Un hospital en reparacioness

En “mi planeta” cuando un hospital entra en reparaciones, deja de ser un centro de salud, para convertirse en la ferretería de la zona donde está enclavado. Hace aproximadamente tres años que el Hospital Docente Gral. Calixto García está en reparaciones. Algunos de sus pabellones ya han sido restaurados, pero marchan tan lentos los trabajos, además de los incontrolables desvíos de recursos, que cuando terminen el último ya deberán comenzar de nuevo con los primeros.

Tengo un amigo que después de múltiples gestiones y espera, logró que le dieran la orden de ingreso. Me cuenta que al llegar a la Sala, con su número de cama asignada, le dijeron que la misma ya estaba ocupada. Afortunadamente la Dra. Que lo atiende, estaba aún con él, y les replicó que eso era imposible, ya que la tenía reservada con antelación. Fue entonces, que a modo de disculpa, los propios auxiliares de salud le dijeron, que los camilleros manifestaron estar muy cansados para subir otro piso más por la escalera con ese paciente, y por tanto decidieron dejarlo en dicha cama.

Anoche, visitando a mi amigo, éste me contaba que se enteró, que la Sala que se encuentra en el piso de arriba, al ser inspeccionada por la dirección del centro horas antes del acto de entrega, éstos quedaron muy sorprendidos al revisar los baños y percatarse que solo quedaban las piezas sanitarias y que toda la plomería había desaparecido, viéndose obligados a posponer su reapertura. Durante las investigaciones, confirmaron que habían sido sustraídas por los propios empleados que participaron en los trabajos de remodelación. Tanto las llaves de agua, los sistemas de descarga, como las demás piezas de plomería eran amarrados con una soga, dejándolos caer por las ventanas traseras del inmueble, donde un cómplice se encargaba de recogerlas y llevárselas.

Pero ese no fue el único incidente en su primer día de ingreso. Me cuenta que, al rato de él instalarse, pasaron los enfermeros a pedir a los acompañantes y a aquellos pacientes que estuvieran en condiciones de hacerlo, salieran al portal, porque el nuevo Director iba a hacer una visita y debían limpiar bien la sala. Después mi amigo, indagando sobre este tema con una de las empleadas, ésta le dijo que “estas limpiezas”, solamente las hacían en ocasiones muy especiales como la de hoy, pues lo que les pagaban era una miseria y no tenían ni siquiera los implementos adecuados para realizarlas, por tanto “no cogían mucha lucha” con el aseo.

Más sobre el González Coro

Finalmente Patricia es abuela. Su hija estuvo ingresada unos días en el Hospital González Coro, antigua Clínica Sagrado Corazón, del Vedado, La Habana, porque su bebé nació bajo de peso, algo muy común en estos momentos.

Ella hizo algunas fotos que me facilitó para que quedaran como testimonio de las comodidades e higiene que brinda el centro hospitalario.

Otra de las sorpresas que esperaban a la recién estrenada mamá, fue presenciar algunas disputas entre  otras pacientes, debido al robo de cigarrillos. Ella que no fuma, tuvo que aspirar el humo proveniente de esos cigarrillos compartidos entre  mamás y el personal de  salud que las atendían.

¿Se anima a procrear en Cuba?

Muchas personas se preguntan el por qué de la baja tasa de natalidad en nuestro país, donde existe un clima excelente para criar a un bebé, sin temperaturas extremas, con buen sol y magníficas playas.

He aquí unas imágenes que responderán por si mismas esta interrogante:

Hosp. Coro A

Este es la fachada el hospital González Coro, antiguamente Clínica El Sagrado Corazón, una de las más modernas instalaciones de este tipo en los años cincuenta. El sueño de la mayoría de las futuras madres, era ser atendidas aquí durante todo su embarazo y después en el parto, sobre todo a finales de los años sesenta en que ya sus homólogas, con más años de construidas, comenzaban a mostrar el deterioro del ya incipiente abandono.

