Del horror y los tiempos del cólera.

Cuando niña, oía a mi abuela hablar de los duros tiempos del cólera, y de cómo su familia había librado de tan terrible enfermedad. Eso era todo lo que conocíamos de esa plaga: pura historia.

Resulta que ahora, en pleno Siglo XXI, en ”mi querido planeta”, esa terrible palabra vuelve a mencionarse.  Después de aquellas historias contadas por la abuela María, volví a saber de esa pandemia, cuando disfrutaba leyendo la famosa novela de García Márquez: El amor en los tiempos del cólera,    apasionándome con su inolvidable personaje Florentino Ariza.

Sorprendida estaba, eso sí, de que hubiéramos  sorteado durante tantos años el peligro de semejante plaga, pues nuestra querida isla cada vez se iba sumergiendo más, en  precarias condiciones higiénicas, debido a la desidia y el abandono en todos los sectores, y esferas sociales. Gracias a nuestro implacable sol, hemos  sobrevivido a  algunas enfermedades.

Mucho he escrito en mi blog, sobre la falta de higiene y limpieza en los lugares públicos, incluyendo en ellos, lamentablemente, los policlínicos y hospitales, además de las cafeterías y puestos de ventas estatales y privados (algunos) de alimentos ligeros y no tan ligeros, para el consumo de la población, sobretodo para los que no disponen de moneda dura y se ven obligados a acudir a éstos.

Evito por todos los medios,y así le hago saber a todo el que puedo y está a mi alcance, no consumir esas bebidas preparadas con polvitos saborizados, pues la falta de agua potable es muy frecuente, sobretodo en aquellos lugares, como La Habana Vieja, donde se concentra el mayor número de turistas y visitantes nacionales.

Otra de las razones que esgrimo, cuando impertinentemente las brigadas de fumigación, intentan irrumpir en mi casa, a la hora que ellos desean, para llenarla de humo de petróleo quemado,  es que el tiempo ha demostrado  que la misma es totalmente ineficaz para liquidar al famoso mosquito, mientras la higiene del entorno y de la ciudad sean tan precarias.

Ahora, lo más preocupante, y en lo que las autoridades y la población en general, tienen que hacer énfasis, es en mantener la máxima higiene posible en nuestras casas y nuestro entorno, a fin de que este brote de cólera, no se haga endémico como su otro pariente el dengue.

“Smoke gets in your eyes”.

Foto tomada en plena barriada del Vedado

No me refiero a la bella canción de David Kern, que ya es un clásico norteamericano, sino al terrible humo de las fumigaciones que te irrita los ojos y te penetra por las fosas nasales, dificultándote la respiración; convirtiéndose a su vez, en el causante de tantas afecciones de las vías respiratorias, que hoy padecen muchos de nuestros ciudadanos.

Todos los martes en mi barrio hay fumigación. Esto incomoda a la mayoría de los vecinos, pero casi nadie se niega a dejarlos pasar, aún a sabiendas de que esto no resuelve el problema de los mosquitos. Pienso que esta actitud en la mayoría de las personas está inducida por el miedo o la indolencia, porque no tiene sentido prestarse a ello, y protestar después, entre los mismos vecinos, y no ante las autoridades competentes.

Si esta práctica solucionara la epidemia, ya hace mucho tiempo tenía que haber quedado resuelta. Pero no es así, todos los años enfrentamos el mismo problema, solo que este va en aumento. ¡Esto de la fumigación se va convirtiendo ya en el cuento de La Buena Pipa: interminable! Se trata de llenar tu casa de un humo insoportable, producto de la quema de petróleo. Sirve solamente para matar algunas cucarachas y para dejar los pisos impregnados de esa sustancia resbaladiza que ha sido la causante, de no pocas caídas y fracturas en personas mayores.

Hasta tanto no se recoja a diario la basura, se limpien los contenedores de la misma, se corte periódicamente el pasto en parterres y solares yermos, se barran y frieguen las calles, se arreglen los baches donde se suelen acumular las aguas albañales de los innumerables salideros públicos y privados y, sobretodo se eliminen los mayores causantes: agros estatales ubicados en avenidas y calles principales, que provocan que las mismas estén siempre cubiertas de tierra colorada, la agricultura urbana y suburbana, que en si misma atrae a moscas, mosquitos y roedores, además de los desechos abandonados a la intemperie, que generan estas inadecuadas instalaciones. Hasta tanto esto no sea eliminado, no se logrará progreso alguno para combatir el dengue. Esto lo demuestra de sobra, la cantidad de años que llevan fumigando sin resultado positivo alguno.

Sin embargo, los agros particulares están limpios y la mercancía que ofertan también. Esto posiblemente se deba a que precisamente es al sector privado al que se le exigen y aplican todas las normas, castigos y multas, ¿Por qué no al Estatal, que es el que debería dar el ejemplo?

En el caso de la fumigación casera, resulta ya demasiado molesto e impositivo, llegando hasta el tono de amenaza, a los que por razones de salud se niegan a dejar pasar a los fumigadores, que dicho sea de paso, tratan de irrumpir a cualquier hora en las viviendas y, además con fuertes exigencias, no siempre con buenos modales.

