
Venía remando solo, en un pequeño bote, y al llegar a la costa se encontró con un Guardafrontera que, de inmediato, lo interrogó:
G.- ¡Oiga señor! ¿Quién es usted y de donde viene?
Sr.- Yo soy venezolano y vengo de mi país, huyéndole al socialismo.
G.- Pero compadre, si aquí también hay socialismo.
Sr.- Si, pero este se está acabando, ¡y el de allá está empezando!
Así es la broma (chiste), pero hoy para mí, ha sido parte de una realidad experimentada.
Salimos al amanecer. Me vinieron a buscar la amiga que no gusta de conducir distancias largas y un señor que le servía de chofer y compañía. El objetivo del paseo era conseguir pescado fresco. Llegamos muy temprano a un agradable pueblito de pescadores, casi en los límites de la provincia de La Habana.
Hacía muchos años que yo no visitaba este pintoresco lugar, pues para ello, hay que tener un auto en buenas condiciones mecánicas y dinero para comprar gasolina. Por eso acepté, más que gustosa la invitación, además que coincidía que acababa de cobrar un trabajo que me habían encargado y contaba con algo de moneda dura.
El paseo fue sumamente agradable, pues la carretera que tomamos es de las pocas que están debidamente asfaltadas y, además ornamentadas con lindos jardines a ambos lados de la misma. Me imagino sea porque es muy transitada por visitantes importantes y altos dirigentes.
Al entrar al pueblito fuimos por pura intuición a la primera casa pegada a la costa, donde dedujimos podrían vender pescado. Allí no tenían, pero nos remitieron a otra, dándonos como únicas señas la farmacia y un apodo: el venezolano.
Efectivamente, en dicho lugar encontramos gran variedad de productos del mar muy bien preparados: filetes de pargo, filetes de pez perro, ruedas de emperador, pulpo, etcétera. Limpios y empacados todos en paquetes de 10.00 CUC cada uno. Yo compré emperador y pulpopero eso no viene al caso.
Dirigiéndome al joven que se identificó como el venezolano, le pregunté por qué del apodo. El me contestó que efectivamente era nacional de ese país, que había venido a estudiar siendo un adolescente y que un día, visitando el pueblo conoció a una cubanita que le robó de inmediato el corazón. En la actualidad tenemos dos hijos, una niña y un niño y ya me siento como un cubano más, pero no soy el único en este lugar. Dejé los estudios y me establecí aquí, dedicándome a la pesca que es en realidad mi verdadera pasión. A mi país solo voy un mes y de vacaciones. No se puede vivir allá debido a la violencia existente. Yo solía vivir en la capital y créame, todos los días en Caracas hay más de una veintena de muertes violentas. La droga ha convertido esa ciudad en una de las más peligrosas del mundo. Yo no quiero eso para mis hijos, aquí disfruto de mucha tranquilidad.
A mi pregunta, respecto a los cubanos que están allá en misión, me contestó que conocía de muchos que habían muerto a causa de la droga, pues al no alcanzarles el salario devengado para comprar las cosas necesarias para su regreso a la isla, muchos se habían dado a la peligrosa tarea de transportar droga, y que eso allí era como llevar un cartelito en la frente que diga: mátame que llevo polvo.
Entonces, para relajar un poco los ánimos, le conté el chiste con que encabezo este post.
Ahí todos rompimos a reír y nos despedimos, deseándole mucha suerte y con la promesa de volver a contactarle, en cuanto tengamos oportunidad de regresar.