Hace más de veintiocho años, comenzó una gotera en la salita de espera de la consulta de obstetricia y ginecología. Entonces la solución fue un colocar un cubo debajo de ésta y una frazada. Hoy persiste la misma situación, sólo que agravada por casi tres décadas. Ésta se ha hecho mayor y ha afectado tremendamente el falso techo, que muestra un deterioro escalofriante, más aún por tratarse de un centro de salud donde debería primar seguridad e higiene.

¿Cual ha sido la solución encontrada por las autoridades de la salud que tienen que ver directamente con esta y otras instalaciones?

Sencillamente colocar una enorme cubeta que recoja el máximo de agua, y en vez de rodearla de frazadas de piso(que son muy escasas y costosas), como se solía hacer para absorber las salpicaduras, esta vez han colocado enormes cartones, para evitar que se resbalen las embarazadas.Hosp.Glez Coro, cubo extra

¡Silencio en la Sala! (S.O.S Maternidad de Línea)

Amaneciendo, llegué al hospital América Arias, Maternidad de Línea, como más se le conoce. Debía acompañar a una amiga que tenía que hacerse una interrupción de embarazo. Esta había sido citada, como todas las demás, a las siete y treinta de la mañana.

Este hermoso hospital art decó, obra de los arquitectos Govantes y Cabarroca, con algunas influencias de ascendencia románica, aun conserva algunas (muy pocas) luminarias originales que denotan la época de su construcción, 1930. Los hermosos suelos de granito sembrado, haciendo figuras en tonos contrastantes, su fabuloso lucernario de cristales de colores emplomados, en peligro de perderse, aún sigue bañando de suaves iluminaciones pastel, la escultura representativa de la maternidad, ubicada en la planta baja, frente a la entrada principal del inmueble.

En la gran sala de espera, cuya entrada da para la calle H, nos encontrábamos gran número de pacientes y acompañantes, desde horas tempranas. El murmullo de voces fue creciendo, según se llenaba la misma. De pronto, en el salón aledaño se oyó un ruido ensordecedor, como el rugir de motores. Esto hizo, que los allí presentes, subieran el tono de sus voces para ser escuchados, hasta volverse insoportable. Entonces, la escuálida señora en su uniforme de custodio, que cuidaba el supuesto orden del lugar, gritando exclamó: ¡Silencio en la Sala!

Yo tuve que contener la risa, y acercándome a ella le dije muy quedo al oído: ¿Cómo es que usted está pidiendo silencio, si en el salón de al lado hay un ruido que parece que está al despegar un avión? Entonces, sonriente, me contestó: -“es que están haciendo unos arreglos y eso que suena es la moto traílla llevándose los escombros”.

Me asomé a la puerta de cristal que nos separaba del otro salón, y vi con estupor como ese artefacto, parecido a un pequeño tractor, se deslizaba trabajosamente sobre aquellos maravillosos suelos y pasaba casi rozando las columnas centrales de la entrada principal.

En ese instante, una joven ataviada con una mínima saya de mezclilla a la cadera, que cubría solo hasta el comienzo de los muslos, y una corta camiseta de tirantes, que dejaba al descubierto su abultadito vientre, así como un extraño tatuaje casi a la altura del coxis, hacía su aparición para pedir a los pacientes de ultrasonido, sus correspondientes papeles de remisión. ¡Menuda facha para trabajar en un hospital!, pensé.

Inspirada por la demora y la espera, decidí acudir a la dirección para expresar mi queja por los ruidos y maltrato al inmueble, y hacerles una sugerencia sobre el inadecuado modo de vestir de algunos trabajadores del hospital. Desde luego, mi queja, por lo que reflejaba el rostro de la Secretaria de la Dirección, no fue bien recibida, y a modo de justificación, me dijo que bastante hacían, aún estando en obras de reconstrucción, por mantenerse brindando servicios, no solo a los pacientes de éste, sino también de otros hospitales del área, que confrontan problemas similares. Me dijo que dejara por escrito mi protesta, con nombre, dirección y número de carné de identidad, a lo que le respondí, que podía contar con ello.