Te matan y no te pagan.

De nuevo el tema de la salud en la ex potencia médica, me ocupa. Desde luego, solo conoces de estos incidentes a través de amistades cercanas, o familiares que han pasado por estos trances.

Hace unos veinte días, mi prima tuvo que acudir de urgencia, al hospital, más cercano, a su vivienda. Ella se accidentó al caerse en el patio de su casa y fracturársele una cadera. Cuando llegó al Hospital Nacional, se encontró para fortuna suya, con un médico muy amigo, casi como de la familia. Ella, mientras esperaba en la camilla, que uno de sus familiares que llegaron con ella en la ambulancia, volviera a la casa para recoger ropa de cama, cubo, frazada de piso, pomos con agua, almohada y ventilador, entre otras cosas de las que hay que llevar obligatoriamente si vas a ingresar, y quieres tener condiciones mínimas de higiene, conversaba para entretenerse con su amigo galeno.

Este le comentó que desde hacía varios días, apenas salía del hospital, pues tenía a una hermana, recién operada y en condición de salud delicada. Le confesó que la primera operación a que fue sometida ésta, hará unos veinte días, fue para extirparle un tumor maligno. Que dos o tres días después de la intervención, seguía con dolores muy fuertes, por lo que fue llevada nuevamente al salón, para practicarle otra cirugía, pues le habían dejado gasa dentro y esto le estaba provocando una infección, por ello que los dolores no cesaban. De nuevo dos días después se volvió a presentar el mismo cuadro doloroso y febril. Una tercera intervención fue necesaria y esta vez, el acompañaba al cirujano, amigo suyo por demás y vio cuando el mismo, extrajo unas pinzas que se le habían quedado dentro. Como colega y amigo, no quiso complicar la cosa y las guardó en su bolsillo, para no crear problemas.

Como este, lamentablemente son muchos los casos de negligencia médica que se suceden, solo que nos enteremos, cuando alguien muy cercano está de una u otra manera involucrado en el mismo. No es de extrañar que también los médicos cometan errores, que tratándose de comprometer la salud o la vida de un ser humano, estos resultan imperdonables. Al parecer la gran mayoría de los cubanos estamos siendo víctimas del síndrome del despiste, debido al cúmulo de problemas personales, que nos agobian y no está en nuestras manos resolver, cuya cotidianeidad nos golpea tremendamente, haciéndonos cometer fallos de todo tipo, en cualquier actividad, sólo que tratándose del sector médico, la mayoría de las veces son irreversibles. Nada, que te matan y no te pagan.

¡Hasta el último pelo!

Si, así mismo es como me tienen y supongo que a muchos más, la campaña contra el dichoso Aedes Aegipti. Cualquier día, a cualquier hora tocan timbre insistentemente para ver si hay alguien en casa. Afortunadamente vivo en altos.

Es prácticamente obligatorio abrir las puertas de tu casa a desconocidos, que la mayoría de las veces no visten con el característico uniforme gris de Salud Pública, y que quizá sea una sola vez la que los veas. Vienen sin previa cita o aviso e irrumpen en las viviendas con sus enormes y anticuados aparatos de quemar petróleo, con orientaciones concretas de cerrar puertas y ventanas, para echar un humo tóxico e insoportable, que por no dejar sola tu casa con un desconocido, debes también respirar, al igual que ellos, que tampoco están protegidos con máscaras. Te dicen que debes abandonar tu casa durante una hora, para que el humo de la fumigación haga efecto.

A todo esto, además de los inconvenientes ya citados, debes agregar que el petróleo utilizado chorrea paredes, muebles y suelos, y muchas personas mayores de edad, se han resbalado y accidentado debido e ello. Hay a quienes les han quemado algún que otro mueble, con la llamarada que echa por detrás el susodicho aparato. Nunca hay a quien reclamar por los daños, así como por algún que otro hurto al descuido, que en ocasiones se ha producido.

Llevamos más de treinta años con la campaña de fumigación. Yo me pregunto: ¿si esto fuera efectivo, no debería ya haberse exterminado al impertinente mosquito? ¡Por menos que esto protestan los ecologistas en cualquier parte del mundo! Aún así, continuamente se siguen reportando casos de dengue en los policlínicos de casi todas las barriadas.

La televisión, en su constante campaña, sigue inculpando a la población de la existencia de diferentes focos de la epidemia. Los anuncios solo muestran la cara doméstica del problema, recomendando: aplastar las cáscaras de huevos, perforar las latas de refrescos y cerveza, tapar los tanques de agua, etcétera. Jamás responsabilizan al Estado por los salideros en las calles, la ineficiente recogida de basura, la acumulación de aguas albañales en los baches y la falta de higiene ambiental generalizada.

Después de todo esto y más, ¿cree usted que es justo que vengan a molestarle en cualquier momento, irrumpiendo en su espacio privado, para llenarle de humo su casa?

Seguimos haciendo lo mismo de siempre, una y otra vez, y encima nos preguntamos por que no mejoran las cosas. Si esto no fuera tan ridículo, hasta resultaría divertido Cita sacada del libro Who moved my cheese? de Spencer Johanson