Rampeando por el Design District de Miami.

Haciendo caso omiso a la propaganda anti USA en mi planeta, llegue a Miami con mi mente abierta, gracias a mis esporadicos contactos con las redes sociales y a mi misma. Ayer tuve un maravilloso encuentro con alguien con quien comparti unas pocas veces en nuestra Cuba de adolescentes, y a quien no veia desde 1959, pero con  quien he mantenido comunicacion a traves de mi blog y de FaceBook.Fue como si los sentimientos mutuos hubieran hecho un zurcido invisible sobre aquella rasgadura hecha en nuestro tejido sentimental.

Pasamos toda una jornada maravillosa visitando lugares nuevos para mi y, gracias a la destreza de su esposo como improvisado cicerone al timon,nos permitio a ambas incluso, descubrir juntas ciertos recodos miamenses.

El Design District me impacto, no solo por la belleza de sus graffitis, sino por la genialidad de convertir un sector venido a menos, en maravillosas galerias de arte, tiendas, studios, todos decorados con hermosos exponentes de tan popular arte.

No pude menos que evocar con tristeza comparativa aquellos lugares otrora deslumbrantes por su arquitectura y funciones, convertidos ya en ruinas, “por obra y desgracia” del desgobierno de mi pais.

Aquella verdad sobre el “milagro economico cubano”que nos ocultaron por tantos años, debido a la falta de informacion y a la imposibilidad de viajar fuera de nuestras fronteras, gracias a la Internet, ha ido saliendo de la oscuridad totalitaria para imponerse.

Asi como reencontre a mi amiga, halle finalmente la eñe, en esta tecnologia prestada, pero sigo aun buscando los acentos. Excuse me.

Desconexión.

Los últimos días últimos del pasado año y primeros del presente, he estado como en un limbo sin noticias del exterior, excepto alguna que otra vez que, pegando bien mi oído a la radio y haciendo abstracción del “taca taca” de la interferencia, he logrado escuchar fragmentos de programas de la emisora Radio Martí, así como algún que otro correo recibido del exterior, como ese que me enviaron con la loca lista de autos y precios, que el gobierno cubano pretender vendernos, a una población que se le dificulta enormemente poder comprar un litro de aceite de oliva por el alto precio del mismo.

¿Por qué no dedicar recursos a resolver el gran problema de la vivienda en vez de traer autos que por sus marcas y precios, hacen sospechar de ciertos turbios negocios ocultos detrás de los mismos , ante la locura que significa pretender venderlos en nuestro país? ¿Dónde están los talleres y las piezas, así como el personal capacitado para darle mantenimiento a éstos, en caso de que algún loco se decidiera a comprar un auto en vez de un apartamento por el mismo precio?

Estoy desesperada porque nuestros amigos que solidariamente nos regalan unas horas de Internet a la semana, terminen sus bien merecidas vacaciones y podamos volver a conectarnos con el mundo real.

Un recorrido por mi barrio.

 

 

 

 

4 Cine Acapulco 1Aceras cocodrilo 2 Basurero y aguas albañales 5Qué coño pasó

Mi barrio, El Nuevo Vedado, fue uno de los últimos  en urbanizarse en los años cincuenta. Prometía ser de los más modernos y bellos, con sus bien diseñados edificios familiares de dos y tres plantas y otros grandes y modernos para alquilar,asícomo sus hermosas residencias, algunas modestas y otras  mostrando un derroche de buen gusto y diseño arquitectónico, donde se lucieron los arquitectos Porro, Cristófol, Miguel Gutierrez  y Frank martínez por solo nombrar algunos. Su magnífico parque Acapulco, así como  sus amplias calles aceras y avenidas.

La Avenida 26,  y la Avenida  Kohly, lucían  respectivamente, unos preciosos parterressembrados de adelfas rosas y blancas. Su hermoso y moderno cine Acapulco, uno de los más confortables de la ciudad, donde  todas las semanas se estrenaban los últimos filmes extranjeros.

Hoy, en mi breve recorrido desde 26 y 41, hasta 26 y 17, en busca de un tinte para elcabello, que finalmente no encontré en ninguna de sus desabastecidas tiendas, lasimágenes observadas a mi paso, solo me brindaron preocupación y tristeza.

 

 

Más sobre el González Coro

Finalmente Patricia es abuela. Su hija estuvo ingresada unos días en el Hospital González Coro, antigua Clínica Sagrado Corazón, del Vedado, La Habana, porque su bebé nació bajo de peso, algo muy común en estos momentos.

Ella hizo algunas fotos que me facilitó para que quedaran como testimonio de las comodidades e higiene que brinda el centro hospitalario.

Otra de las sorpresas que esperaban a la recién estrenada mamá, fue presenciar algunas disputas entre  otras pacientes, debido al robo de cigarrillos. Ella que no fuma, tuvo que aspirar el humo proveniente de esos cigarrillos compartidos entre  mamás y el personal de  salud que las atendían.

Repaso y repasadores

Profesores y alumnos Esc. Pública,Sup.Nro.10, años 50

A partir de los años cuarenta todas las personas que se dedicaban a la enseñanza en Cuba, poseían títulos acreditativos para ejercer profesionalmente el magisterio. En la década de los cincuenta eran muchos los profesores ilustres en nuestro país, reconocidos internacionalmente por sus libros publicados, los cuales se utilizaban como material de estudio dentro y fuera de nuestras fronteras: Valmaña, Baldor, Añorga, por sólo mencionar algunos, libros de texto que aún son usados en muchos de los países latinoamericanos por profesores y estudiantes.

Después del año cincuenta y nueve, en que fueron intervenidos los colegios privados, se promulgó una absurda ley que “invitó” a los maestros de primaria y enseñanza superior en funciones, a jubilarse con sólo veinticinco años de servicios y el mayor haber percibido, sin importar la edad. Esto y otras causas, en la que los maestros se vieron además depreciados por haberse formado en el capitalismo, hizo que muchos marcharan al exilio, la mayoría se jubilara y muy pocos fueran los que continuaran ejerciendo contra “viento y marea”. Desde entonces, la enseñanza comenzó a deteriorarse y tuvieron que preparar “a la carrera” y en muy poco tiempo, jóvenes del campo, como maestros para llenar el vacío provocado por el propio gobierno: los llamados “Makarenko, al ser formados según los métodos del pedagogo soviético de igual apellido.

En la década de los sesenta aún quedaban buenos profesores en muchas de las escuelas y éstos, a su vez, ayudaban a los recién capacitados a superarse, pero los bajos salarios, la falta de estímulos y el deterioro cada vez más evidente de las instalaciones docentes, hicieron que, poco a poco, la deserción fuera apoderándose del sector, sobre todo en la primaria y secundaria. Aún, para entonces, la Universidad contaba con figuras brillantes en su claustro.

Otras de las causas que incidió en la baja calidad de la educación fue que los maestros se vieron presionados, para no afectar su propia evaluación, que se basaba en la promoción y no en la calidad, a cometer fraude. Esto hizo que muchos informaran con antelación a sus alumnos las preguntas que saldrían en los exámenes y, en muchas ocasiones, hasta les “soplaran al oído” las respuestas, a fin de obtener ellos una buena evaluación.

Muchos padres, ante el deterioro galopante de la enseñanza y la falta de maestros en determinadas asignaturas, decidieron acudir a profesores jubilados para que les repasaran y, en algunos casos, hasta les impartieran las asignaturas a sus hijos. Otros, en mejor posición económica, lograban los mismos resultados con sus hijos, haciéndoles valiosos regalos a los propios maestros en ejercicio. Cada vez más fue decayendo la calidad de la enseñanza y se les perdió el respeto a los maestros, por parte de alumnos y familiares. Después, como puntillazo y para rematar, aparecieron los llamados “maestros emergentes”, preparados en cursos rápidos de baja calidad y corta duración, y la sustitución de profesores por televisores en las aulas. Esto marcó el golpe final a la calidad en la educación.

Progresivamente, junto a este deterioro, fueron creciendo en número cada vez mayor, las personas que se dedicaban de forma particular y cobrando, claro está, para mejorar un tanto sus propias economías, los repasadores. Esto fue, hasta la aparición de las nuevas licencias no hace mucho, una actividad clandestina. Ahora existen legalmente los repasadores, pero ya el gobierno le está buscando la “contrapelusa” al ejercicio de esta actividad, queriendo crucificar a los profesores que, estando activos, y sin estar autorizados para obtener licencias, se dedican a ella, arremetiendo contra los mismos a través de los Medios, hablando de falta de ética y de civismo, sin tener la valentía de afrontar y divulgar las causas, fundamentalmente económicas, que han provocado esta situación: los salarios de miseria que reciben, que son insuficientes para satisfacer sus necesidades mínimas como ciudadanos, desestimando que, si una vez más, los maestros se sienten acorralados, volverán a desertar, creando un nuevo vacío en la enseñanza, cada vez más difícil de llenar.

Es necesario buscar una salida legal para que se solvente este caos creado, sin perjudicar a profesores ni alumnos y, sobre todo, el futuro de la nación. Los repasadores existen justamente, debido a la cada vez más baja calidad de la enseñanza. Esto es responsabilidad de toda la ciudadanía en general pero, en primera instancia, del Ministerio de Educación y su más alta jerarquía.

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El hospital que nos toca

Raimundo llegó temprano a una consulta externa del hospital docente General Calixto García, que se encuentra ubicada en los sótanos de uno de los viejos pabellones. La sala de espera estaba repleta, el murmullo de las voces no le dejaba concentrarse en la lectura del libro que llevaba, para hacer más soportable su obligada estancia. De pronto, entra en el local una mujer mayor, vendedora de periódicos, pregonando Trabajadores, e invitando a los allí presentes a que le compraran un ejemplar, para entretenerse mientras les llegaba su turno. Ella, entre pregón y pregón, decía que tenía que dedicarse a esto para poder comer, pues fue trabajadora de ese centro durante muchos años y, si no lo hacía, con la jubilación se moría de hambre, aunque cuando trabajaba también, pues siempre ganó una miseria.

Fue entonces cuando un anciano de unos ochenta años, que esperaba ser atendido, tomó la palabra y le dijo: Señora, esto es fascismo y como tal, nos quita todos nuestros derechos. Este hospital es un asco, continuó, pareciera que hace meses no lo limpian, ni tan siquiera han puesto un ventilador para que en este oscuro y húmedo sótano, tengamos un poco de ventilación. Bueno, si los médicos no lo tienen tampoco, que podemos esperar los pacientes.

Oye viejo “apretaste”-expresó otro de los allí presentes. El murmullo de voces fue in crescendo. Todos comentaban sobre la suciedad, las escaseces, la falta de condiciones del hospital, de los trabajos que se pasan para llegar hasta allí en ómnibus, porque no todos tienen 10 pesos para coger un “tarecón” (taxi de los años 50)… De pronto, por la estrecha escalera que baja al sótano, se asoma un enfermero y, dirigiéndose a los pacientes, dice: Por favor, alguien que me dé una mano para bajar a este operado en silla de ruedas. En eso se abre la puerta de la consulta y el médico, echándose fresco con un cartón, a modo de abanico, dice en voz alta: ¡Que pase el siguiente!

El anciano de marras, toma de nuevo la palabra y alzando la voz, para que todos lo oigan, dice: ¡Señores, este es el hospital que nos toca!

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Una gotera mayor de edad

Hace 28 años Patricia estaba embarazada y se atendía en el Hospital González Coro, antigua Clínica El Sagrado Corazón, sita en la Calle 21 entre 4 y 6, en el Vedado. Por esos años, la aspiración de todas las futuras mamás era atenderse ahí, lugar donde se concentraban los especialistas más afamados y porque, al ser de las últimas obras que se construyeron para esta especialidad en la década de los 50, aún no estaba tan deteriorada como sus homólogas.

Ya por aquel entones mi amiga pudo observar que en el falso techo, en la salita de espera de la consulta de Obstetricia y Ginecología, existía una gotera y que, debido a ella, habían colocado una frazada de piso y un cubo para recoger el agua, así como las salpicaduras. Pero eso entonces se podía “sobrellevar”, pues como era lógico pensar tenía carácter transitorio. Eso al menos dedujo ella.

Han pasado 28 años y mi amiga ha vuelto a la misma consulta, acompañando ahora a su hija, que es la que está gestando. Con horror constató que aquella vieja gotera, que la acompañó durante sus nueve meses de embarazo, estaba ahí mismo, sólo que había crecido, y ahora es casi un salto de agua como el de Soroa y que, además, el falso techo tiene una gran área destruida. Actualmente el cubo para recoger el agua es mucho más grande, y la frazada de piso ya no alcanza para contener las salpicaduras que forman un gran charco, por donde tienen que transitar el personal médico y las propias gestantes, con el consabido riesgo de resbalar y caer.

Pienso que, con todo el dinero invertido en cubos y frazadas de piso durante todos estos 28 años hubieran podido, de haber existido el deseo y la voluntad de hacerlo, arreglar como es debido el falso techo y evitar así el riesgo de un accidente, que en el caso de una gestante puede ser fatal. ¿Dónde están las autoridades responsables de corregir esta situación? ¿Es acaso el Director del Hospital? ¿Serán quizá los del Poder Popular? En fin, lo que si tengo bien claro es que no son los médicos ni los pacientes los que tienen que responsabilizarse con el arreglo de esta avería, pero también estoy convencida de que, si no se denuncia, continuará la lamentable situación, hasta que un día clausuren la consulta, después la sala, el piso y finalmente el hospital, como ha venido sucediendo con otros.

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Fragmentación familiar

Antes del año cincuenta y nueve del siglo pasado, yo poseía una gran familia: abuelos, padres, madres, tíos, tías, primos, primas, padrinos, madrinas, así como sus respectivos cónyuges. Componíamos un clan, unidos por el amor y el quehacer cotidiano, donde entraban también a engrosarlo amistades muy cercanas y queridas, que terminaban confundiéndose con la parentela, al punto de a veces no poder diferenciar muy bien a quien le corría o no, por sus propias venas, la misma sangre.

Al principio, muy al principio del año de marras, la alegría contagiosa inundó los hogares cubanos: ¡Se había ido el dictador! Pero eso duró muy poco, pronto se implementaron las primeras “leyes revolucionarias” y, tras su dureza, comenzaron a desaparecer algunos rostros amigos, después otros más cercanos. Aquella alegría comenzó a ser sustituida por la incertidumbre, seguida luego de la tristeza y más tarde del miedo. Los más jóvenes no nos dábamos cuenta aún de lo que estaba sucediendo, hasta que de pronto también empezamos a dejar de ver a nuestros amigos cercanos. El barrio comenzó a tornarse triste, luego la escuela, después la casa, la ciudad, el país. Todos los días llegaba una noticia de que alguien muy querido partía, nos abandonaba. Quien sabe cuándo lo volveríamos a ver, si es que eso algún día sucedería, pues por la radio y la televisión decían todo lo contrario: “Los traidores y apátridas que abandonan el país jamás volverán”. Para mí, una adolescente, criada en un ambiente de armonía y amor, esa fue una palabra muy dura, muy contundente, inconmensurable.

Mis amigas más queridas comenzaron a desaparecer como por arte de magia, más bien “de mago”. Algunas partieron portando un cartel en el pecho, iban hacia lo desconocido, las enviaban sus propios padres, en el afán de “salvarles de lo que venía”, eran las Peter Pan. Entre abrazos y lágrimas nos despedíamos, nos intercambiábamos pequeños recuerdos, pensando que nunca más nos volveríamos a ver, fue tremendamente doloroso.

Recuerdo todavía con gran pena, el día que uno de mis primos y su esposa se marcharon: ella llevaba en su vientre a su primogénito, al que yo había bordado infinidad de pañales, con el profundo amor de quien espera a su primer sobrino, quien vine a conocer 38 años después, cuando se restablecieron los viajes de intercambio cultural, pues con el devenir del tiempo, entre prohibiciones y avatares, yo me había convertido en una artista de la plástica, y pude ir por vez primera a una exposición fuera de la isla cautiva.

Después, poco a poco, volví a cultivar nuevas amistades, me casé, tuve hijos. Un día, éstos partieron en busca de libertad y de nuevos horizontes. Se establecieron en diferentes países, y me nacieron nietas que tampoco disfruté. Vine a conocerlas años después, cuando ya me había perdido todos sus encantos de bebés, sus primeras palabras, sus primeros pasos. También mis nuevos amigos se seguían marchando.

A mi regreso de un viaje, en que me las ingenié para hacer una exposición “fuera” y poder así contactar a mis hijos, comprobé, con profundo pesar, todas las grandes y pequeñas cosas que habíamos dejado de compartir, en este largo y tortuoso camino, pero lo más doloroso de todo, sin la menor duda, ha sido y es esta terrible fragmentación familiar.

