Desde el piso 19

El pasado lunes logré descender ilesa y con mi esqueleto intacto, de una ruta 27, fuera de la parada, en las calles 17 y D, gracias a la gentileza del chofer, que decidió darme un chance, al abrir allí las puertas del bus.

Tomé la calle F y me encaminé hacia Línea. Con horror pude observar lo destruida que está la misma y la cantidad de viviendas improvisadas, en lo que otrora fueron los garajes y portales de las antiguas residencias familiares, exhibiendo sin el más mínimo pudor celulitis y escoleosis arquitectónicas, enfermedades estas que padecen hoy día casi todas las nuevas edificaciones ó remodelaciones. Lamentablemente, ese día no llevaba la cámara fotográfica, que había dejado en casa cargando. El calor era agotador y el sudor me corría por las pestañas, haciéndome entrever como a través de un velo, todos aquellos horrores arquitectónicos que me salían al paso.

Al llegar finalmente a la calle Línea, que reverberaba como el desierto, debido al intenso sol, pensé estar alucinada, al observar en medio de la acera un enorme Santa Claus en pleno mes de junio. Inmediatamente pensé que se trataba de un performance, pues aún estamos en Bienal, pero no había público. Al acercarme, observé que se trataba de una treta publicitaria, de un infeliz vendedor a puerta calle, para llamar la atención.

Finalmente llegué al gran edificio donde vive la amiga que iba a visitar. Como de costumbre, el elevador principal estaba fuera de servicio y quedaba funcionando el de carga. Ambos, antiguos Otis de los años cincuenta. Sola, cosa esta que no me gusta, entré en el mismo y marqué el piso 19. Todo marchaba bien hasta que éste se detuvo en el piso 10, para que abordaran una joven con una niñita de casi dos años. Ella marcó el 13 y, apenas ascendimos un piso, nos quedamos trabadas entre el 11 y el 12.

Nunca antes me había visto atrapada en un elevador, aunque muchas veces había pensado que me podía suceder. Mantuve la calma, ante el ejemplo de serenidad y paz que nos dio la niña. Yo sabía que la presencia de ese angelito nos traería suerte. Presté mi celular (que por casualidad tenía carga) a la muchacha, para que hiciera una llamada al encargado, pues ella vive en ese edificio y conoce sus intríngulis. Enseguida oímos las voces de los que venían a nuestro rescate. Pusimos la emergencia y nos dimos a la tarea, oyendo las orientaciones que venían de fuera, de buscar la famosa palanca y el botón negro que había que presionar, para que ellos pudieran abrir por fuera. En cuanto lo logramos, abrieron la puerta que da al piso y vimos que nos habíamos quedado efectivamente entre dos. Gracias a que el cristalito de mira de la puerta estaba roto, nos entró un poco de aire

Como es natural, sacaron a la niña primero. La muchacha saltó y casi se fractura el tobillo en la caída. Yo, que padezco de vértigo, miré de soslayo el hueco oscuro de más o menos dos cuartas de ancho que se perdía en el vació y me dije: No mires para abajo, tienes que salir. Como quiera que todos los residentes del edificio se han enrejado para protegerse, agregando un peso no calculado al inmueble, aprovechándome de este error arquitectónico, estirando primero mis brazos y después mis piernas, me agarré de la reja de la puerta del apartamento que me quedaba próxima, como si fuera una araña, para poder salir y dejarme caer en el descanso de la escalera de servicio, ante el aplauso de todos los que estaban observando la maniobra.

Afortunadamente hubo un final feliz. Una vez ya tranquila, desde el piso 19, observando la bella vista, me puse a pensar que con las rejas que todos los vecinos han agregado a la salida de los elevadores, el día que haya un fuego va a ser muy difícil poderlos evacuar.