Finalmente a las once de la mañana, se asoma una enfermera a la sala de espera, para informar, apenada, que las interrupciones se iban a demorar, porque había un solo anestesista en todo el hospital, y en esos momentos estaba en el salón de operaciones. Pasada una hora, comenzaron a hacer entrar por orden de llegada, a las intranquilas y nerviosas pacientes.

Entonces, la señora uniformada, se parapetó en la puerta, para que los acompañantes no accedieran al área. Ahí comenzó la escaramuza de brindar pequeños obsequios tales como, cajetillas de cigarrillos y “empanaditas de enfrente”, a modo de clave para traspasar la blindada puerta.

Apertrechada de empanadillas y otras golosinas, logré llegar al segundo piso, donde se realizarían las intervenciones, para poder, como otros familiares y amigos que hicieron lo mismo, brindar apoyo moral a nuestra paciente. Allí pude observar que, aproximadamente un tercio de la hermosa instalación, estaba cerrada con letreros de “clausurado por peligro de derrumbe”. También pude observar con dolor, cómo los trabajadores de la obra, maltrataban los suelos, dejando caer con descuido, sus pesados instrumentos.

Nerviosa vi el ir y venir de la única silla de ruedas, que faltándole los apoyos para poner los pies y las gomas a las ruedas, era utilizada para ir sacando a las pacientes, que volvían de la anestesia. Finalmente, al ritmo del chirriar de la susodicha silla, logramos sacar de allí a mi amiga, que felizmente reaccionó bien y se recuperó pronto de aquel doloroso percance. Todo lo contrario del hermoso patrimonio arquitectónico, que dejábamos atrás y de cuyo maltrato fui testigo presencial durante muchas horas.

 

La nosocomofobia o miedo a los hospitales

¡Le tengo pavor a los hospitales de mi planeta!, al menos a los que me corresponde ir a mi. Le dije a una amiga médico, que trabaja en un policlínico de mi barriada, recién graduada y que aún está transitando (rotando) por diferentes centros de salud para adquirir práctica.

Ella no solo me dio la razón, sino que me comentó el gran estado de insalubridad, en que se encuentran la mayoría de los centros por los que ha rotado. Los médicos, me dice, denunciamos estas situaciones, pero nuestras quejas caen al vacío. Según me sigue comentando, el hospital materno González Coro, antigua clínica Sagrado Corazón, está en un estado deplorable, en cuanto a higiene respecta. Agrega que suelen acumularse gasas ensangrentadas y desechos de todo tipo, utilizados en las curaciones, al final de un oscuro pasillo, sobrepasando ya los límites, sin que nadie se ocupe de sacarlos e incinerarlos, como es imprescindible hacerse. Eso representa un gran cúmulo de bacterias, estafilococos y todo tipo de gérmenes, que se filtran dentro de las propias habitaciones de los enfermos, tan próximas a este depósito, donde la higiene tampoco es la óptima. Así mismo los huecos donde van los tomacorrientes están carcomidos, dejando espacio para las pequeñas cucarachitas, ya tan típicas de nuestros hospitales. En el mismo mal estado se encuentran los marcos de las puertas, desprendidos en parte de la mampostería que los debían sellar.

Lo mismo ocurre, en el policlínico donde ahora transita, allí tampoco se recogen con suficiente periodicidad los desperdicios de las curas: guantes desechables, jeringas y demás elementos utilizados con los pacientes, y lejos de incinerarse, como está establecido a fin de evitar contaminaciones, se vuelcan, si envolver siquiera, en el container de basura que está situado justo a la entrada del cuerpo de guardia del centro.

Yo le comentaba mi asombro y estupor, cuando llevaba a mi hermana al Instituto de Angiología, que no es más que un antiguo pabellón de la antes famosa clínica La Covadonga como todos le siguen llamando, aunque este no es ya su nombre.

Allí, mientras esperaba que curaran unas úlceras en las piernas de una paciente, observé con horror, como la enfermera le aplicaba el medicamento con su mano derecha, mientras sostenía en la izquierda un pedazo de pizza, que consumía con toda impunidad delante de la misma. Justamente en una de las instalaciones, que como otras muchas de su género, antes fueron el orgullo de nuestro país. De ahí, entenderás, nace mi nosocomofobia.