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De cómo una rosa devino Catedral.

Siempre he sabido que un nombre es importante. Yo no sería la misma si no me llamara Rebeca. Al menos eso pienso yo. Tengo dos nombres, como casi todas las personas de mi generación, pero si ahora mismo alguien me llamara por el segundo, yo ni voltearía el rostro, porque estaría segura que no se trata de mí. Así pasa con casi todo, muy especialmente con las calles y los comercios.

Cuando inauguraron el restaurante La Rosa Negra, primeramente me sonó extraño, y algunas personas hasta lo cuestionaron: ¿por qué negra y no de otro color? En fin, estuve indagando al respecto, y me explicaron que ese era un local arrendado y que, cuando comenzaron los trabajos de adaptación, el dueño del mismo había pedido especialmente, que le pusieran ese nombre, por un libro que él había leído y disfrutado mucho. Lo complacieron, pues en definitiva eso era sólo un detalle.

Pronto abrió sus puertas el nuevo local y la calidad de sus comidas, el buen servicio y el magnífico grupo que constituyen sus empleados, hizo que una clientela cada vez más numerosa y constante, se acostumbrara al raro nombre. Ellos, los dueños y trabajadores, fueron los que con su buena mesa y su amabilidad, hicieron que la rosa “prendiera” y se hiciera famosa dentro y fuera del país.

Pero todo el camino no estaba cubierto de pétalos aromáticos y pronto salieron a relucir las espinas El dueño del local, viendo el tremendo éxito que habían logrado, les rescindió el contrato, para tomar él las riendas del ya floreciente y consolidado negocio. Eso no fue lo peor, quiso quedarse con el nombre, pues había sido idea de él. Cosa mala ésta para cualquier nueva empresa.

Sus actuales empresarios, ante la imposibilidad de convencer al propietario del inmueble, que les dejara el nombre, ya que fueron ellos los que le dieron el prestigio del que hoy goza, optaron por comprar una antigua casa en el Vedado, y convertirla en otro hermoso restaurante: La Catedral. No se llevan el logotipo, pero se van todos los que le hicieron famoso. Estoy absolutamente segura que tras ellos iremos todos a La Catedral, pues en estos dos años, clientes, dueños y personal, nos hemos identificado y convertido en una familia.

A los que viven aquí y a esos que piensen visitar La Habana, a partir de mediados de noviembre del presente año, les recomiendo anotar bien esta nueva dirección: Calle 8 /entre Calzada y 5ta, Vedado. De seguro me agradecerán la sugerencia.

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“Queremos muchas cosas más”

indexEl jueves  12 del presente mes estaba todo listo para que se ofreciera el gran concierto, “teñido de amarillo” por sugerencia del propio agente René, en el “Protestódromo”,  como se le conoce popularmente al Monte de las Banderas, frente a la SINA. Todo estaba previsto por Cultura, la UNEAC y controlado por la Seguridad.

Los artistas y grupos musicales que habitualmente actúan en todos los “llamados patrióticos”, habían ensayado e informado previamente los números que interpretarían. Lo que si nadie pudo prever, es que un valiente joven, al frente de su archiconocido y popular conjunto Interactivo, Robertico Carcassés, gran improvisador, en medio de aquella trama tan bien tejida, diera la nota discordante, que pondría en vilo a toda la nomenclatura.

Llegado el momento de interpretar el conocido número Cubanos por el Mundo, Robertico, director del grupo, vestido todo de blanco, dejó el piano para coger el micrófono e improvisar, ante la mirada atónita y los sorprendidos  oídos de los allí presentes, que no creían cierto aquello que escuchaban, y que el público repetía entusiasmado, siguiendo la cadencia contagiosa del estribillo:  “Quiero, acuérdate que siempre quiero”,  ”Libre acceso a la información para tener yo mi propia opinión”, “Ni militantes ni disidentes, cubanos todos”, “Queremos muchas cosas más”, “Elección directa del presidente…”,  “Quiero, acuérdate que quiero, el fin del bloqueo y del autobloqueo”…

Sorprendió a todos, no dio tiempo a las autoridades a improvisar, no pudieron desviar las cámaras hacia el cielo de la oscura noche, no les dio tiempo a proyectar otra cosa en las pantallas. Los cogió “movidos”, como decimos aquí. Robertico supo con inteligencia aprovechar la oportunidad que se le presentaba. Eso no fue casualidad, era su más profundo sentir, al cual podía dar riendas sueltas, donde sabía que iba a ser escuchado, no como aquella carta abierta que hiciera a Harold Gramatges,  al frente de la sección de música de la UNEAC, en el año 2007 y que seguramente fue engavetada, tal vez con alguna que otra similares.

Ahora sólo nos queda estar muy al tanto de lo que pueda ocurrir con este artista y, utilizando la palabra y la escritura como medios eficaces,  tratar de impedir que se tomen represalias con este valiente músico. Estoy segura que usted, yo, todos, estamos de acuerdo en que “queremos muchas cosas más”.

Bochorno

Siempre oí decir de niña, que a esta hora del mediodía en que el sol arreciaba y los árboles no movían ni una sola de sus hojas, se le llamaba “bochorno”.

Salimos mi amiga y yo del turno de Internet y decidimos pasar por una de las tiendas cercanas al área, en busca de algunos productos de aseo. Nuestro primer impacto lo recibimos al llegar a una tienda nueva, dedicada exclusivamente a la venta de estos productos, cuando vimos un gran crespón amarillo en la puerta de entrada. Ahí nos dimos cuenta de inmediato, de qué se trataba, y parafraseando a Martí, le dije a mi amiga en broma: “No sé si estando esa bandera yo pueda entrar…”. Ella, casi empujándome, me dijo riendo: “Dale que no es una bandera, es sólo un trapo amarillo mandado a poner”. Entramos, ya riéndonos y en son de burla.

Inmediatamente interpelamos al primer empleado joven que vimos, luciendo en su pecho un improvisado lacito amarillo de papel de seda (ese que se usa para las moñas de regalo). “Seguro que eres devoto de la Caridad, pero ayer fue su día”. “No -respondió él- éste me lo han mandado a poner hoy por los héroes”. “Ah, por los espías -le contestamos al unísono. Bajó la cabeza y enrojeció. Entonces seguimos al mostrador donde se venden los tintes para el cabello e hicimos casi lo mismo con la empleada, quien de inmediato nos respondió: “Mi jefe me dijo que si era revolucionaria me lo tenía que poner. Imagínense yo trabajo para el Estado”. “Claro, -le dije-, si no te lo pones no eres revolucionaria y, por consiguiente, pierdes tu trabajo”. Se quedó callada mirándonos con ojos que imploraban piedad. La dejamos, pues dos compradoras en ciernes que estaban esperando, nos miraban aguantando la risa y asintiendo con la cabeza.

Salimos de allí y fuimos a una tienda por departamentos a mirar qué había, y nos encontramos con el mismo espectáculo: todos los empleados con lacito amarillo y moñas del mismo color en las puertas de entrada. Ahí volvimos a cuestionar a la pobre empleada que nos atendió y esta nos dio una respuesta similar a la anterior. Entonces le comenté, ya un poco impertinente, lo reconozco: “Con esta misma decisión, debimos haber defendido nuestras verdaderas tradiciones que nos fueron arrebatadas: el Día de Reyes, la Navidad, la Nochebuena…”.

Al “bochorno” de la hora tuvimos que agregar el nuestro propio, al tener que reconocer cómo nos hemos dejado manipular todos estos años y cómo, fatalmente, la mayoría de nuestra población se sigue sometiendo, debido al miedo inducido con que nos han estado nutriendo esta media centuria. Lamentablemente observaremos el día 12 a la mayoría de las personas, ostentando sumisamente algo amarillo, que en definitiva es también el color con que se ha identificado siempre la cobardía, y eso si ya es una tradición.

Depredaciones de tumbas y robos de coronas

Los escándalos de robo siguen en los cementerios, a pesar de todas las denuncias publicadas dentro y fuera de la isla. Desde luego, aquí durante muchos años hubo un silencio cómplice por parte de la prensa oficialista, la única acreditada en el país. Pero con el desarrollo de la tecnología y el acceso, aunque bastante restringido a las redes sociales, esto parece habérseles escapado de las manos y ahora, de vez en cuando, en los periódicos locales aparece algún que otro comentario crítico sobre este escabroso tema.

Ya no solo es el Cementerio de Colón, quizá el más depredado, justo por ser el que más obras de arte de valor alberga, sino que también los camposantos bautistas, chinos y judíos, han sido objeto de vandalismo por parte, en estos últimos sobretodo, de practicantes de cultos afros, que utilizan huesos de difuntos (no bautizados preferiblemente), como ofrendas para sus prácticas “religiosas”, ante el impune y fácil acceso a los mismos.

Otro fenómeno que ocurre desde la aparición de las dos monedas, los pesos corrientes( CUP), en los que te pagan salarios y jubilaciones, y los pesos fuertes (CUC) en lo que estás obligado a comprar prácticamente todo, es la reaparición en los entierros de dos tipos de coronas: las pobres y escasas de flores, poco atractivas y burdamente confeccionadas en serie, con cinta de papel y letras en tinta violeta, ofertadas en la moneda corriente, y en ocasiones limitadas en cantidad, según el momento y el muerto, y las otras, en “moneda fuerte”, bien confeccionadas con hermosas flores importadas, cintas de tela para la dedicatoria en letras doradas y sin límite de oferta. A partir de entonces comenzó a producirse otro tipo más de robo: el de las coronas.

Es triste pensar en las personas que haciendo un sacrificio ofrecen a su familiar o amigo difunto una de estas bellas coronas adquiridas en moneda dura, que apenas concluido el enterramiento y dispersos los acompañantes al duelo, las mismas desaparecen “como por arte de magia” y son ofertadas en CUC, por supuesto, a otros dolientes no muy escrupulosos o sencillamente son desarticuladas para vender sus flores, a personas que ya tienen los contactos establecidos previamente para comprarlas. Esto ha traído como consecuencia que cada vez se ven menos ofrendas florales en las tumbas. Este tipo de depredación también suele ocurrir en algunos de los monumentos a próceres en la ciudad, donde delegaciones extranjeras depositan elegantes coronas, como ocurrió recientemente en el monumento a Eloy Alfaro en la Ave. De los Presidentes, e/15 y 17 en el Vedado.

Hasta el momento, que yo conozca, no existe una medida lo suficientemente efectiva como para detener esta miserable y criminal práctica. Tampoco tengo conocimiento que hayan sido devueltos a sus dueños, algunas de las esculturas o grandes crucifijos de bronce robados en estos últimos veinte años. El panteón de mi familia fue depredado, presenté la denuncia apoyada con fotos del antes y el después hace ya más de cinco años, y aún las autoridades competentes del cementerio no me han dado respuesta alguna.

Es vergonzoso que estos hechos sigan ocurriendo en pleno Siglo XXI, cuando más bien parecen prácticas del Medioevo, y se perpetren ante la aparente indolencia de las autoridades, que deben y tienen la obligación de velar por la conservación de nuestro patrimonio histórico y cultural.

Marginalidad y promiscuidad

Mucho se habla últimamente sobre el tema, después del más reciente discurso de Raúl, donde aborda estos problemas sociales, que antes eran sencillamente ignorados. Ahora los Medios constantemente hacen programas dedicados a este fenómeno social, en el tardío empeño de mejorar, lo que ellos mismos decidieron obviar durante todos estos años de revolución, haciéndose cómplices y copartícipes involuntarios.

La televisión, uno de los medios más importantes de difusión, es precisamente la que más ha incidido en programas y novelas, donde el lenguaje y los gestos vulgares han sido la constante, sin tener en cuenta la vieja y conocida frase de que “una imagen vale más que mil palabras”. Este medio, por tanto, es un “fijador” masivo de lo bueno y de lo malo.

Recuerdo que hace unos veinte años, en un famoso y popular programa de televisión de los sábados, conducido por una elegante y fina presentadora, cuando ésta, entrevistando al afamado actor español Echenove, le preguntó: “¿cómo le ha ido en su visita a Cuba?”, éste, totalmente desinhibido, le contestó: “pues me ha ido de pin…”. Ella, ruborizada, le dijo entonces: “discúlpeme, pero esa palabra es fea y no debe decirla”. “¿Cómo? -argumentó él-, no puede serlo, porque aquí todo el mundo la dice”.

En cuanto a la promiscuidad y los malos hábitos higiénicos, nuestra prensa hace énfasis en las infracciones cometidas por los particulares, y pasa con los ojos cerrados ante los problemas causados por los malos manejos administrativos y la constante falta de higiene, en la manipulación de alimentos practicada en los establecimientos estatales. El ejemplo más representativo es el de la venta de carne de puerco sin refrigerar en los agro-mercados, amén de que la misma es transportada sin ninguna higiene en vehículos al aire libre y, hasta en ocasiones, con trabajadores sentados sobre las piezas de carne.

Se critica también cómo y dónde se enjuagan las tacitas de café, que se vende recién colado en los diferentes establecimientos privados y públicos, así como el agua con que se hacen los jugos de frutas que se ofertan, la incorrecta manipulación de determinados alimentos, etcétera y, lo que nunca se mencionan es, dónde fue que se aprendieron todas estos malos hábitos que nos recuerdan al Medioevo.

¿Acaso los trabajos voluntarios, las becas y las escuelas al campo no fueron la génesis de toda esta promiscuidad que trajo consigo además, muchas de estas indisciplinas sociales? ¿Con qué condiciones contaban los campamentos y esas escuelas, para que estas situaciones no se produjeran, debido principalmente a la falta de agua potable y de instalaciones adecuadas, obligando a muchos de los estudiantes a tener que hacer sus necesidades, mayoritariamente “a campo traviesa”, como los animales? ¿Por qué entonces no se tomaron las providencias adecuadas para que esto no ocurriera, sino que todo lo contrario, las mismas se fueron estableciendo como prácticas normales?

Por otra parte, también ahora se está atacando el fenómeno del ruido y de la música a altísimos decibeles, que hacen que las personas griten para oírse, y molestan a los vecinos, obligándolos a escuchar lo que no desean. Esto también ocurre en muchos ómnibus, donde además del apretujamiento, el calor y los malos olores, también debes soportar estoicamente el ruido ensordecedor de la música, impuesta por el chofer o la de algún indolente y mal educado pasajero, al que no le importa molestar al resto de los ocupantes del vehículo.

“Nunca es tarde si la reacción es buena” -diría yo, parafraseando una vieja máxima, ante la nueva preocupación de los Medios, pero lo que me molesta extraordinariamente, es que hayan tenido que esperar casi medio siglo, a que Raúl lo dijera en un discurso, para “adquirir conciencia” de ello, además de que, como se ha hecho ya habitual, siguen atacando a los efectos, pero sin tener el valor suficiente de denunciar las causas y, sobre todo, a los causantes de estos y otros males sociales.

Curiosos aniversarios

Este parece ser un año de diversas y curiosas celebraciones. El aniversario más “cacareado” de todos, es el sesenta de lo que tu sabes… También está el de los cincuenta años de Radio Enciclopedia, los cuarenta del ejercito Juvenil del Trabajo, y sobretodo uno muy curioso, el treinta y cinco aniversario de La Isla de la Juventud, al parecer “borraron de un plumaso” a la Isla de Pinos, que tiene tantos años como su hermana mayor, la isla de Cuba.

Hoy vino a visitarme mi amiga Lisa, cuya hija tiene veintisiete años y está embarazada. Ella me cuenta que la está acompañando al Hospital “González Coro”, antigua clínica “Sagrado Corazón”, y oyéndome comentar sobre la avalancha de aniversarios y conmemoraciones de este año, me dijo que también sería bueno agregar a esta lista, la gotera de agua que cuando ella estaba gestando a su hija y acudía a esta misma consulta, estaba allí presente. Que entonces colocaban un cubo de metal debajo de ésta para recoger el agua que caía. Me dice que ahora existe la misma gotera, pero que ya más bien parece un salto de agua, y ahora colocan una gran caja plástica para seguir recogiendo el “preciado líquido”, pero como ésta de vez en cuando se rebosa, salpica el suelo de granito por donde pasan las embarazadas, con peligro de resbalar y caerse.

