Extrañas navidades

Taller de Rebeca

Desde niña, la época más feliz del año para mí, era la Navidad. Quizás porque el ambiente general que rodeaba estas fechas era de alegría y distensión. Todas las personas adultas se volvían más simpáticas, tal vez porque recibían sus “aguinaldos”, que generalmente equivalían a otro salario más en el propio mes, lo que hacía que a su vez fueran más tolerantes con los más pequeños y jóvenes de la familia y del vecindario, quienes por aquellos tiempos eran como una extensión de ésta.

Yo siempre observé con curiosidad, pero a la vez con la ingenuidad propia de una niña, que mis tías y mi mamá, días antes de las fechas claves -Navidad y Reyes-, restauraban viejos juguetes y muñecas, limpiándolos y haciéndoles nuevos vestidos, para que todo quedara reluciente. Recuerdo que una de mis tías hacía soldaditos de plomo, que después mi abuelo se encargaba de pintar adecuadamente. Todo este proceso de echar el plomo derretido en los moldes, me fascinaba y lo observaba con deleite. Nunca asocié este afanado taller con otra cosa que no fuera una tarea más, en un hogar donde todos eran muy laboriosos. No fue hasta que mi primo Ignacito, el más travieso de nosotros, se me acercó en secreto y me dijo: “Prima, los Reyes son los padres. Si quieres comprobarlo, la noche antes quédate despierta igual que yo, para que veas a mi papá disfrazado de Rey, colocándonos los juguetes alrededor del árbol de Navidad”.

Después de esta confesión que mi hiciera, fue que me di cuenta que estas muñecas y juguetes restaurados, habían pasado a ser propiedad de otros niños del barrio, de familias con menos recursos que la nuestra.

Yo, que adoraba a mi primo, que era mi héroe y trataba de seguirlo en todas sus travesuras, me uní a él la noche previa al añorado día. Tratando de luchar contra el sueño, finalmente Morfeo me venció antes que pudiera ver rota mi fantasía. Pero ya las cosas no serían igual, ya los años posteriores, no me daban deseos de dejar agua y paja para los camellos. Sin embargo, no sé por qué oculta razón, seguí creyendo y alimentando esa ilusión unos cuantos años más.

Crecí, y con mi adolescencia llegó el año cincuenta y nueve. Lo primero que vi esfumarse fue esa linda familia, que tanto siempre había disfrutado: se fueron mis tías y mis tíos y con ellos mis primos. Eso fue un dolor extraño que nunca antes había sentido, como si se rompiera algo dentro de mí. Después se fueron mis amigas. No más paseos a ver vidrieras, no más olor a pino fresco en los portales de las tiendas, no más guirnaldas ni juguetes. Todo eso desapareció. Nunca más volví a escuchar aquellos villancicos y canciones navideñas, ni en las calles ni en la radio y mucho menos en la televisión: fueron sustituidas por marchas e himnos.

Durante más de cincuenta años añoré volver a escuchar un villancico o una canción navideña. Esto nunca sucedió. Sin embargo, este año, con el nuevo auge de los pequeños negocios por cuenta propia y el ingenio popular, hemos pasado todo el verano, hasta hoy, escuchando a los improvisados carritos de helado casero, anunciándose con música de villancicos, que evidentemente (porque todos tienen el mismo), les han sido incorporados, posiblemente con la música que viene con las guirnaldas, que se venden en las tiendas de recaudación de divisas.

Esto ha pasado a ser algo así como aquello de que, “no querías caldo, pues toma tres tazas”. Nada, que lo que durante más de medio siglo fue una carencia, ahora se ha convertido en una sobredosis. Las únicas señales de que estamos en Navidad son estos carritos y los paladares.

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2 pensamientos en “Extrañas navidades

  1. Rebeca es bonito y triste lo que has narrado aquí, quizás guarde similitud con la experiencia que hemos pasado todos cuando un día, de repente nos hicieron ver que las Navidades eran costumbres Nórdicas y de un solo tajaso nos las quitaron. Mi recuerdo de ellas es de cuando era un niño que junto a mi hermano nos llevabamos los turrones de alicante, “Monerris Planelles” de la cena navideña, el tiempo pasó y esa bella costumbre las fuímos perdiendo con el fervor “revolucionario” -en el cual nunca creí- y mi primera Navidad en el 1984 las pasé en Venezuela y en verdad me fue insignificante, ya han pasado 28 años desde que me fuí y en medio de mi soledad he tratado de recordarla con mi mente en la niñez.

  2. Para mi la Navidad es la estación más hermosa del año porque la celebración del nacimiento del Niño Dios es celebrar a la vida que se renueva y a la esperanza.
    Ojalá pronto Cuba vuelva a celebrar la fiesta que la tiranía quiso eliminar por decreto pero que se mentuvo en los corazones de muchas personas, en las iglesias y en la intimidad de los hogares.
    Felicidades.

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