Vergüenza ajena.

Ayer, viendo en la televisión de mi planeta las imágenes del desfile del primero de mayo, no pude menos que sentir vergüenza ajena.

¿Cómo es posible que un pueblo, cuyos derechos civiles  han sido y están siendo pisoteados, por un régimen que se mantiene en el poder a toda costa, por cincuenta y tres años, se preste para formar parte de semejante farsa. Hubo mucha más concurrencia que a la misa que ofreció Benedicto VXI. Claro está, que ambas concentraciones fueron convocadas por el mismo  gobierno, razón ésta por la cual no me sentí motivada a participar en ninguna de las dos, a pesar de conservar aún mi religiosidad.

Una amiga mía, que es trabajadora civil de un ministerio represivo, vino muy orgullosa a mostrarme un espléndido par de botas, modernas, confortables y de óptima calidad, que les repartieron en su organismo a los que se comprometieron a desfilar. No se otros ministerios o centros de trabajo qué habrán ofrecido, o con qué sutilmente les habrán amenazado. Creo  comprender el temor que les invade, así como sus esfuerzos por  tratar de conservar sus empleos  a toda costa, pero lo que si no cabe en mi cabeza es ver a los  “trabajadores por cuenta propia” enarbolando cartelones en apoyo al régimen. Solo alcancé a ver el de La Pachanga (cafetería restaurante), ya que  mi estómago no me permitió seguir más tiempo delante de la pantalla.

Lo que si me quedó bien claro, es que esas personas no merecen que, ciudadanos cívicos y honestos, se estén exponiendo constantemente por defenderles. He llegado, muy a pesar mío una vez más, a concluir que cada pueblo tiene lo que se merece. Este más de medio siglo de adoctrinamiento político lo está demostrando.