El falso techo, podrido por la humedad, en la zona del salidero está al desprenderse, pero esto no parece inquietar a nadie. Cuando ya no se puedan dar consultas se clausurará esta zona, y más adelante todo el hospital, como ha sucedido con su homólogo el “Clodomira Acosta” que está en absoluta ruina desde hace años, o como el de “Maternidad de Línea” que está prácticamente cerrado, por solo mencionar algunos de los de esta especialidad. Este salidero cumple ahora al igual que su hija, veintisiete años y sigue ahí, como la Puerta de Alcalá, “viendo pasar el tiempo”, ante la aparente indiferencia del Director del hospital, personal médico, el Ministerio de Salud Pública y hasta los mismos pacientes. ¿Será acaso éste también, otro curioso aniversario a celebrar?

¿Ir de tiendas?

Hoy en día el término “ir de tiendas” está en absoluto desuso, ahora se dice más bien “salir a buscar”. Ese dejó de ser hace muchos años un paseo para disfrutar. El solo hecho de enfrentarse a la realidad de un transporte casi inexistente y a las altas temperaturas de verano, es suficiente como para pensarlo dos veces. Aún así, ayer, de nuevo fui con mi amiga para “hacerle la media” (como decimos aquí), en la búsqueda y captura de una llave de agua para su lavamanos, que además se ajustara a su débil presupuesto. En esta ocasión iríamos a recorrer las tiendas de Centro Habana.

Hacía más de treinta años que yo me negaba a visitar estos antiguos comercios, otrora los más famosos de la ciudad. Recuerdo que a la convergencia de las calles Galiano y San Rafael, antes del año cincuenta y nueve le llamaban en broma “la esquina del pecado”, porque era una especie de tentación para los hombres, acudir a observar el desfile de hermosas y bien vestidas mujeres, que solían ir de compras por estos predios, así como disfrutar la imagen de las bellas y bien maquilladas empleadas de las tiendas ubicadas en la zona.

Para mí fue un acto de solidaridad para con mi amiga el acompañarla, pues me había hecho el propósito de no frecuentar nunca más estos lares. El primer choque emocional fue enfrentarme a una tienda llamada Transval (el antiguo Ten Cent), del que aún guardo en mi memoria un bello recuerdo. Para ello tuvimos que pasar por la desagradable e inevitable experiencia de vernos obligadas a dejar nuestros bolsos, en una casilla, teniendo que sacar de ellos, para llevar incómodamente en nuestras manos, todas las pertenencias de valor: monedero, celular, espejuelos, llavero, etcétera, pues según letrero ubicado en el lugar, no se hacen responsables de pérdidas en los bolsos bajo custodia. O sea, que estamos a expensas de que ellos mismos nos roben, además de tener que dejar como garantía el carnet de identidad, cosa esta que está prohibida por el Ministerio del Interior.

Entrar a Transval fue para mí un impacto brutal. De aquel otrora confortable, agradable y bien abastecido “Ten Cent”, solo quedaba su estructura arquitectónica y sus bellos suelos de granito en portales e interior del local, así como sus escaleras, también de este material, increíblemente bien conservadas. Fuimos de inmediato a la sección de ferretería, pero el precio de los artículos allí expuestos, era prácticamente inaccesible, por lo que continuamos la minuciosa búsqueda, hasta que finalmente, en el lugar menos apropiado, dimos con la llave que podía adquirir mi amiga, en CUC, naturalmente. De ahí salimos para entrar en la antigua joyería “La Casa Quintana”, cuyo bello logo se mantiene en el portal a la entrada, hoy devenida en departamento de lámparas de la tienda de marras. Después pasamos por “El Bazar Inglés”, oscuro y caluroso local, donde se exponen y venden, en pesos corrientes, artículos muy poco atractivos de industrias locales.

Nos dirigimos hacia “La Época”. El recorrido fue agotador. Visitamos todos los departamentos, a pesar de que sabíamos no íbamos a comprar nada, pues mi amiga quería aprovechar para ir viendo opciones de ropa y zapatos para su esposo e hijo, para cuando tuviera dinero, por lo que me hizo subir y bajar infinidad de escaleras, no solo en ésta sino en las otras tiendas que visitamos anteriormente, ya que en casi ninguna funcionan las escaleras rodantes, aún donde las hay.

Cuando regresamos al punto de partida, al observar el parque Fe del Valle, lugar donde se encontraba ubicada la tienda más emblemática y hermosa de la ciudad de La Habana, “El Encanto”, no pude evitar pensar que, a no ser por el trágico fallecimiento que se produjo en aquel fuego, fue el mejor final para aquella tienda, famoso símbolo de la elegancia y la cultura cubanas, que al menos desapareció en todo su esplendor, y no terminó como ha sucedido, con sus vecinas, Flogar, Fin de Siglo y La Época, por solo mencionar algunas, quienes han terminado siendo tristes caricaturas de ellas mismas.

Carnaval de La habana, otra tradición perdida

Carnaval de La Habana, otra tradición perdida.

Cuando empezaba el mes de febrero, los medios masivos (radio, televisión y prensa plana) comenzaban a promover las fiestas del Rey Momo. Toda la ciudad se contagiaba con las expectativas de tan grandiosa celebración. Mayores y niños solían disfrutar por igual de estos festejos que siempre se celebraban en este mes, durante cuatro fines de semana, previos a la Cuaresma.

Días antes de la fecha señalada para el inicio de éstos, ya los postes eléctricos de las calles de la ciudad exhibían, a modo de ornato, los carteles premiados mediante concurso, así como grandes fotos de la Reina y sus Damas en las vidrieras de las principales tiendas, las cuales habían sido elegidas por un prestigioso jurado.

Recuerdo que cuando niña, mi familia solía alquilar un palco en los carnavales, para disfrutar de más comodidad, mientras veíamos pasar la interminable legión de carrozas bellamente engalanadas, con jóvenes muchachas a bordo, unas veces muy vestidas y otras escasas de ropa (enfrentándose a las temperaturas frías de febrero), según la temática que deseaban representar los patrocinadores de dichos escenarios rodantes. Después, seguían los automóviles convertibles ó descapotables y camiones, bellamente decorados. De todo esto, lo que sin lugar a dudas, levantaba más expectativas, era la carroza de la Reina con sus Damas de honor.

Como colofón, el paso de las comparsas con sus vistosos trajes, portando algunos de ellos enormes farolas, siguiendo el ritmo de sus originales y bien estudiadas coreografías. Entre las más aclamadas siempre estuvieron la de los Guaracheros de Regla y El Alacrán, ésta la más antigua de todas. Otro de los espectáculos que más captaban la atención, eran las arriesgadas acrobacias del Pelotón Acrobático de la Policía Motorizada, con sus chaquetas rojas y sus ajustados pantalones negros, resaltados por altas botas y polainas acharoladas, conduciendo sus impresionantes motos Harley-Davidson. El paseo siempre se abría con profusión de fuegos artificiales.

Una vez finalizado el desfile, los muchachos, desafiando las prohibiciones familiares, nos lanzábamos a la calle para recoger las serpentinas arrojadas a la vía y confeccionar enormes esferas con éstas, para luego hacerlas rodar calle abajo. El que lograba la más grande, se sentía, sin que nadie se lo manifestara, como una especie de campeón.

El desfile tenía un largo recorrido, saliendo de los predios del antiguo Palacio de los Deportes, siguiendo por todo Malecón hasta tomar el Paseo del Prado, dando la vuelta en la Fuente de la India y recorriendo nuevamente de regreso el Prado, retomando Malecón hasta el punto de partida, donde se aparcaban las carrozas. Muchas personas durante el desfile, solían cruzar de una acera, a la de enfrente, para volver a ver las carrozas en su viaje de regreso.

Llegó el año 1959, y estas alegres fiestas, fueron perdiendo esplendor. Al principio lentamente y después en forma abrupta, cuando se nacionalizaron todos los comercios y se perdió el patrocinio de éstos, al no existir ya la publicidad. Es de resaltar, que los carnavales de La Habana antes de este año, estaban considerados entre los más famosos del mundo.

Yo logré alcanzar un poco del brillo que aún les quedaba, cuando salí electa Lucero en el año 1963. Para entonces, se había cambiado ya la terminología de Reina por Estrella y de Dama por Lucero, por considerar las anteriores como una expresión de la pequeña burguesía. Ya no bastaba con ser bonita, tener cultura y poseer buenos modales, ahora además, y como elemento muy importante, ser una persona “integrada” (estar trabajando o estudiando y participar en eventos políticos). También los obsequios ofrecidos a las ganadoras dejaron de ser relevantes. Aún se mantenía la tradición de exponer grandes fotos de éstas en las vidrieras comerciales.

Recuerdo que para entonces yo trabajaba en el Ministerio de Comercio exterior, en una de sus empresas. Una tarde, pasó muy apurado, recorriendo todas las oficinas, el Secretario del sindicato, para anunciarnos, a todas las muchachas que allí laborábamos, que al finalizar la jornada no nos marcháramos porque se iba a efectuar una asamblea para elegir a los macheteros permanentes para la zafra, y también a la estrella que representaría a la empresa en estos festejos.

Para sorpresa mía, yo resulté la favorecida. La próxima selección sería entre las más de doce empresas que componían el ministerio, y así determinar la que sería su representante. Volví a resultar electa. Después, se imponía competir entre todos los organismos que pertenecían al sector de la Administración Pública, para escoger a la Estrella del mismo, quien posteriormente competiría a nivel nacional.

Así fue como una noche, me vi en la Ciudad Deportiva, compitiendo con todas las estrellas de todos los sindicatos. Entonces resulté electa primer Lucero del Carnaval de La Habana 1963. Nunca más volví a acudir a estas celebraciones, a pesar de que, durante algunos años estuve recibiendo invitaciones para el Palco Presidencial. Ya los carnavales que de niña me gustaban tanto, habían desaparecido, y solo quedaba de ellos una triste caricatura. Amén de que la celebración de todos los festejos, incluyendo éste, se trasladaron “por decreto”, para el mes de julio, justamente, cuando el calor se hace insoportable.

Este fin de semana habrá una triste caricatura de carnavales en un reducido tramo del Malecón, donde abundarán bebidas alcohólicas y las repetidas ofertas gastronómicas. La chabacanería y la marginalidad, como es ya costumbre, reinarán en estas fiestas.

¡Que lucha con el Tres Leches!

Debido a la ampliación de licencias para trabajos por cuenta propia, entre otras razones gubernamentales, para dar oportunidad de buscar empleos en el sector privado a la gran cantidad de trabajadores que perdieron los suyos, como consecuencia de la masiva reducción de plantillas (cesantías), surgieron nuevos paladares y, con éstos, una nueva moda nunca antes “notable” en el sector gastronómico de nuestro país: el dulce de las Tres Leches.

Fueron muchos los años en que la falta de información y referencias, en casi todos los sectores de la economía y la sociedad, sumieron a los cubanos en una especie de “hibernación creativa”, en la que se solía repetir algo hecho por alguien, que había traído la idea “de afuera” y le iba bien. Entonces todos querían repetir lo mismo.

La gastronomía no ha estado exenta de este mal en absoluto. Ahora todos los paladares quieren tener en su carta de repostería “pastelería francesa”, justamente en un país en que durante muchísimos años se perdieron estas especialidades, que fueron “muriendo” con la intervención de los negocios privados y con la falta de productividad al pasar al Estado. Poco a poco se fueron racionando la leche, la mantequilla, los quesos, etcétera, inclusive el azúcar, ingredientes fundamentales para este tipo de culinaria, hasta su casi total desaparición.

Son muy pocos, pudiéramos decir casi ninguno, los paladares que ofertan dulces caseros. Parecen haberse olvidado de los cascos de guayaba, los de toronja o naranja, las mermeladas, los buñuelos, las torrejas, natillas, pudines, en fin la larga lista de estos manjares. Es cierto que los frutos e ingredientes con que se confeccionan también pasan por largos períodos de desabastecimiento, pero bien podían ser una alternativa.

Alguien, en su restaurante, comenzó un día a ofertar en una copa grande (como las de los “sundays”) una pequeña porción de panetela, con un poco de leche condensada y mucho merengue, llamándole Tres leches. Inmediatamente surgieron los imitadores. Otros preparan una panetela, donde la leche apenas se siente y también la cubren de mucho merengue. También los hay, más “creativos”, que le añaden almendras y chocolate. En fin, cada quien lo ha inventado como puede, pero ninguna de esas versiones se acerca siquiera al postre originario de Nicaragua, que se ha hecho famoso en toda América Latina.

Este tipo de repostería es cara, a veces cuesta más que un plato de canelones o lasaña, y por supuesto no tiene mucha demanda, debido a estas razones. No me explico, cómo a estas alturas, los dueños de restaurantes no han sabido buscar otras soluciones más al alcance de sus posibilidades y del bolsillo de la clientela. Este es precisamente, el punto débil de casi todos estos exitosos negocios.

Por ello, me he permitido hoy hacer este breve análisis y proporcionar además, para el conocimiento de todos los interesados, la receta original de este polémico postre, así como el costo de producción del mismo en nuestro país.

Ingredientes del bizcocho: Seis huevos, dos tazas de azúcar, dos tazas de harina de castilla, tres cucharaditas de polvos de hornear, media taza de leche sin descremar y una cucharadita de vainilla.

Instrucciones: Bata las claras a punto de nieve y añada el azúcar poco a poco y luego las yemas una a una. Cuando la mezcla esté espesa, añada la harina con el polvo de hornear, echando partes de leche. Dele el gusto con la vainilla. Se hornea a 350 grados durante 45 minutos.

Confección: Para hacer las “Tres leches” se mezcla lata y media de leche condensada con la misma cantidad de leche evaporada y una lata de crema de leche. Se le hacen perforaciones a la panetela y se vierte sobre esta la mezcla de leches. Para cubrirlo, haga el siguiente merengue: dos tazas de azúcar, una de agua y un cuarto de cucharadita de crémor tártaro. Cuando el almíbar esté a punto, añádalo al merengue tradicional de claras de huevo. Cubra el bizcocho y disfrute su postre.

Precios de los principales ingredientes en Cuba, donde el salario medio es de 20.00 CUC mensuales:

Lata de leche condensada 1.20 CUC

Lata de leche evaporada 1.30 “

Crema de leche (latica) 1.50 “

Harina, paquete de 1 kilo 1.20 “

Huevos l .50 pesos corrientes (moneda nacional) cada unidad.

Nota: 1 CUC equivale a 0.85 centavos dólar.

¿Miedo al cambio?

Últimamente mucho se conversa, en círculos cerrados de amistades, sobre los lentos, casi imperceptibles cambios anunciados por el gobierno. Lo que sí está claro es que a “soto voce,” casi secretamente, se perciben movimientos que implican que algo se está “cocinando”, como siempre, a espaldas de la opinión pública.

El gobierno está atravesando por una crisis nunca antes vista. La economía cubana es prácticamente inexistente. El país no produce riqueza alguna y la esperanza puesta en el gobierno de la vecina Venezuela, se desvanece junto con el chavismo: un espejismo en pleno desierto cuando se está a punto de morir de sed. Nuestra única alternativa está en el Norte, y no en el Sur.

¿Estamos preparados para el cambio? A mi modo de ver no. Siempre, como pueblo desinformado y aislado, hemos esperado que las soluciones lleguen ”de afuera”. Esto hace que muchos, quizá la mayoría, le teman a lo desconocido. Por otra parte, la diaria sobrevivencia no deja casi espacio al pensamiento analítico.

Durante cincuenta y cuatro años nos han estado metiendo miedo con “el enemigo de enfrente”, invento éste de que se ha valido el régimen para paralizar la iniciativa privada y convertirnos en seres conformes sin expectativas, persiguiendo todo el tiempo la comida, echándole la culpa de nuestros males al mal llamado bloqueo, que también está en evidente período de extinción.

Ahora, cuando sutilmente se intuye que algo “se está cocinando” con el vecino de enfrente, en vez de alegrarnos, muchos se atemorizan y hasta creen que esto se va a convertir en un “quítate tú para ponerme yo”. Justamente nunca debimos dejarnos manipular al presentárnoslo como tal, cuando en realidad Estados Unidos siempre fue nuestro mercado natural.

Un amigo, al que considero una bella persona, me dijo muy preocupado que teme: “qué va a ser de nosotros, la oposición, cuando esto ocurra”. Seguir escribiendo, le contesté y señalar lo malo, venga de quien venga como hacemos ahora. Además, cualquiera podrá dar rienda suelta a su inventiva y creatividad. Tendremos al menos igualdad de oportunidades, recuperaremos nuestras libertades individuales y con ello nuestro libre albedrío.

Una arquitecta, por la que siento un gran aprecio, me manifestó su preocupación ante los cambios: “Nosotros, que nos quedamos aquí a soportar todo, no vamos a tener ni un peso en el bolsillo y los de allá van a venir con dinero para invertir”. Mira, le contesté, precisamente hemos sido culpables por soportar y aceptarlo todo sin protestar, y en cuanto a que ellos vengan con dinero, a mí no me molesta para nada, todo lo contrario, me alegra. Además, muchos de los que van a venir a poner su capital, son aquellos cubanos, o sus descendientes, a los que el gobierno les despojó de todo y con su sacrificio, inteligencia o buena suerte, volvieron a recuperarse económicamente. Eso va a ser bueno para todos.

