

Así ha sucedido con todo.

Me niego a ponerle canicas de cristal al polvo de café para que cuele, me niego a abrirle huecos al embudo de mi cafetera, me niego a comprar y consumir ese producto que descaradamente en su envase tiene impreso 50% de café y 50% de sucedáneo. ¡Que me vendan el cincuenta de café puro y que se tomen ellos el otro cincuenta del sucedáneo!

También recientemente, en un famoso programa de televisión, cuyo conductor abarca muchos perfiles, presentaron a un médico ante las cámaras para que dijera que el café mezclado con chícharo era mejor para la salud, pues alteraba menos los nervios. A mí realmente lo que me altera es precisamente, esa falta de respeto a si mismo de un galeno: ¡prestarse a semejante juego!

Ya una vez, cuando escaseó durante muchos meses la malanga, hubo quien dijo en la pantalla chica, que los niños europeos no comían malanga y había que ver lo saludables que estaban. También en otra ocasión, en que faltaron los cítricos (como ahora) dijeron que el jugo de naranja les daba acidez a los niños. Y así sucesivamente.

Señores, dejémonos de engaños y de estar utilizando tantos eufemismos, hay que llenarse de valor y llamarle a los cosas por su nombre. Basta ya de llover sobre mojado.