Comercio a la usanza colonial

Da tristeza ver las calles de la ciudad llenas de desperdicios y tierra colorada. Los portales de muchas de las antiguas casonas y residencias del Vedado, convertidos en improvisados tenderetes, que en medio de la mugre y el deterioro, exhiben todo tipo de mercadería, desde pilas para radios, hasta ropa de pésimo gusto e igual calidad. Paraguas playeros, enclavados en medio de lo que fue una entrada de autos, con una improvisada y coja mesita, indican los lugares donde se ofertan comestibles. Ves pasar a transeúntes que sostienen en sus manos una tarta decorada, sin protección alguna. Otros llevan, como si se tratara de una porta folios, una cabeza de puerco agarrada por una oreja, ó un colchón transportado en una improvisada carretilla a ras de pavimento. Puedes observar las mismas imágenes en un pueblo de campo, en el Vedado o el Nuevo Vedado. La ciudad entera, como diría nuestro escritor Padura, se ha ruralizado.

Pero lo más penoso de todo esto resulta observar la cantidad de jóvenes, en edad aún de cursar estudios o estrenarse como fuerza laboral calificada, empujando loma arriba carretillas cargadas de viandas. Hoy vi con cierta tristeza a un joven, de buen talante, con cara que reflejaba inteligencia y pena, empujando cuesta arriba en la calle 25 afanosamente su carretilla, cargada de frescos, limpios y bien organizados productos, teniendo que detenerse cada tres o cuatro pasos, para recuperar fuerzas y continuar.

Ese joven probablemente no continuó estudiando al percatarse que, de esta otra manera, podría obtener una ganancia que no le hubiera sido posible como un profesional mal pagado. Sentí pena por él y por sus padres. Hecho este muy lamentable, pues la mayoría de las personas que han optado por el trabajo por cuenta propia, son jóvenes cuyos talentos se están perdiendo y el país, en un futuro, no va a poder contar con ellos. De otro modo, si no fueran jóvenes, no tendrían fuerza física para empujar estas pesadas carretillas, que rememoran aquellas de la época colonial, cuando el país aún no se había desarrollado y la nación cubana estaba por nacer.

De qué valieron esas convocatorias masivas al estudio de carreras universitarias, después del cincuenta y nueve, si no estaban creadas ni nunca lo estuvieron, las condiciones para revertir los frutos de esta educación en empresas, fábricas, industrias, etcétera para el desarrollo y beneficio de la nación. Esta lamentable modalidad de comercio a la usanza colonial, es lo que ha proliferado en nuestro maltratado país, haciéndonos retroceder en el desarrollo del mismo.

Medio año.

Con solo seis meses de inaugurado, en el restaurante privado La Rosa Negra, el lleno total ha sido el denominador común de todo este medio año.

En los inicios Pedrito, el joven propietario, ha debido enfrentarse a muchas trabas burocráticas y otras tantas ocasionadas, lamentablemente, por la incomprensión de algunos vecinos: que si el aire acondicionado hace ruido, que si los olores penetran en las casas vecinas, que si el agua del tanque se siente cuando cae al llenar a éste, en fin, cosas normales que suceden en cualquier comercio estatal, y las que ningún buen vecino hasta ahora se había atrevido a cuestionar. ¿A que se debe esta reacción hacia los negocios privados? Lamentablemente es la frustración acumulada y cautiva, a la que solo parecen darle rienda suelta, cuando se trata de un particular, olvidando que no es más que su semejante. No hay peor astilla que la del propio palo -solía decir mi abuela.

Afortunadamente, este joven empresario ha logrado sortear, con diplomacia e inteligencia, todos estos obstáculos, y ha logrado mejorar cada día, no solo las condiciones de un cada vez más agradable local, sino también las ofertas siempre mejores y más variadas, a precios considerablemente más razonables que la mayoría de sus competidores. La Rosa Negra se ha convertido en poco tiempo, en uno de los restaurantes más exitosos de la capital, siendo ya un punto de referencia.

Es agradable ver el desarrollo de la iniciativa privada, que es en definitiva la que impulsa el crecimiento. No es más rico el país que más millonarios tiene, sino aquel que más clase media incrementa.

Muchos pueden pensar, que me mueven intereses personales para escribir sobre este nuevo restaurante. Les aseguro que nadie me paga por esto, lo hago sencillamente por la satisfacción, que me produce observar el desarrollo de la incipiente empresa privada. Estos pequeños establecimientos; negocios, montados con gran esfuerzo, contra viento y marea, en condiciones nada favorables, con buen gusto, y capital, claro está, han ido cambiando poco a poco la imagen descolorida y monótona del socialismo que conocemos. Nuevos colores, más iluminación, arreglo de jardines y áreas circundantes al establecimiento, más higiene, más variedad y calidad, son los elementos mágicos que han incidido en el triunfo de los mismos.

Si quieren conocer más sobre este restaurante, pueden entrar en su página de FB larosanegradelahabana.