Creo que es hora ya de que se limen las asperezas políticas y se sea más pragmático. Habrá que hacer en muchos casos de “tripas corazón” y comenzar de nuevo sin rencores. Perdonar, aunque no olvidar, y que las autoridades competentes juzguen con la dureza necesaria, aquellos casos criminales perpetrados contra la integridad del ser humano, que no deben quedar impunes. Por lo demás, tratar de aportar todos nuestro granito de arena, para rehacer nuestro país y lograr insertarlo en el desarrollo del Siglo XXI.

El paraiso de los gatos

Mitsukusú

No soy adicta a la televisión, ni tan siquiera asidua espectadora de la pantalla chica. Más bien la tengo como una especie de monitor, para poder ver las series, norteamericanas casi todas por supuesto, que alquilo en un banco de películas. El único canal, en el que a veces veo algunos programas interesantes ”enlatados todos” y “por casualidad made in USA”, es en el canal 33 que aún, a Dios gracias, no ha sido ideológicamente contaminado.

Justamente hace un par de días, en la mañana, buscando un programa que me interesa pero que nunca veo debido al horario, ya que a esa hora, acabando de desayunar, me encierro en mi taller a oír música y adelantar trabajo hasta las once de la mañana, hora en que me meto en la cocina a “inventar” el plato nuestro de cada día. Por casualidad puse el canal de marras y quedé prendada con unos hermosos gatos, que en ese momento salían en pantalla. El programa me atrapó y lo vi hasta el final, dejando en mí un inmenso deseo de ir a Key West, Cayo Hueso como le decimos los cubanos.

Wampy

Soy gatera, lo confieso, me encantan todos los animales, excepto las cucarachas y las mariposas negras (tataguas), pero siento una especial debilidad por los felinos domésticos. De hecho tengo dos y alimento a tres. Habitualmente suelo sucumbir ante la tierna mirada de ellos.

El programa en cuestión trataba de la vida de estos animales en ese pequeño paraíso, donde hay una proporción de cuatro gatos por persona y no necesariamente todos viven en las casas: los hay compartiendo con los humanos en hoteles y restaurantes. Todos están bien alimentados y reciben cuidados veterinarios. Algunos están operados para controlar su reproducción. Pero lo que más llamó mi atención, pues soy lectora y admiradora de Hemingway, es el cuidado y la devoción que brindan a los descendientes de sus adorados gatos, en la que fuera una de sus más importantes residencias.

Quedé prendada de aquellos de seis dedos, del esfuerzo y la dedicación para mantener su raza y sobretodo lo saludables que se ven. Creo que si algún día logro visitar ese hermoso cayo, donde además está bellamente marcada la zona más próxima a nuestro país, “las famosas 90 millas”, me costará mucho esfuerzo resistirme a la tentación de traerme uno de esos preciosos animales.

Ojalá algún día la cultura en nuestro país también contemple el cuidado de los animales y las plantas, y no solo sea reconocida por sus conciertos y ballets. Desde luego, para llegar a ello tendrían primero que recuperarse todos los derechos individuales y el libre albedrío de sus ciudadanos, perdidos durante estos más de cincuenta años.

Botando el sofá.

Una vez más el sector de la educación se ve empañado por el escándalo: sustracción y venta de las preguntas para los exámenes de onceno grado. Al parecer se ven involucrados en este delito todos o la mayor parte de los municipios habaneros.

No es la primera vez que esto sucede, tampoco ahora los medios se han hecho eco. Como de costumbre, la noticia nos llega a través de alumnos o padres de éstos, cercanos a nuestro entorno, casi siempre vecinos, que se han visto afectados por estos sucesos.

Se han producido reuniones de maestros con los padres de los alumnos involucrados en las distintas escuelas, y el planteamiento por parte del profesorado, a mi modo de ver, no ha sido el más correcto y mucho menos eficaz: “No darle dinero a sus hijos para que no puedan comprar los exámenes”. Esto me recuerda el famoso cuento del marido engañado que llega a su casa y ve a su esposa acurrucándose en el sofá con el amante, y enfurecido decide botar el mueble.

Una vez más quieren reprimir los efectos, sin analizar profundamente sus causas. Esto viene sucediendo en nuestros centros educacionales hace ya muchos años. No es noticia para nadie, pero el Estado sigue pretendiendo que no ocurre, y continúa ofreciendo cifras estadísticas muy favorables a Naciones Unidas, y los funcionarios de ésta divulgándolas sin tomarse el esfuerzo de verificarlas.

Es más o menos la misma política utilizada por los empleados públicos en nuestro país: “El Estado se hace el que me paga y yo me hago el que trabajo”.

Mientras el Ministerio de Educación no se decida a poner fin de una vez por todas a este fraude y depurar responsabilidades a todos los niveles, esta situación seguirá repitiéndose y cada vez más la calidad y el prestigio de la enseñanza en Cuba irá decreciendo.

Según comentarios populares, muy extendidos para no ser ciertos, ni siquiera la Universidad escapa de este escándalo. Se dice que el recinto se ha visto obligado a enviar las pruebas de ingreso custodiadas por la Empresa TrasVal (Traslado de Valores), que hasta hace poco solamente era utilizada, como su nombre lo indica, para custodiar sumas considerables de dinero y otro tipo valores

Si seguimos “botando el sofá” y no denunciamos estas irregularidades y delitos, con nuestro silencio estaríamos contribuyendo aún más a la “caída en picada” hacia el abismo, de algo tan importante y preciado como es la educación y el prestigio de ésta. Recordemos que los errores en este sector se pagan a largo plazo, cuando ya casi no tienen solución.

La marginalización de los barrios

Foto Peter Deel

Mucho se ha escrito sobre el deterioro de la ciudad de La Habana y otras, a todo lo largo y ancho del país, y les puedo asegurar que en nada se ha exagerado. Solo hay que hacer un pequeño recorrido por cualquier barrio habanero, antes ocupados en su mayoría por familias de obreros, clase media, clase media alta, profesionales y figuras de la radio y la televisión como la Víbora, Santo Suárez, Casino Deportivo, Fontanar, Altahabana, Nuevo Vedado, por solo mencionar algunos, para percatarse de su galopante deterioro.

En los portales de todas las viviendas se podían observar, bien temprano en la mañana, los litros de leche, el pan enganchado en la reja o colocado en el alfeizar de una ventana, al igual que el periódico. Esto formaba parte de las imágenes matutinas. A nadie le pasaba por la mente violar la privacidad de estos hogares, para apoderarse de alguno de estos artículos, tan a la mano.

Aquellos propietarios, presionados por los empujes y azotes de los drásticos cambios acontecidos en el año cincuenta y nueve, decidieron marcharse del país, teniendo que abandonar sus casas. Estas fueron “entregadas”, a veces completamente amuebladas, a los “nuevos ocupantes”, que nada tenían que ver con la historia de las mismas, ni con los sacrificios familiares con que fueron construidas.

Así, paulatinamente, fue cambiando el componente social de los barrios y, junto a este, la fisonomía de los mismos. Por eso, no es de extrañar, como sucede ahora en cualquiera de estos, tener que soportar el alto volumen de los equipos de música, las griterías y frases groseras dichas “a todo pulmón”, la invasión a tus jardines, la impunidad con que en plena calle hombres y niños se recuestan a un muro, o entran en el pasillo de cualquier edificio a orinar, incluso a plena luz del día. Los papeles y bolsas de golosinas vacías, latas de refrescos y otros desechos que, al no haber suficientes papeleras situadas en las aceras, son lanzadas sin ningún recato a plena vía pública.

Esto no es lo peor, hay cosas más terribles aún que hieren la sensibilidad de las personas y ofrecen un espectáculo altamente desagradable, para ser observado y escuchado por cualquiera, sobre todo por los niños: el sacrificio de animales en plena vía pública o al alcance de la vista u oídos de cualquier vecino, para “ofrendarle a las deidades”, a fin de que éstas les “ayuden a salir de un problema”, como el recientemente efectuado en el patio de su casa, aquí en pleno Nuevo Vedado, por una vecina que está bajo investigación, acusada por un delito de desvío de recursos. O los tediosos “toques de tambor”, que a veces se extienden hasta la madrugada.

Estoy totalmente de acuerdo, porque es un derecho humano, que cada quien profese la religión o culto que le parezca mejor, pero estoy en desacuerdo, conque la práctica de estos rituales o ceremonias transgreda la tranquilidad y el orden del barrio. Tampoco estoy de acuerdo en absoluto, con la matanza indiscriminada y tortura de animales para estos u otros fines. Hoy por hoy, en el mundo civilizado, en el sacrificio de los mismos para el consumo humano, se buscan y perfeccionan técnicas que reduzcan al mínimo su sufrimiento.

Observo con tristeza cada día, como esta hermosa ciudad va perdiendo todo el encanto que otrora la hiciera famosa, afeada por improvisaciones arquitectónicas descontroladas y prácticas sociales que nada tienen que ver con sus tradiciones, singular arquitectura y las buenas costumbres de antaño, que permitían una armoniosa convivencia.

Altos índices estadísticos

Conversando con unas profesoras colombianas que estaban de turismo en “mi planeta”, éstas me manifestaban los magníficos índices estadísticos que poseíamos en educación y salud. Yo, por supuesto, les aclaré que esas cifras eran dadas por el gobierno, quien no confrontaba ninguna contrapartida dentro del país, lo que le permitía darlas como incuestionables.

Les expliqué, por experiencia propia cuando trabajaba en organismos centrales, cómo estas cifras se manipulaban y adecuaban en consecuencia al momento político y no a la realidad. Que a pesar de tener los datos verídicos emitidos por los distintos ministerios, éstos se ajustaban de acuerdo a las orientaciones emanadas “de arriba”, eufemismo con que se denomina al “alto mando” o sea al máximo líder.

En cuanto a la educación les informé sobre algunos eventos delictivos bastante comunes, perpetrados por alumnos y profesores de diferentes escuelas, tales como fraudes, extorciones, venta de exámenes y hasta posesión y distribución de droga, así como algún que otro hecho de sangre. Les expliqué que, como nada se divulga en los medios, ya que el único dueño de éstos es el Estado, pareciera como si nunca hubiesen ocurrido. Todo se maneja con mucho secretismo, sólo que a pesar de ello, llegan a la población por vía de los propios estudiantes, hijos de vecinos y amigos.

Asimismo pude ofrecerles algunas vivencias cercanas, de situaciones muy estresantes con respecto a los hospitales y policlínicos de salud, como aquella del envenenamiento, por un descuido de una empleada del hospital Fajardo hace unos años, que conllevó la muerte de siete pacientes. O la de nuestro vecino Carlos, que murió en el policlínico “19 de abril” en una camilla, mientras esperaba ser atendido por algún médico o personal de la salud, sólo por mencionar algunos ejemplos. También les expliqué sobre las largas “listas de espera” para ser intervenido quirúrgicamente, a menos que se dispusiera de un médico familiar o muy amigo, que se ocupara de “mover tus papeles”. Todo esto, sin contar con que la mayoría de los medicamentos recetados están en falta o se adquieren solamente en CUC en determinadas farmacias o en el mercado negro.

Lo triste de todas estas situaciones, que ocurren desde luego en algunos otros países y no sólo en el nuestro, es que aquí no existen seguros de vida que te amparen, no se indemniza a las víctimas de errores médicos, y lo peor de todo es que, al no reflejarlo la prensa ni los informes emitidos por el centro de salud, pareciera que nada de esto ocurre. Por tanto, los altos índices estadísticos nuestros en educación y salud son los mejores de la región.

Coca Cola aquí

Hace un par de años, paseando con una amiga en su auto, de pronto vi por la ventanilla, en medio de un basurero, algo rojo que llamó mi atención. ¡Para, para! -le dije. Ella, haciendo caso a mi “casi orden”, se arrimó a la acera y aparcó.

Presta me bajé del auto y fui hasta aquel lugar, en que los vecinos habían indebidamente acumulado en pleno parterre de la acera un montón de desechos. Vi destacarse de entre los escombros un antiguo letrero de metal, impreso al fuego de Coca Cola. Lo saqué del basurero y lo pusimos en el maletero del auto.

Cuando llegamos a casa, lo lavé y observé que en una esquina decía “Impreso en Canadá 1950”. Dicho anuncio se mostraba por ambas caras, lo que me imaginé había pertenecido a algún bodegón de los miles que había por toda la ciudad, que hacían esquina, para que fuera visto por las dos aceras. Ni corta ni perezosa, lo coloqué en mi terraza que da a la calle, en igual forma, para que fuera visto desde dentro y fuera. Así ha permanecido desde entonces.

Hace unos días, estando abierta la entrada al edificio, unos niños subieron y tocaron a mi puerta: “Señora, queremos comprar refresco. Usted tiene un letrero que dice Coca Cola aquí a 5 centavos”.

Miren, les dije, primero no vendo refrescos, pero además, si yo vendiera Coca Cola y a 5 centavos, ustedes lo que tendían que pedirme sería un certificado médico, porque de seguro estaría loca.

Los quince de Yurisdislaidis

Isabel, una joven y delgada morena, de unos treinta años de edad, después de su primer fracaso matrimonial, que no dejó “frutos”, conoce a un joven trabajador, del cual se enamora perdidamente. Ambos, en apenas un primer encuentro, deciden formar pareja. Producto de esta “fulminante unión” les nace una niña, a la cual ponen por nombre Yurisdislaidis, pues en ese momento estaban muy de moda los nombres combinados y con “Y”.

Como toda su vida Isabel había soñado con tener una niña, para “vestirla lindo” y darle mucho amor. Decidió firmemente, a partir de su alumbramiento, guardar en una tinaja de barro que había pertenecido a su abuela, parte del dinerito que ella ganaba como manicure a domicilio, dejándola bajo la férrea custodia de su madre, ya que no confiaba en los bancos. Todas las semanas Isabel engordaba la tinaja, depositando en la misma parte de sus ganancias.

Mientras, su abnegado marido, alquilaba “por la izquierda” el viejo Oldsmobile que había heredado de su padre, “jugándosela al pelao”, pues nunca pudo obtener una licencia. Este redoblaba sus esfuerzos en hacer más carreras que las que su mal alimentado cuerpo aguantaba, con la ilusión de llevar dinero extra a casa, para que su mujer no tuviera que desgastarse tanto y, mucho menos, “tocar sus ahorritos”.

De más está decir que estos sacrificios y otros muchos, que quizá no valga la pena mencionar ahora, incluyendo hasta la dejación del pan diario de ochenta gramos que correspondía a cada miembro del núcleo familiar por la libreta de abastecimientos, con tal de dáselos a la muchachita: uno para el desayuno, otro para la merienda de la escuela, relleno ó untado con cualquier cosa de la que se dispusiera en ese momento, y el otro para acompañar el café con leche de la noche antes de irse dormir. Así fue creciendo Yurisdislaidis y convirtiéndose en una agraciada señorita.

Faltaba aún casi un año para los quince, y ya la familia tenía atesorado todo un ajuar de ropas para la tan soñada celebración. Todavía debían resolver un par de zapatos apropiados para esa ocasión, el maquillista y el fotógrafo.

Fue entonces que Demesio, el padre de Yuris, como cariñosamente le llamaban a la niña, quizá porque hasta a ellos mismos les costaba llamarla por su nombre correctamente, redoblando sus esfuerzos en sus ratos libres, se ponía a “mecaniquear” el auto roto de cualquier vecino, oficio éste que había aprendido en el duro bregar, a través de sus muchos años de experiencia remendando el suyo propio, para hacerlo rodar por nuestras calles y avenidas habaneras llenas de baches. Todo esto conllevó a que su salud se fuera deteriorando, aparentando tener más edad de la real.

A Isabel aún se le humedecen los ojos cuando me relata el día inolvidable, en que su querido esposo llegó a la casa muy cansado, pero lleno de júbilo, “con una sonrisa de oreja a oreja”, con el rostro iluminado por la emoción, sosteniendo en sus brazos un paquete que depositó ante sus pies, cual ofrenda a una diosa: era un flamante par de zapatos blancos, de tacón alto, escotados, con una fina hebilla de brillanticos como único adorno. Un cliente habitual, al cual él contaba sus cuitas, se lo había obsequiado para su hija.Ahora solo faltaba buscar un fotógrafo moderno con buen gusto, ya que el maquillista lo tenía resuelto y gratis, con un encantador gay, hermano de una de sus clientas. ¡Todo “estaba cuadrado!”

Finalmente llegó el ansiado acontecimiento. El CDR y todos los vecinos de la cuadra estaban alborotados, observando el ir y venir de personas extrañas, entrando y saliendo de casa de Isabel. Era todo un suceso. Desde horas tempranas, con el equipo de música al máximo de volumen, alternándose con los gritos de los allí presentes para hacerse escuchar, estaban los amigos que habían acudido para limpiar y su decorar la casa. Todavía ocupaba un lugar de honor en la sala el retrato, siempre con flores, de su antigua dueña, quien tuvo la previsión de testar a favor de Isabel su antigua empleada, para dejársela legalmente como agradecimiento por haberla acompañado y atendido, cuando su familia toda decidió irse del país y ella quedarse, porque quería morir en Cuba.

Ese día el primero en llegar fue Francisco, el maquillista, seguido de la señora a la que le alquilaron los distintos trajes para la escenografía y, cuando ya la quinceañera estaba lista, llegó el joven fotógrafo. Un flamante auto descapotable de los años cincuenta, perteneciente a uno de los amigos de su padre, la esperaba aparcado frente a la casa, para conducir a Yurisdislaidis a la Plaza de San Francisco, frente a la Lonja del Comercio, vestida con un llamativo traje al estilo de “las huérfanas de la Obrapía”, con sombrilla y todo a la usanza del Siglo XIX, para retratarse con las palomas y en los edificios patrimoniales recién restaurados. Detrás de Yuris, había todo un séquito, recorriendo las distintas locaciones escogidas por el artista del lente: el maquillista, la señora de los trajes, el fotógrafo con su trípode al hombro y la madre cargando jabas llenas de flores artificiales, zapatos prestados, alguna que otra peluca y adornos para el cabello de su querida hija.

Después, de regreso al hogar, se haría algunas fotos “más artísticas”: asomada tras la cortina de la bañadera, enseñando un muslo y una pierna al desnudo, simulando caer cabeza abajo, con las piernas bien colocaditas en alto, en la escalera de la casa, con sombrero y maleta como si se fuera de viaje y así sucesivamente, para completar un álbum, que después mostraría orgullosa a parientes, amigos y profesores de su escuela.

Según me pude enterar posteriormente por algunos vecinos, aquellos quince terminaron “por todo lo alto”. Corrieron abundantes la cerveza y el ron, acompañados de croquetas de pescado y bocaditos con pasta, ensalada fría de coditos y tartaletas de guayaba, como contribución de algunos amigos. Desde luego no faltó el gran cake rosado adornado con flores y con quince velitas de esas que se soplan y no apagan, que alguien que “había venido de fuera” recientemente les facilitó. El fiestón terminó entrada la madrugada, cuando ya no quedaba nada por beber o comer. Aún hoy en el barrio se habla de ello.

Hace sólo un par de años me volví a encontrar casualmente con Isabel, notándola muy envejecida y más delgada de lo que habitualmente era. Al preguntarle por Yuris, me dijo, haciendo un esfuerzo por sonreír, “ella está bien, pero quiso dejar los estudios, dice que por falta de motivación. A mí, ya me ves sigo en la luchita y engordando de nuevo la botija de barro… ¡porque ahora a mi hija se le ha metido en la cabeza que se tiene que hacer el santo!”

La convivencia es un arte

Desde el año 1971 me mudé para el Nuevo Vedado, producto de una oportuna permuta. Mi nuevo apartamento está en el último piso, de lo que fue un moderno inmueble de tres plantas terminado de construir en el año 1958, por una familia para vivirlo. Son solamente tres espaciosos apartamentos: uno en cada piso.

Sus dueños originales, ante los bruscos cambios ocurridos en el país y las inequívocas señales para algunos, de “lo que venía”, decidieron en fecha tan temprana como 1960, dejarlo todo e irse a vivir a Estados Unidos. El inmueble al estar “abandonado” fue sellado, quedando por su ubicación en lo que se dio a llamar “zona congelada”, como otras tantas de la ciudad. Estos apartamentos fueron entregados a personas que, por una u otra razón estaban vinculadas al régimen.

En el primer piso vino a vivir un sastre y su esposa, que cosían para “las altas esferas del gobierno”. En el segundo piso un historiador del Comité Central del Partido y su familia y en el tercer piso (donde vivo actualmente) dos miembros del Ministerio del Interior y sus dos malcriados hijos, gracias a los cuales se produjo la permuta que, por “carambola”, me benefició. Yo entregué a cambio una linda casita con patio y jardín, precisamente lo que ellos estaban buscando para soltar a sus hijos. Ocupándose el matrimonio de todo el papeleo, para que esta se realizara a la mayor brevedad posible.

Con el devenir del tiempo, los ocupantes posteriores al 59 fueron falleciendo, quedando su descendencia en posesión de los mismos. En general son personas jóvenes, un tanto despreocupadas a las que al parecer, no interesa mucho la apariencia y limpieza del edificio, solamente la de puertas adentro. A causa de esto, hemos tenido que lidiar con muchos inconvenientes para mantener el arreglo del jardín y pasillos, así como la limpieza de las escaleras.

Nuestro vecino del primer piso, desde hace más de un año rompió, debido a un salidero en su apartamento, la pared que da justo de frente cuando se entra al inmueble, dejando durante muchas semanas, un gran hueco sin repellar. Mi esposo, después de hablar en varias ocasiones con él sobre este asunto, y viendo que no acababa de arreglarlo, decidió taparlo preparando un cartón con un bastidor para sostenerlo, donde a toda prisa y con los restos de pintura que encontró en el garaje, simuló una pintura abstracta, de un tamaño suficiente para tapar el antiestético hueco. Esto evitaría dar una mala impresión al entrar al edificio.

Pues bien, hoy un señor que pasaba en su auto, en el momento en que Fernando salía, vio a través de la puerta entreabierta parte del cuadro. Aparcando en la acera y dirigiéndose a él identificándose como comprador de pinturas y libros antiguos le dijo: “Estoy interesado en comprar esa pintura “irregular”, antigua, de los años cincuenta, que adorna la entrada”. Fernando aguantando la risa le respondió. “Efectivamente la pintura es irregular, pero no antigua y mucho menos de los años 50. La acabo de hacer yo para tapar un desperfecto en la pared”. El señor de marras se fue un poco avergonzado y mi esposo subió “muerto de risa” a contarme lo sucedido.

Segundo domingo de mayo

Trabajo en patchwork de Rebeca

Festejar el Día de las Madres, una costumbre que durante varias generaciones se practicó en nuestro país, y aún con diferencias y limitaciones se sigue realizando, a pesar de la disgregación familiar hoy existente. El objetivo principal de esta celebración consistía en acudir a la casa materna, para compartir con la familia. Nunca importó cuán lejos vivieran unos de otros.

Recuerdo que, muy temprano en la mañana, comenzaban los trajines en toda la casa. Hasta los más jóvenes teníamos asignadas tareas. Las muchachas solteras, que aún convivíamos bajo el mismo techo, estábamos designadas para la limpieza. Los varones se encargaban de recoger las hojas secas del jardín y depositarlas dentro de un tanque de metal en el patio, para que se convirtieran en humus, que sería utilizado después como abono, o quemarlas para deshacerse más fácilmente de ellas. La mujeres establecían su puesto de mando en la cocina; ese era el día libre de la empleada, el que la tuviera, pues ésta también tendría en su casa su propia celebración familiar.

Mi mamá, experta culinaria, era la que se encargaba los domingos, y en especial este día, de confeccionar el menú con la ayuda de mi abuela. Al tío Pedro había que mantenerlo alejado de la cocina, porque le encantaba “meter la cuchareta”, por tanto se le asignaba la tarea de armar la gran mesa, con la ayuda de su hijo. Para este y otros fines, se guardaban en el “cuartico de atrás” un par de “burros” de madera y un inmenso tablón.

Cerca de las doce del mediodía comenzaban a llegar los miembros del “familión”. Los primeros eran unos tíos, cuya casa estaba en la acera de enfrente, y después hacían acto de presencia los que vivían más alejados. Todos, mayores y niños, lucían en sus pechos una flor roja o blanca. La primera significaba que la madre estaba viva, la otra que ya había muerto. Esta era una costumbre muy arraigada que servía para no “meter la pata”, felicitando a alguien cuya madre había fallecido. En nuestro caso, en esa época, afortunadamente casi todos llevábamos una flor roja. Después, en la tarde, se incorporaban otros familiares, que por vivir un poco más alejados no participaban del almuerzo, pero pasaban no obstante a saludar a las madres, que ese día eran las reinas de la fiesta. Llegada la tarde, entre familiares y amigos allegados, ¡éramos un montón!

El almuerzo, exquisito, casi siempre tenía como protagonista el pollo, quien entonces constituía el manjar de los domingos, ya que durante toda la semana se consumía carne de res, en cualesquiera de sus más variadas presentaciones, porque sencillamente era el plato más común, por lo económica y buena que resultaba, excepto los viernes, en que generalmente se preparaba pescado. El cerdo, el guineo y el pavo se dejaban preferentemente para la Nochebuena, Navidad y fin de año.

Una de las tantas especialidades culinarias de mi mamá era el arroz con pollo, que le quedaba exquisito y que este día servía en grandes fuentes, decorándolas con pimientos morrones, puntas de espárragos, petit pois y huevos duros, según una famosa receta. Las ensaladas se confeccionaban con los vegetales de estación, y por supuesto, no podía faltar un buen cake de nata y, además, el famoso cake helado revestido con chocolate, que venía en una caja con trozos de hielo seco, para su conservación hasta el momento de ser consumido. Como colofón de este almuerzo, el invariable y delicioso café, que según solía decir mi abuela era “el broche de oro” de cualquier comida.

Luego, en la tarde (para no cocinar), cuando ya se habían marchado casi todos, el tío Pedro preparaba exquisitos sandwichs con pan de flauta, untando una tapa de éste con mantequilla y la otra con mostaza, y agregándole lascas de jamón, pierna, chorizo, queso y rodajas de pepinos encurtidos. También preparaba, en dos batidoras que había en la cocina, similares a las de las cafeterías (éramos muchos), deliciosos batidos de mamey o mango, según la temporada. Estas frutas se recogían de los árboles que teníamos sembrados en el patio trasero de la casa.

Hoy, a tantos años de esa magnífica etapa de nuestras vidas, me invade la nostalgia recordando esos Días de las Madres con sus almuerzos dominicales, que después del año cincuenta y nueve se fueron extinguiendo poco a poco, al irse fragmentando nuestra familia, como la de casi todos los cubanos, cuando la mayoría partieron al exilio. También muchos de los productos para confeccionar esos manjares fueron desapareciendo, a consecuencia de la intervención estatal de los negocios privados, y los salarios devengados dejaron ya de ser suficientes para solventar estos gastos. Asimismo la cada vez más creciente falta de transporte, hizo que los que vivían en otras provincias no pudieran acudir a esta cita. La tristeza fue cubriendo, como un manto gris, aquellos días familiares de mi infancia y adolescencia. Las casas se fueron quedando prácticamente vacías. Tampoco ya se llevaba con alegría o tristeza una flor en el pecho.

Esta es otra de las lindas tradiciones cubanas, que se fueron perdiendo junto con nuestra juventud e ilusiones. Afortunadamente éstas marcharon al exilio con nuestros compatriotas, donde las han seguido practicando, por lo que tengo la esperanza y la certeza que algún día retornarán, quizá un poco modificadas, pero enriquecidas, a engrosar nuestro imaginario cultural y magro recetario culinario actual.

Venuto al mondo

Foto A.Betancourt

Venuto al Mondo, un film de Sergio Castellitto, con las magníficas actuaciones de Penélope Cruz y Emile Hirsch, basado en la novela de la escritora Margaret Mazzantini, donde la guerra fratricida desatada en Sarajevo, sirve como telón de fondo para un drama personal, cuyo tema central es una maternidad frustrada.

Una joven italiana visitando a unos amigos en la antigua Yugoslavia conoce a un fotógrafo norteamericano, y entre ambos surge una fuerte pasión. Ellos se reencuentran en Italia, cuando él va en su búsqueda incitado por el padre de ésta, uniéndose ambos formalmente como pareja. El deseo de tener un hijo se convierte en una especie de obsesión, hasta que después de varios intentos, los médicos detectan la infertilidad de la mujer. Entonces deciden adoptar un niño.

De nuevo la frustración se apodera de la pareja, ante la negativa de adopción por parte de las autoridades italianas, debido a los antecedentes delictivos del joven fotógrafo, por lo que deciden regresar a Sarajevo, para someterse a una inseminación artificial, que también se ve interrumpida por el ataque con armas al hospital donde estaban a punto de realizarla, decidiendo quedarse en ese país a pesar de la guerra, en busca de un vientre de alquiler.

Lo interesante de la película, además de sus diálogos y actuaciones, es que en la misma se demuestra cómo la manipulación ideológica de un “líder carismático” enfermo de poder, es capaz de sacar lo peor del ser humano a la superficie y llevarlo a una guerra entre familias y vecinos, sólo por divergencias ideológicas, étnicas ó religiosas.

Todo esto me hizo pensar en aquellos primeros años de revolución, cuando se crearon los comités de defensa en los barrios, estando entre sus principales objetivos la vigilancia, asedio y enfrentamiento entre vecinos y familias, y luego posteriormente, cuando estos barrios fueron cambiando su fisonomía, debido a que sus vecinos originales partieron al exilio, siendo sustituidos por otros recién llegados, que nada tenían que ver con el nuevo entorno, teniendo repercusiones en algunos casos muy lamentables, donde la envidia y las bajas pasiones afloraron.

Después, en los años ochenta, cuando la crisis del Mariel esos sentimientos se reavivaron y cobraron fuerza, impulsados por la imprudencia de quienes los incitaron. Esto tuvo consecuencias extremas donde abusos, golpizas, y humillaciones de todo tipo fueron perpetradas por unas masas manipuladas, a las que tuvieron la osadía de llamar “pueblo enardecido”. Esto, no devino en una mayor desgracia, porque afortunadamente nuestra idiosincrasia occidental nada tiene que ver con países como los que sirvieron de locación al film en cuestión. Pero ha sido y es una mácula que figurará por siempre en nuestra historia más reciente.

Almuerzo para una amiga

Nada más agradable, que poder compartir con una amiga u amigo y congratularle con una sencilla y sana comida.

Finalmente pude conseguir pechugas de pollo, que hacía tiempo no llegaban a las tiendas recaudadoras de divisas de mi barrio. Entonces se me ocurrió el siguiente menú.

Pechugas de pollo al romero:

Descongele con tiempo las pechugas. Córtelas en lascas y salpimiéntelas. Déjelas reposar aproximadamente una hora.

Dórelas a fuego vivo, por ambos lados. Añádale abundantes ruedas de cebolla y déjelas a fuego bajito, para que se cocinen bien. Agrégueles unas ramitas de romero fresco (tengo sembrado en mi jardín), y dos cucharadas de vino seco. Tape el sartén y déjelas cocinar aproximadamente unos 45 minutos.

Papas (patatas ) en su jugo:

Pele las patatas y córtelas en rodajas finas, pero no tanto como para freír. Añádales sal y un poco de mostaza. Colóquelas en una sartén teflón, tápelas y baje bien el fuego, para que ellas se cocinen en sus propios jugos, hasta que se doren un poquito.

Una vez que estén listas las pechugas, las sirve en un mismo plato, colocándole las papas como guarnición. También puede servirlas con un poco de arroz moldeado. Adorne el plato de con una ramita de romero.

Añada a este agradable almuerzo, una fresca y bien decorada ensalada de estación, un postre y por supuesto como broche de oro un buen café, si es de los que traen algunas personas de Miami, mejor, porque los de aquí no están muy buenos que digamos, ni tan siquiera los comprados en CUC.

Bon apetit!

El valor de un NO

La noche del jueves estuve viendo un programa de cine latino que tiene la televisión en mi planeta. Nunca lo pongo, por la mala calidad de casi todas las películas y temas escogidos, pero este me interesó. Me asombré de que exhibieran, por un medio masivo tan importante como este , la película chilena NO. Dicho filme fue visto en la pantalla grande, en uno de los recientes festivales, pero sin darle apenas difusión.En él se manifiesta de manera, pragmática como un dictador del calibre de Pinochet, aceptó someterse a un plebiscito para continuar o no en el poder, y más asombroso aún que acatara sin objetar la decisión del voto popular.

Muy interesante fue poder observar cómo se llevó a cabo la campaña publicitaria del NO a pesar de los ataques de la derecha. La inteligencia mostrada al confeccionar los “spots” publicitarios que abogaban por un Chile de futuro y optimista, sin regodearse en los tristes hechos que sucedieron al golpe militar, aún en contra de criterios de algunos de los participantes de esta campaña. Con inteligencia y frescura se presentó el No, que finalmente logró convencer a la mayoría.

Otro detalle que llamó mi atención fue poder enterarme a través de la filmación, que a ambas propuestas, al SI y al NO, les concedieron la misma cantidad de minutos en espacio televisivo. Hecho este que resalta, cuando acabamos de observar la manipulación y centralización mediática del chavismo en Venezuela, en las recientes campañas electorales y posterior votación. Más aún con la negativa a la solicitud hecha por la oposición del reconteo del 100% de los votos.

Creo que a pesar de tener en cuenta, y no olvidar nunca quien fue Pinochet y los daños ocasionados a sus opositores, es de reconocer que al final, el dictador acató la voluntad expresada en el NO del pueblo chileno. Me parece que este es un hecho para tener en cuenta.

A veces en la televisión de nuestro país, que se caracteriza por la monopolización ideológica de la misma, o “se le van detalles”, o sencillamente alguien desea que se escapen éstos. Mucho me gustaría que siguieran exhibiendo filmes como el de marras, donde se manifiesten las dos caras de una misma moneda. A mi modesto juicio se necesita la misma valentía para decir un No como para acatarlo.

Lejos de mi planeta.

Aunque lejos de mi querido planeta, me mantengo al tanto de lo que alli sucede, gracias a la Internet, que aqui, en este rincon de Francia , como en casi todos los paises, esta disponible para todos, lo cual no no resulta asi alla, donde solo unos pocos privilegiados tienen libre acceso a ella.

Esta pequeña ciudad de 20 000 habitantes, posee todo lo que cualquier ser humano necesita para vivir: casas con calefacción, calles bien pavimentadas y excelentemente señalizadas, limpieza urbana, clasificación de la basura generada en la vida cotidiana, escuelas, iglesias, tiendas, restaurantes, parques, supermercados,museos y  sobretodo una magnifica atención por parte del Estado y la ciudadanía  a zonas ecológicas protegidas, conservación y cuidado de la fauna, reglas urbanas, en fin todo lo que un ser humano requiere para la buena  y saludable convivencia.

Lo irónico resulta que, estando con esta parte tan importante de mi familia, no se me quita de la mente el acontecer en mi pequeña isla, castigada ahora, como si fuera poco el desgaste y sufrimiento acumulado y padecido durante más de medio siglo, por una epidemia de una enfermedad que estaba erradicada desde el Siglo XIX.

Observe hoy con detenimiento, la conducta ciudadana, de los vecinos, llevando los desechos propios, para ser recuperados como materia prima, a lugares cercanos a sus viviendas, donde en distintos contenedores clasificados se recupera todo ese material, que después sera reciclado. Hasta los niños conocen y participan de esto, pues en sus casas y en las  escuelas se les informa y educa sobre la importancia de esta actividad cívica, así como el respeto hacia la propiedad ajena, el cumplimiento de las leyes y regulaciones. Todo esto me hace sentir pena por mi país, que hasta  1959, estuvo a la cabeza, en América Latina respecto a higiene y salud pública, así como en otros muchos renglones, donde ocupábamos  los primeros lugares en la Región, como también  respecto a  algunos países de Europa.

Ya comenzó a nevar, y el pintoresco paisaje de construcciones alsacianas, muy antiguas  que se mezclan con las modernas, construidas de acuerdo a las regulaciones y respetando una arquitectura que no rompe con la armonía del entorno,  el paisaje cobró un nuevo encanto al vestirse de blanco.

De regreso de nuestro paseo, tomamos el camino Allée des Platanes,  entre los poblados de Blotzheim y Altkirsch ,sembrado de estos árboles a ambos lados de la carretera, durante  el reinado de Napoleón III. No pude evitar pensar en mis vecinos, de La Habana, Carmelo y Felipe, que no han dejado un solo árbol con vida en nuestra calle. He ahí una de las diferencias entre cultura e instrucción.

Del horror y los tiempos del cólera.

Cuando niña, oía a mi abuela hablar de los duros tiempos del cólera, y de cómo su familia había librado de tan terrible enfermedad. Eso era todo lo que conocíamos de esa plaga: pura historia.

Resulta que ahora, en pleno Siglo XXI, en ”mi querido planeta”, esa terrible palabra vuelve a mencionarse.  Después de aquellas historias contadas por la abuela María, volví a saber de esa pandemia, cuando disfrutaba leyendo la famosa novela de García Márquez: El amor en los tiempos del cólera,    apasionándome con su inolvidable personaje Florentino Ariza.

Sorprendida estaba, eso sí, de que hubiéramos  sorteado durante tantos años el peligro de semejante plaga, pues nuestra querida isla cada vez se iba sumergiendo más, en  precarias condiciones higiénicas, debido a la desidia y el abandono en todos los sectores, y esferas sociales. Gracias a nuestro implacable sol, hemos  sobrevivido a  algunas enfermedades.

Mucho he escrito en mi blog, sobre la falta de higiene y limpieza en los lugares públicos, incluyendo en ellos, lamentablemente, los policlínicos y hospitales, además de las cafeterías y puestos de ventas estatales y privados (algunos) de alimentos ligeros y no tan ligeros, para el consumo de la población, sobretodo para los que no disponen de moneda dura y se ven obligados a acudir a éstos.

Evito por todos los medios,y así le hago saber a todo el que puedo y está a mi alcance, no consumir esas bebidas preparadas con polvitos saborizados, pues la falta de agua potable es muy frecuente, sobretodo en aquellos lugares, como La Habana Vieja, donde se concentra el mayor número de turistas y visitantes nacionales.

Otra de las razones que esgrimo, cuando impertinentemente las brigadas de fumigación, intentan irrumpir en mi casa, a la hora que ellos desean, para llenarla de humo de petróleo quemado,  es que el tiempo ha demostrado  que la misma es totalmente ineficaz para liquidar al famoso mosquito, mientras la higiene del entorno y de la ciudad sean tan precarias.

Ahora, lo más preocupante, y en lo que las autoridades y la población en general, tienen que hacer énfasis, es en mantener la máxima higiene posible en nuestras casas y nuestro entorno, a fin de que este brote de cólera, no se haga endémico como su otro pariente el dengue.

cubanos por el mundo

Al llegar a este rincón de Francia para reencontrarme con mi familia, a quien no veía desde hacía siete años, tuve la gran alegría de recibir la visita del hijo que vi nacer, de una muy querida amiga. Enseguida, como es de suponer, surgió el tema de la patria lejana y de los problemas y frustraciones que significan abandonar, prácticamente contra tu voluntad, la tierra que te vió nacer. Ese es su caso.

Este cubano no se resigna a permanecer en su exilio forzado, que además aquí, por jugarretas de la vida, es aún un indocumentado, al que no pueden repatriar como el quisiera, pues las autoridades cubanas se niegan reiteradamente a recibirlo. La última vez que estuvo en Cuba, permaneció cuatro meses en prisión, por negarse a abandonar el país.

Este hombre, joven aún, que tiene dos nombres y una cabeza, que no deja de pensar en las penurias a las que está sometida su querida patria,  se ha dedicado en su tiempo libre, que lamentablemente es todo lo que le sobra, pues al no poseer documentos, sólo puede realizar trabajos esporádicos, a investigar a profundidad los asuntos cubanos.

Quedé verdaderamente impresionada, cuando me mostró con fotos, informes y lujo de detalles, a los que los cubanos de la isla no tenemos acceso, todo lo relacionado con el extraño accidente donde murieran Oswaldo Payá y Harold Cepero.

Por este motivo estoy subiendo el video que mi amigo me facilitara para consideración de ustedes.

Un viaje con tropiezos.

Hola a todos!
Desde Saint Louis, Francia les comunico que mi llegada fue muy buena, y el reencuentro con mis nietas, insuperable. La mañana siguiente de mi llegada fue magnífica. En la noche, cuando ya todos dormían, excepto mi nieta mayor y yo, traté de enviar unos mensajes por g-mail, que jamás pude. Decepcionada me fui a acostar, era ya media noche, pero como no conocía bien la casa, y no quise despertarlos, no encendí las luces. A tientas, traté de encontrar el pasillo que conducía a las habitaciones, y al confundirme con las escaleras, rodé éstas abajo unos veinte escalones, finalmente choqué con unas piedras chinas que estaban de adorno en el descanso de éstas. El estrépito hizo que todos despertaran. Subí con trabajo y supe de inmediato que algo malo le pasaba a mi mano derecha.
En la caída, tratando de proteger mi cabeza, cubriéndome con el brazo, me fracturé el cubito de dicha mano. En consecuencia, no sólo desperté a todos, si no que tuvieron que llevarme de urgencia al hospital de Mulhouse, donde fui intervenida quirúrgicamente.
La atención en dicho centro hospitalario fue magnífica. El destino quiso que tuviera que hacer uso de una póliza de seguro que nunca me fue agradable pagar, quizá por que en ella veía algo premonitorio. Gracias a mi nieta Isabel, les escribo estas líneas, sirviéndome ella de secretaria, pues me veré imposibilitada por un tiempo de hacer uso de mi mano derecha.

Festival por el día de los derechos humanos.

Hizo un día hermoso, más bien caluroso. El mar en perfecta calma, reflejaba el azul de un cielo despejado.

Llegamos temprano pensando en poder evadir el acostumbrado cerco. No vimos señales de éste. Suponemos que los que nos cuidan, estaban en los alrededores, pero en esta ocasión no se hicieron visibles.

La carpa de Voces Cubanas estaba dedicada a la tecnología.

Lo rudimentario y lo moderno se dieron la mano.

Quedamos satisfechas de la labor realizada.

Hubo performances muy originales

como la del Sexto

En próximo post, ofreceré más detalles y fotos.

Fue una tarde hermosa, tranquila, con buena concurrencia y sobretodo con la presencia de muchos niños. Estado de Sats transcurrió en un ambiente relajado y entusiasta.

Extrañas navidades

Taller de Rebeca

Desde niña, la época más feliz del año para mí, era la Navidad. Quizás porque el ambiente general que rodeaba estas fechas era de alegría y distensión. Todas las personas adultas se volvían más simpáticas, tal vez porque recibían sus “aguinaldos”, que generalmente equivalían a otro salario más en el propio mes, lo que hacía que a su vez fueran más tolerantes con los más pequeños y jóvenes de la familia y del vecindario, quienes por aquellos tiempos eran como una extensión de ésta.

Yo siempre observé con curiosidad, pero a la vez con la ingenuidad propia de una niña, que mis tías y mi mamá, días antes de las fechas claves -Navidad y Reyes-, restauraban viejos juguetes y muñecas, limpiándolos y haciéndoles nuevos vestidos, para que todo quedara reluciente. Recuerdo que una de mis tías hacía soldaditos de plomo, que después mi abuelo se encargaba de pintar adecuadamente. Todo este proceso de echar el plomo derretido en los moldes, me fascinaba y lo observaba con deleite. Nunca asocié este afanado taller con otra cosa que no fuera una tarea más, en un hogar donde todos eran muy laboriosos. No fue hasta que mi primo Ignacito, el más travieso de nosotros, se me acercó en secreto y me dijo: “Prima, los Reyes son los padres. Si quieres comprobarlo, la noche antes quédate despierta igual que yo, para que veas a mi papá disfrazado de Rey, colocándonos los juguetes alrededor del árbol de Navidad”.

Después de esta confesión que mi hiciera, fue que me di cuenta que estas muñecas y juguetes restaurados, habían pasado a ser propiedad de otros niños del barrio, de familias con menos recursos que la nuestra.

Yo, que adoraba a mi primo, que era mi héroe y trataba de seguirlo en todas sus travesuras, me uní a él la noche previa al añorado día. Tratando de luchar contra el sueño, finalmente Morfeo me venció antes que pudiera ver rota mi fantasía. Pero ya las cosas no serían igual, ya los años posteriores, no me daban deseos de dejar agua y paja para los camellos. Sin embargo, no sé por qué oculta razón, seguí creyendo y alimentando esa ilusión unos cuantos años más.

Crecí, y con mi adolescencia llegó el año cincuenta y nueve. Lo primero que vi esfumarse fue esa linda familia, que tanto siempre había disfrutado: se fueron mis tías y mis tíos y con ellos mis primos. Eso fue un dolor extraño que nunca antes había sentido, como si se rompiera algo dentro de mí. Después se fueron mis amigas. No más paseos a ver vidrieras, no más olor a pino fresco en los portales de las tiendas, no más guirnaldas ni juguetes. Todo eso desapareció. Nunca más volví a escuchar aquellos villancicos y canciones navideñas, ni en las calles ni en la radio y mucho menos en la televisión: fueron sustituidas por marchas e himnos.

Durante más de cincuenta años añoré volver a escuchar un villancico o una canción navideña. Esto nunca sucedió. Sin embargo, este año, con el nuevo auge de los pequeños negocios por cuenta propia y el ingenio popular, hemos pasado todo el verano, hasta hoy, escuchando a los improvisados carritos de helado casero, anunciándose con música de villancicos, que evidentemente (porque todos tienen el mismo), les han sido incorporados, posiblemente con la música que viene con las guirnaldas, que se venden en las tiendas de recaudación de divisas.

Esto ha pasado a ser algo así como aquello de que, “no querías caldo, pues toma tres tazas”. Nada, que lo que durante más de medio siglo fue una carencia, ahora se ha convertido en una sobredosis. Las únicas señales de que estamos en Navidad son estos carritos y los paladares.

Ironías y coincidencias culturales

El Teatro Nacional de Cuba entreabrió tres de sus numerosas puertas (siempre cerradas), de acceso a su principal y mayor sala, la Avellaneda, para recibir al gran público que, desde horas tempranas, se agolpaba en los portales y zonas aledañas al inmueble, a fin de asistir al concierto el cual, bajo los auspicios de Naciones Unidas, la Federación de Mujeres Cubanas y otras instituciones, se realizaría: NO A LA VIOLENCIA CONTRA LA MUJER.

El público allí congregado, en su mayoría jóvenes, comenzó a inquietarse y mostrar su descontento, debido al retraso y lentitud, con que casi, “a cuenta gotas”, permitían la entrada a la sala.

La indisciplina social, quedó expresada en empujones, codazos y gritos, por parte de los jóvenes, estudiantes, suramericanos en su mayoría, que junto a los nativos, se abrían paso sin miramientos de ningún tipo, tratando de superar la estrecha brecha dejada por las puertas entreabiertas, contradecía ya a priori el espíritu mismo del concierto.

Evidentemente, la administración del complejo cultural propició, con su errónea política de “puertas cerradas”, esta situación, amén de que el concierto comenzó veinte minutos más tarde de la hora señalada.

Después de la presentación y actuaciones de nuestros cantantes Rochy y Feliú, así como de la brillante actuación de los instrumentistas Calzadilla y García, piano y flauta respectivamente, se hizo un “impás” de treinta minutos para preparar el escenario y los equipos, con vistas a recibir a la principal figura del espectáculo: la estrella mexicana Julieta Venegas, excelente cantante, instrumentista y compositora, muy seguida y admirada por el público internacional y cubano. Nuevamente la desazón comenzó a apoderarse de los espectadores.

Finalmente aparece Julieta en escena, ante los gritos y aplausos delirantes de un público que la admira y al que ella hechizó, con sus más de quince interpretaciones, muchas de ellas cantadas a coro por sus fans. El concierto, debido a las demoras, se prolongó hasta la medianoche. Cerca de las once, muchos jóvenes tuvieron que ir abandonando la sala, muy a su pesar, debido a las dificultades del transporte.

Cuando estaba allí, disfrutando del maravilloso espectáculo, no pude evitar que viniera a mi mente la paradoja de que, el mismo se produjera justamente el día, en que toda la prensa extranjera se hacía eco del brutal ataque que sufriera, y que casi le cuesta la vida, a Berenice Héctor González, de quince años de edad, propinado por otra adolescente de diez y nueve años, ambas cienfuegueras.

Pero lo más irónico de todo esto, es que el Certificado Médico expedido, irresponsable y cobardemente por los galenos del Hospital Gustavo Aldereguía de la ciudad de Cienfuegos, que atendieron a la víctima, decía que ésta casi niña, había sufrido “lesiones leves” en el ataque. Hasta hoy su atacante sigue libre.

Justamente se conoce esta noticia por los medios y por aquellos que, de alguna u otra forma disfrutan de los servicios de Internet, cuando precisamente se está llevando a cabo un concierto “en contra de la violencia hacia las mujeres y las niñas”, bajo la aparente indiferencia de sus auspiciadores.

Comercio a la usanza colonial

Da tristeza ver las calles de la ciudad llenas de desperdicios y tierra colorada. Los portales de muchas de las antiguas casonas y residencias del Vedado, convertidos en improvisados tenderetes, que en medio de la mugre y el deterioro, exhiben todo tipo de mercadería, desde pilas para radios, hasta ropa de pésimo gusto e igual calidad. Paraguas playeros, enclavados en medio de lo que fue una entrada de autos, con una improvisada y coja mesita, indican los lugares donde se ofertan comestibles. Ves pasar a transeúntes que sostienen en sus manos una tarta decorada, sin protección alguna. Otros llevan, como si se tratara de una porta folios, una cabeza de puerco agarrada por una oreja, ó un colchón transportado en una improvisada carretilla a ras de pavimento. Puedes observar las mismas imágenes en un pueblo de campo, en el Vedado o el Nuevo Vedado. La ciudad entera, como diría nuestro escritor Padura, se ha ruralizado.

Pero lo más penoso de todo esto resulta observar la cantidad de jóvenes, en edad aún de cursar estudios o estrenarse como fuerza laboral calificada, empujando loma arriba carretillas cargadas de viandas. Hoy vi con cierta tristeza a un joven, de buen talante, con cara que reflejaba inteligencia y pena, empujando cuesta arriba en la calle 25 afanosamente su carretilla, cargada de frescos, limpios y bien organizados productos, teniendo que detenerse cada tres o cuatro pasos, para recuperar fuerzas y continuar.

Ese joven probablemente no continuó estudiando al percatarse que, de esta otra manera, podría obtener una ganancia que no le hubiera sido posible como un profesional mal pagado. Sentí pena por él y por sus padres. Hecho este muy lamentable, pues la mayoría de las personas que han optado por el trabajo por cuenta propia, son jóvenes cuyos talentos se están perdiendo y el país, en un futuro, no va a poder contar con ellos. De otro modo, si no fueran jóvenes, no tendrían fuerza física para empujar estas pesadas carretillas, que rememoran aquellas de la época colonial, cuando el país aún no se había desarrollado y la nación cubana estaba por nacer.

De qué valieron esas convocatorias masivas al estudio de carreras universitarias, después del cincuenta y nueve, si no estaban creadas ni nunca lo estuvieron, las condiciones para revertir los frutos de esta educación en empresas, fábricas, industrias, etcétera para el desarrollo y beneficio de la nación. Esta lamentable modalidad de comercio a la usanza colonial, es lo que ha proliferado en nuestro maltratado país, haciéndonos retroceder en el desarrollo del mismo.

Paseando con “el enemigo”

Vista antigua de la ciudad, desde El Morro.

Llevamos más de cincuenta años oyendo hablar de “el enemigo”. Todas las culpas de nuestras deficiencias se las cargan a éste, así como todos los males y desgracias, producto del descuido, la desatención y la desidia, también van a su haber.

Con esa idea han pretendido hipnotizar e “idiotologizar” a la población de “nuestro querido planeta”, y lamentablemente, en muchos casos lo han logrado. Pero a pesar de todo ello, cuando alguien piensa en emigrar, siempre lo hace hacia el país del “enemigo” (EEUU). También en ocasiones hacia otros, que utilizan como puente, para lograr el mismo fin.

Muchos, nos hemos resistido a dejarnos influenciar por semejante falacia, pero aún así, debido a toda la mala fama que precede al asunto, y a los prejuicios sembrados alrededor del mismo, nos cuidamos para no caer en la trampa ideológica, y hacerle el juego a los representantes del poder.

Justo hace unos días recibí un correo de una amiga norteamericana muy querida, donde me anunciaba la visita de un amigo suyo, de la misma nacionalidad, que deseaba me conociera, y a su vez era portador de un presente que ella me enviaba. Quedé muy satisfecha al conocerlo y constatar que el amigo de mi mejor amiga, era un encantador “enemigo”. Pronto surgió empatía entre nosotros y quedamos para encontrarnos una próxima vez.

El viernes pasado en la tarde, éste nos invitó a ir a ver la tradicional ceremonia de “el cañonazo”, una costumbre que existe desde la época de la breve ocupación inglesa, cuando a las nueve en punto de la noche, se cerraban las puertas de las murallas que protegían la ciudad, y que ahora se recrea con una linda representación, en el Complejo Turístico Morro Cabaña. Me sorprendió agradablemente lo bien restaurado y conservado que está el emblemático lugar, gracias a la labor de la Oficina del Historiador de la Ciudad, la única entidad estatal, que sin temor a equivocarnos, podemos decir que se ha ocupado de rescatar y conservar algunas de nuestras tradiciones.

La pasamos estupendamente en compañía de él y de sus padres. Fue lo que se puede decir una linda noche “paseando con el enemigo”.

Dos entretenidas estadísticas.

Mi esposo, blogger también, gusta mucho de sacar cuentas y hacer estadísticas. Uno de los muchos días en que tuve que ir a Inmigración, con el hijo de mi amiga, que yo representaba, él quiso llevarnos pues había conseguido un poco de gasolina, para su joven Lada de 35 años.

Como quiera que en esa oficina las colas son interminables, y los relojes parecen detenerse, Fernando se entretuvo, mientras nos esperaba en el auto, en hacer dos curiosas e improvisadas estadísticas: Durante las tres horas que estuvo aparcado allí, en ese pedazo de la Calle 17 del Vedado observó que, de cada tres personas que transitaban por la acera izquierda, una era mestiza.

Paralelamente fue haciendo otra estadística: de los siete “buzos” (hombres dedicados a recolectar artículos reciclables en los contenedores de basura) que pasaron, llamó su atención uno, que después de remover todos los desechos con una larga vara preparada para estos fines, salió de allí sin nada y hablando solo. Fernando, que ya empezaba a aburrirse, lo interceptó y le preguntó qué le ocurría que iba protestando. “Es que ya no hay ni basura que recoger, contestó. Claro, si la gente no tiene dinero no compra y si no compra que co… va a botar”. Entonces mi esposo, ni corto ni perezoso, le dijo: “Yo usted, me mudaba para los latones de basura de Siboney, que de seguro ahí sí va a encontrar lo que busca”.

Un Eliancito más, pero a la inversa.

Desde hace aproximadamente seis meses, comencé las gestiones de viaje del hijo menor de una amiga que vive en el extranjero, y que para estos fines, me otorgó un poder ante notario para representar a su primogénito menor de edad. Quiero hacer notar que en “nuestro querido planeta”, para algunas cosas eres menor de edad, por ejemplo, para comprar o vender, para disponer de una herencia… sin embargo, para ser encarcelado o fusilado por cometer un delito contra la seguridad del país, basta tener 16 años.

Los primeros pasos los tuvimos que dar en los registros civiles para obtener los documentos de nacimiento, soltería, antecedentes penales, etcétera. Esto implicó, claro está, interminables colas, gastos en sellos, regalitos y, sobretodo mucha, pero mucha paciencia.

Una vez conseguidos los documentos nacionales, hubo que hacer más colas interminables, para legalizarlos (todo en moneda convertible) en el organismo estatal designado para ello. Después presentarlos en la embajada del país que te va a recibir, en este caso España, donde las colas son alucinantes y el trato ofrecido no es el mejor. Ahí tuvimos que ir varias veces, porque la información recibida no era exacta y los documentos solicitados difíciles de obtener.

Una vez concluido el trámite con la embajada del país en cuestión, venía, en el caso de los varones, la peor de las pesadillas: la liberación del servicio militar.

Ya realizadas estas gestiones, solo nos quedaba pasar por la máquina demoledora de Inmigración. Hay que reconocer, que el trato en esta entidad es amable. Lo que si es bueno señalar además, que a pesar de ese buen trato, la eficiencia no es la mejor, porque casi todo el personal es nuevo y carecen de un buen entrenamiento. Deberás armarte de paciencia y optimismo, porque vas a tener que hacer esas infernales colas muchas veces: unas porque te falta un documento del cual ni te hablaron, otra porque cada vez que vas te piden algo nuevo. En fin, que tienes que ir varias veces al lugar donde se suponía fueras un par de veces: una para entregar y otra para recoger respuesta.

Así, dando tumbos y malhumorándote de cola en cola, va pasando el tiempo y te vas desgastando, y gastando un presupuesto del que no disponías. Nadie se excusa por las torpezas de procedimiento cometidas, y todos actúan como si lo que te estuvieran haciendo fuera un favor y no violándote uno de tus derechos más sagrados: entrar y salir libremente de tu país tantas veces sea necesario, sin que esto te sea impedido.

En fin, hoy después de tantos meses, tantas equivocaciones y tanto desgaste físico y mental, le han concedido a mi representado su ansiado permiso de salida, para ir a reunirse con su mamá, que reside en el exterior. Esto ha sido, como el caso de un Eliancito más, pero a la inversa.

¡Silencio en la Sala! (S.O.S Maternidad de Línea)

Amaneciendo, llegué al hospital América Arias, Maternidad de Línea, como más se le conoce. Debía acompañar a una amiga que tenía que hacerse una interrupción de embarazo. Esta había sido citada, como todas las demás, a las siete y treinta de la mañana.

Este hermoso hospital art decó, obra de los arquitectos Govantes y Cabarroca, con algunas influencias de ascendencia románica, aun conserva algunas (muy pocas) luminarias originales que denotan la época de su construcción, 1930. Los hermosos suelos de granito sembrado, haciendo figuras en tonos contrastantes, su fabuloso lucernario de cristales de colores emplomados, en peligro de perderse, aún sigue bañando de suaves iluminaciones pastel, la escultura representativa de la maternidad, ubicada en la planta baja, frente a la entrada principal del inmueble.

En la gran sala de espera, cuya entrada da para la calle H, nos encontrábamos gran número de pacientes y acompañantes, desde horas tempranas. El murmullo de voces fue creciendo, según se llenaba la misma. De pronto, en el salón aledaño se oyó un ruido ensordecedor, como el rugir de motores. Esto hizo, que los allí presentes, subieran el tono de sus voces para ser escuchados, hasta volverse insoportable. Entonces, la escuálida señora en su uniforme de custodio, que cuidaba el supuesto orden del lugar, gritando exclamó: ¡Silencio en la Sala!

Yo tuve que contener la risa, y acercándome a ella le dije muy quedo al oído: ¿Cómo es que usted está pidiendo silencio, si en el salón de al lado hay un ruido que parece que está al despegar un avión? Entonces, sonriente, me contestó: -“es que están haciendo unos arreglos y eso que suena es la moto traílla llevándose los escombros”.

Me asomé a la puerta de cristal que nos separaba del otro salón, y vi con estupor como ese artefacto, parecido a un pequeño tractor, se deslizaba trabajosamente sobre aquellos maravillosos suelos y pasaba casi rozando las columnas centrales de la entrada principal.

En ese instante, una joven ataviada con una mínima saya de mezclilla a la cadera, que cubría solo hasta el comienzo de los muslos, y una corta camiseta de tirantes, que dejaba al descubierto su abultadito vientre, así como un extraño tatuaje casi a la altura del coxis, hacía su aparición para pedir a los pacientes de ultrasonido, sus correspondientes papeles de remisión. ¡Menuda facha para trabajar en un hospital!, pensé.

Inspirada por la demora y la espera, decidí acudir a la dirección para expresar mi queja por los ruidos y maltrato al inmueble, y hacerles una sugerencia sobre el inadecuado modo de vestir de algunos trabajadores del hospital. Desde luego, mi queja, por lo que reflejaba el rostro de la Secretaria de la Dirección, no fue bien recibida, y a modo de justificación, me dijo que bastante hacían, aún estando en obras de reconstrucción, por mantenerse brindando servicios, no solo a los pacientes de éste, sino también de otros hospitales del área, que confrontan problemas similares. Me dijo que dejara por escrito mi protesta, con nombre, dirección y número de carné de identidad, a lo que le respondí, que podía contar con ello.

Finalmente a las once de la mañana, se asoma una enfermera a la sala de espera, para informar, apenada, que las interrupciones se iban a demorar, porque había un solo anestesista en todo el hospital, y en esos momentos estaba en el salón de operaciones. Pasada una hora, comenzaron a hacer entrar por orden de llegada, a las intranquilas y nerviosas pacientes.

Entonces, la señora uniformada, se parapetó en la puerta, para que los acompañantes no accedieran al área. Ahí comenzó la escaramuza de brindar pequeños obsequios tales como, cajetillas de cigarrillos y “empanaditas de enfrente”, a modo de clave para traspasar la blindada puerta.

Apertrechada de empanadillas y otras golosinas, logré llegar al segundo piso, donde se realizarían las intervenciones, para poder, como otros familiares y amigos que hicieron lo mismo, brindar apoyo moral a nuestra paciente. Allí pude observar que, aproximadamente un tercio de la hermosa instalación, estaba cerrada con letreros de “clausurado por peligro de derrumbe”. También pude observar con dolor, cómo los trabajadores de la obra, maltrataban los suelos, dejando caer con descuido, sus pesados instrumentos.

Nerviosa vi el ir y venir de la única silla de ruedas, que faltándole los apoyos para poner los pies y las gomas a las ruedas, era utilizada para ir sacando a las pacientes, que volvían de la anestesia. Finalmente, al ritmo del chirriar de la susodicha silla, logramos sacar de allí a mi amiga, que felizmente reaccionó bien y se recuperó pronto de aquel doloroso percance. Todo lo contrario del hermoso patrimonio arquitectónico, que dejábamos atrás y de cuyo maltrato fui testigo presencial durante muchas horas.

 

Desidia

Desidia.

Otra vez ayer, a una gran zona del Nuevo Vedado, le cortaron el fluido eléctrico durante casi once horas, para reponer postes en mal estado. Creo que finalmente cambiaron cuatro. Realmente una proeza. En consecuencia, las tiendas recaudadoras de divisas de nuestro barrio, la mayoría, permanecieron cerradas durante el tiempo que duró el camuflado apagón. Por ende, lo que necesitaras adquirir, tenías que ir a buscarlo bastante lejos de tu casa.

Hoy había electricidad, pero la tienda La Mariposa nuevamente permaneció cerrada durante más de dos horas, porque era día de fumigación. Resulta desconcertante ver a todos los empleados de dicho establecimiento sentados en el parque, esperando pacientemente a que desaparezca el humo del petróleo quemado que usan para estos fines, para reabrir la tienda. Esto puede tardar dos horas.

Seguí caminando en busca de uno de los dos hotelitos que hay en el barrio. Estos fueron construidos con el fin de alojar, para su recuperación post operatoria, a los pacientes que venían de los países del Alba para ser atendidos aquí, así como a sus familiares. Al haberse interrumpido este intercambio, han quedado como modestos hoteles, donde generalmente se albergan deportistas. En sus instalaciones existen tiendas pequeñas, pero bastante bien abastecidas.

Llegué a la tienda del Hotel Tulipán, faltando casi un cuarto de hora para las diez, que es el horario de apertura de la misma. Para esperar, decidí ir a la cafetería a tomarme un café. El dependiente, excusándose me dijo que solo le quedaban dos tacitas y estaban ocupadas ya en una mesa, por lo que me lo debía servir en un vasito de cartón, si yo estaba de acuerdo. Le dije que si, y le pregunté qué había pasado con las tazas, siendo este un hotel relativamente nuevo. El problema, me dijo, es que hace ya varios días se ha elevado la solicitud, pero aún la empresa no ha respondido. Esa es la diferencia con los particulares, le contesté, pues ya el dueño hubiera ido a comprar más tazas, antes que se acabaran las existentes.

Finalmente regresé a la tiendecita, ya eran las diez y cuarto y aún no abrían, a pesar de que a través del cristal los dos empleados nos veían esperando. Ya éramos más de cinco personas. Entonces llegó un suministrador y la empleada abrió la puerta de cristal para saludarlo, sin mirarnos ni decirnos nada. Un joven que también esperaba y se notaba tenía prisa, le preguntó por qué no acababan de abrir y ella, sin mirarlo siquiera, le contestó que la calculadora estaba rota.

Seguí mi camino y pasé por un kiosco de ventas también en divisas, y quise comprar una caja grande de jugo para llevarle a una amiga enferma. El empleado, cuando saqué para pagarle con un billete de veinte, me dijo tranquilamente que regresara más tarde, porque no tenía cambio para eso.

Llegué a mi casa perpleja y frustrada, al no haber podido conseguir nada de lo que necesitaba, pensando que este país no requiere de un huracán ni de un bloqueo que lo destruya: la desidia hace rato se está encargan do de ello.

Making off de Sandy.

Este domingo, a una semana del paso del huracán, la televisión de nuestro planeta ocupó el espacio de más de dos horas del programa Arte 7, presentando el making off de Sandy, enfatizando en todos los esfuerzos y ayuda realizados por parte del gobierno, brindados a las provincias orientales damnificadas, sobre todo a la devastada Santiago.

Las imágenes mostradas, posteriores al paso del evento, son una prueba contundente del mal estado en que se encontraban las viviendas e instalaciones más afectadas, así como las infraestructuras eléctricas, telefónicas, almacenes de víveres y otras.

Al parecer el programa quiso “tapar” un tanto los comentarios crecientes, surgidos sobre el abandono gubernamental, haciendo énfasis en la solidaridad revolucionaria, alabando el desvío de alimentos, insumos, brigadas de mantenimiento, médicos, etcétera hacia las provincias afectadas. Muy lógico en situaciones como estas, pero que esta praxis se haya establecido como hábito, no es normal. Desvestir un santo para vestir a otro, es una vieja política practicada durante más de cinco décadas.

Si algo quedó bien claro, es que no estuvieron ni están creadas las condiciones materiales para enfrentar ningún tipo de fenómeno meteorológico, como suelen propagandizar los medios gubernamentales.

Mal de muchos consuelo de tontos

Mi abuela solía recurrir frecuentemente a los refranes para reafirmar un criterio. También tuve un profesor de Filosofía, muy bueno por cierto, que decía que toda la sabiduría estaba recogida en el refranero popular español, por lo cual el comenzaba siempre sus clases,t “tirando al aire” uno de estos refranes que mucho tenía que ver con el tema a desarrollar.

Pero ahora, no se trata de eso, pues ya cada día, son más las personas que no se conforman con todas las calamidades sufridas que les imponen, por lo que de tontas no tienen un pelo.. Esta vez otra amiga, Mariza, vino a verme y a traerme algunas evidencias, a fin de que yo denunciara en mi blog, lo que a ella le había ocurrido.

El fin de semana pasado, ella que había logrado reunir algunos pesitos convertibles, para darse el gusto de hacer unos garbanzos y compartirlos con su familia, fue a la tienda Caracol de la Ave. 26, en Nuevo Vedado, y compró una caja que contenía un par de embutidos, un pedazo de tocino y un paquete de garbanzos, para confeccionar un buen cocido. Según las instrucciones en el envase, dicho producto venía listo para meterlo en la olla, darle candela y consumirlo. Como quiera que el producto es cubano, de la firma Oro Rojo (Unión de la carne, aceite y grasas comestibles), ella desconfió y procedió a escoger los garbanzos que venían aparte, pero dentro del paquete en un sobre plástico transparente.

Cual no sería su sorpresa, cuando empezó a ver chícharos mezclados con los garbanzos, muchos de los cuales venían picados, por lo que también tuvo que desecharlos. Esto sin contar los pequeños pedacitos de palos que integraban el contenido. Toda esta evidencia, me la trajo debidamente recolectada, en el mismo sobre que aparece en la foto.

Asimismo también me entregó la caja, ya abierta y vacía, por supuesto, y el sobre con todos los desperdicios que tuvo que apartar. En una parte de la caja viene impresa la siguiente leyenda: Consumir preferentemente antes de (no dice fecha). Elaborado por la Empresa cárnica Tauro, Calzada de 10 de octubre Nro.852, Ciudad de La Habana. Contiene 10 raciones de 100g.

El contenido solo alcanzó apenas para seis discretas raciones. La caja cuesta casi 8 CUC equivalente un salario mensual. El precio oscila según la tienda donde se adquiera: centavos más, centavos menos.

Ahora dígame usted, si casi no le sale más económico ir a un paladar y comerse una buena garbanzada, sin tantos sufrimientos. Les aseguro que este mal, que ataca a tantas personas, no por su masividad llega a ser un consuelo para alguien, ni tan siquiera para un tonto, que no es el caso de mi amiga, ni de gran número de cubanos que por tanto aguantar, a veces lo parecemos.

“El silencio de los calderos”

Nuevamente se celebra en nuestro planeta, otro ya aburrido aniversario de los Comités de Defensa de la Revolución. Cada vez son menos las personas que se prestan para esta farsa.

Visitando ayer tarde a una amiga en el Vedado, pude observar en el parterre del edificio, que aún conserva la belleza arquitectónica de la que un día presumió, a cuatro vecinos que alrededor de un mugriento y abollado caldero, atizaban el fuego de los leños que el aire se empeñaba en apagar. Hablaban en voz alta haciendo chistes de mal gusto, ataviados solo con shorts, y exhibiendo los torsos desnudos. Era una imagen que bien se puede encontrar en las láminas de los viejos libros de Historia, donde se muestra a las civilizaciones primitivas. Estos hombres se hacían acompañar por tres graciosos perritos, una de ellos con nombre de mujer. Hice un comentario al respecto con una señora que tomó junto conmigo el ascensor y ésta indignada me dijo, que no se trataba del nombre de la perrita, sino que era una flagrante burla y falta de respeto, con una vecina del edificio que se nombraba así. Esto me dio una muestra más, de la clase de personas que se encontraban en el lugar, haciendo la tradicional caldosa para la celebración. Por cierto, en todo el trayecto de regreso al Nuevo Vedado, fue el único preparativo de este tipo que pude observar. Debió ser porque aún era temprano.

Otra cosa que también llamó mi atención, fue que de aquel caldero no salían olores agradables ni desagradables, a pesar de que evidentemente algo estaban hirviendo en él. Entonces me puse a pensar, que ya nadie del CDR, al menos en el de mi cuadra, va de puerta en puerta, como solían hacer hace algunos años atrás, pidiendo colaboración con algún tipo de vianda, para el plato principal de la celebración. Claro está, las viandas no solo escasean, sino que sus precios son excesivamente elevados, y ya casi nadie está en disposición de regalarlas, amén de que cada vez son menos las personas que acuden a estas celebraciones, pues muchos son los que en sus respectivas casas, se tienen que enfrentar a diario, parafraseando el título de un famoso filme, con el silencio de los calderos

“Smoke gets in your eyes”.

Foto tomada en plena barriada del Vedado

No me refiero a la bella canción de David Kern, que ya es un clásico norteamericano, sino al terrible humo de las fumigaciones que te irrita los ojos y te penetra por las fosas nasales, dificultándote la respiración; convirtiéndose a su vez, en el causante de tantas afecciones de las vías respiratorias, que hoy padecen muchos de nuestros ciudadanos.

Todos los martes en mi barrio hay fumigación. Esto incomoda a la mayoría de los vecinos, pero casi nadie se niega a dejarlos pasar, aún a sabiendas de que esto no resuelve el problema de los mosquitos. Pienso que esta actitud en la mayoría de las personas está inducida por el miedo o la indolencia, porque no tiene sentido prestarse a ello, y protestar después, entre los mismos vecinos, y no ante las autoridades competentes.

Si esta práctica solucionara la epidemia, ya hace mucho tiempo tenía que haber quedado resuelta. Pero no es así, todos los años enfrentamos el mismo problema, solo que este va en aumento. ¡Esto de la fumigación se va convirtiendo ya en el cuento de La Buena Pipa: interminable! Se trata de llenar tu casa de un humo insoportable, producto de la quema de petróleo. Sirve solamente para matar algunas cucarachas y para dejar los pisos impregnados de esa sustancia resbaladiza que ha sido la causante, de no pocas caídas y fracturas en personas mayores.

Hasta tanto no se recoja a diario la basura, se limpien los contenedores de la misma, se corte periódicamente el pasto en parterres y solares yermos, se barran y frieguen las calles, se arreglen los baches donde se suelen acumular las aguas albañales de los innumerables salideros públicos y privados y, sobretodo se eliminen los mayores causantes: agros estatales ubicados en avenidas y calles principales, que provocan que las mismas estén siempre cubiertas de tierra colorada, la agricultura urbana y suburbana, que en si misma atrae a moscas, mosquitos y roedores, además de los desechos abandonados a la intemperie, que generan estas inadecuadas instalaciones. Hasta tanto esto no sea eliminado, no se logrará progreso alguno para combatir el dengue. Esto lo demuestra de sobra, la cantidad de años que llevan fumigando sin resultado positivo alguno.

Sin embargo, los agros particulares están limpios y la mercancía que ofertan también. Esto posiblemente se deba a que precisamente es al sector privado al que se le exigen y aplican todas las normas, castigos y multas, ¿Por qué no al Estatal, que es el que debería dar el ejemplo?

En el caso de la fumigación casera, resulta ya demasiado molesto e impositivo, llegando hasta el tono de amenaza, a los que por razones de salud se niegan a dejar pasar a los fumigadores, que dicho sea de paso, tratan de irrumpir a cualquier hora en las viviendas y, además con fuertes exigencias, no siempre con buenos modales.

Policía, policía. ¿tu eres mi amigo?

La otra tarde en casa, conversando con una amiga, me contaba muerta de risa, que cuando iba para el Parque Central, casi al lado de ella, venía un hombre joven, bien vestido, con un niño pequeño cogido de la mano. Con nosotros, me dice, se cruza un policía de a pie, y el niño en cuanto lo ve, le dice: ¿policía tú eres mi amigo? El padre reacciona airado, y le dice al niño, en voz alta, ya te he dicho mil veces que los policías no son tus amigos que son unos. Dice mi amiga que ella lo escuchó claramente, que por tanto el policía también, pero éste siguió su camino sin darse por enterado. Entonces el joven padre, dirigiéndose a ella le dijo: Disculpe señora, pero es que en el Círculo Infantil y en la televisión le enseñan esas cosas, y yo estoy cansado de explicarle. Imagínese, yo administro una panadería y, de vez en cuando, me tengo que hacer el chivo con tontera con mis empleados, pues un panadero lo que gana no llega a doscientos pesos mensuales. Yo les he dicho, que ellos lo que tienen que hacer es cumplir con el trabajo, producir la cantidad de panes que exige el plan, y que lo que sobre es cuestión nuestra. El otro día, uno de mis empleados salió con una bolsita con más o menos cinco libras de harina para resolver, un policía lo vio, se lo llevó para la estación, a pesar que yo salí a defenderlo. Pues bien, para allá fui a tratar de sacarlo. No me hacían caso, pero al rato de estar insistiendo, el carpetero me llamó aparte, y me dijo al oído. Si me das cinco cuquitos (CUC) te lo puedes llevar ahora mismo. Así fue como logré sacarlo.

Mi amiga le dijo: No se preocupe, que yo se lo que es eso, mi marido tiene un carro de los años cincuenta y sacó licencia para taxiar. Yo quisiera que usted viera como los policías lo paran por cualquier cosa, y finalmente lo que hacen es tumbarle dinero o una merienda. Ya mi esposo lo sabe y siempre va preparado. Dice que el otro día vio como uno de ellos, se daba un trago de ron que le ofreció otro taxista ¡y eso que el policía estaba de servicio y en moto!

Te matan y no te pagan.

De nuevo el tema de la salud en la ex potencia médica, me ocupa. Desde luego, solo conoces de estos incidentes a través de amistades cercanas, o familiares que han pasado por estos trances.

Hace unos veinte días, mi prima tuvo que acudir de urgencia, al hospital, más cercano, a su vivienda. Ella se accidentó al caerse en el patio de su casa y fracturársele una cadera. Cuando llegó al Hospital Nacional, se encontró para fortuna suya, con un médico muy amigo, casi como de la familia. Ella, mientras esperaba en la camilla, que uno de sus familiares que llegaron con ella en la ambulancia, volviera a la casa para recoger ropa de cama, cubo, frazada de piso, pomos con agua, almohada y ventilador, entre otras cosas de las que hay que llevar obligatoriamente si vas a ingresar, y quieres tener condiciones mínimas de higiene, conversaba para entretenerse con su amigo galeno.

Este le comentó que desde hacía varios días, apenas salía del hospital, pues tenía a una hermana, recién operada y en condición de salud delicada. Le confesó que la primera operación a que fue sometida ésta, hará unos veinte días, fue para extirparle un tumor maligno. Que dos o tres días después de la intervención, seguía con dolores muy fuertes, por lo que fue llevada nuevamente al salón, para practicarle otra cirugía, pues le habían dejado gasa dentro y esto le estaba provocando una infección, por ello que los dolores no cesaban. De nuevo dos días después se volvió a presentar el mismo cuadro doloroso y febril. Una tercera intervención fue necesaria y esta vez, el acompañaba al cirujano, amigo suyo por demás y vio cuando el mismo, extrajo unas pinzas que se le habían quedado dentro. Como colega y amigo, no quiso complicar la cosa y las guardó en su bolsillo, para no crear problemas.

Como este, lamentablemente son muchos los casos de negligencia médica que se suceden, solo que nos enteremos, cuando alguien muy cercano está de una u otra manera involucrado en el mismo. No es de extrañar que también los médicos cometan errores, que tratándose de comprometer la salud o la vida de un ser humano, estos resultan imperdonables. Al parecer la gran mayoría de los cubanos estamos siendo víctimas del síndrome del despiste, debido al cúmulo de problemas personales, que nos agobian y no está en nuestras manos resolver, cuya cotidianeidad nos golpea tremendamente, haciéndonos cometer fallos de todo tipo, en cualquier actividad, sólo que tratándose del sector médico, la mayoría de las veces son irreversibles. Nada, que te matan y no te pagan.

El poder que nada puede.

Ayer tarde, casualmente, me tropecé con una de las activistas del CDR (Comité de Defensa de la Revolución) de mi cuadra. La conozco hace muchos años, desde que en el año mil novecientos setenta y uno, me mudé para este apartamento donde actualmente habito. Aunque entre nosotros nunca ha habido amistad, pues no tenemos puntos en común que nos unan, en una etapa en que sus hijos eran pequeños y ella confrontaba una crisis grande, yo la ayudé en todo lo que pude. Ese fue nuestro único y mayor acercamiento.

Cuento esto, para que quede claro que no existe la confianza ni amistad, para que ella aceptara ser portadora de un agresivo mensaje de una amiga, en común, que a pesar de las diferencias políticas diametrales existentes entre nosotras dos, la quiero y respeto por su buen corazón, a pesar de su lenguaje en extremo desenfadado y hasta soez. Entre nosotras eso lo soslayo, pero lo que no acepto es que me envíe mensajes amenazadores, para que yo asista a la reunión que hoy viernes se va a dar, para elegir a los candidatos a las ya famosas elecciones del Poder Popular, que como todos sabemos no ha resuelto nada.

Cuando me trasladó el recado, le dije a la portadora: -Dile que ya hablaste conmigo y que lo lamento mucho, pero no voy a asistir, que ella sabe bien que hace muchos años no lo hago. Que sólo asistí a las primeras reuniones, pensando que algo se resolvería, pero como no fue así, decidí no perder más tiempo. Que no creo en las elecciones de mi país y, como asistir es voluntario y votar es un derecho, no un deber, me acojo a la voluntariedad y a mi derecho. Que cuando yo vea que haya un delegado con poder suficiente y recursos, para que la basura sea recogida a diario, se mejore el transporte, las calles se barran y se frieguen, los baches y salideros se arreglen, el alumbrado público sea suficiente y el que nos representa defienda nuestros derechos, entonces no va a tener ni que citarme, yo estaré allí, en primera fila. Mientras sigamos con este Poder que nada puede, que no cuente conmigo.

“Jugando” con dinero ajeno.

 

La Sociedad de Autores Musicales Cubanos (ACDAM) está incumpliendo con su primordial razón de ser: pagar debidamente en tiempo y forma a los autores adscriptos a esta entidad.

En lo que va de año, según me informa uno de los afectados, solo les han pagado el primer trimestre. Los pagos se efectúan en la mal llamada moneda nacional: esos pesos conque se saldan los salarios y las pensiones, y con los que bien pocos gastos se pueden cubrir. La otra moneda es la popularmente llamada chavito o CUC. Ambas son nacionales, solo que ésta última es de más difícil adquisición, y por demás la única que sirve para adquirir artículos de primera necesidad en las tiendas recaudadoras de divisas, donde único se encuentran determinados productos de consumo diario, y a precios exageradamente elevados.

La ACDAM, alega como justificación para este incumplimiento que ARTEX (Empresa de Promociones Artísticas y Literarias), no les ha liquidado a ellos. En fin, el famoso peloteo, pero ese dinero ya hace rato está en los bolsillos del Estado cubano, y no de las personas que lo deben recibir por su obra. Es necesaria una rápida solución a este problema, ya que estos dividendos son en muchos casos el único sustento de esas familias cubanas. No es permisible seguir jugando con el dinero ajeno. Por este, y otros problemas relacionados a pagos, al parecer el país está confrontando gran falta de liquidez.