El futuro que nunca llegó.

Hace cincuenta y dos años, la mujer de mi historia era una joven de veinte cinco años, llena de ilusiones y de sueños. Su extracción era humilde, pero su familia se había preocupado porque estudiara para que se abriera camino y se hiciera de un mejor futuro. Comida, según me cuenta, nunca les faltó.

Cuando la sorprendieron los arrolladores cambios sociales, ella había terminado la Superior, y recién comenzaba a trabajar en una tienda de la calle Galiano. Ganaba poco, pero como vivía en la casa materna, su salario le alcanzaba para ayudar a su madre y darse ella algunos gustitos, tales como: salir a merendar al Ten Cent con sus amigas, comprarse ropa nueva en el cumpleaños, para fin de año y quizás para alguna que otra ocasión.

Un día en que salía del trabajo, se cruzó con un joven y ambos se quedaron mirándose, como poseídos por un encantamiento. Ella vestida toda de blanco, porque era verano, y el con un uniforme verde olivo y unos collares de semillas, colgando de su joven cuello.

Pronto se casaron y sin darse cuenta, comenzó a identificarse con las ideas de su joven esposo, y cada vez más se vio involucrada en sus actividades revolucionarias. No pasó mucho tiempo sin que llegara su primer hijo, para entonces ya su esposo no vestía de verde, y trabajaba como camionero en una empresa. Sus dos salarios juntos apenas alcanzaban para cubrir los gastos de los tres. Un día, me cuenta, se levantó muy temprano y sorprendió a su esposo llenando apresuradamente una maleta: se pensaba ir del país en una lancha y le había dejado una nota de despedida en el refrigerador. Por más que le suplicó y se deshizo en llanto, el no la escuchó, estaba decidido. ¡No aguanto más!, -le dijo.

Se quedó sola con su hijo, ya parte de su familia se había ido, y muchas de sus amigas también. Ella nunca se decidió a hacerlo: aún creía que al menos su hijo tendría un futuro mejor. Además no quería dejar atrás a su madre y amaba a esta tierra.

Pasando muchos trabajos y carencias, pues no supo más del hombre que había amado, fue sacando adelante a su hijo y logrando que éste también estudiara y hasta se hiciera de un título universitario. Años después, también éste se marcho, buscando nuevas oportunidades y porque estaba harto, -según le dijo-, de pasar tantas privaciones.

Así, ahora, a sus setenta y siete años, esta pobre mujer va a la calle y se para a las salidas de los agro-mercados, a vender unas bolsas grandes (jabas) confeccionadas por ella misma con materiales que recicla, pues su magro retiro alcanza a penas para sobrevivir, y aunque su hijo le manda de vez en cuando una ayudita, también tiene familia que mantener y no gana mucho. ¡Pensar que trabajé y me sacrifiqué tanto por un futuro mejor, y nunca ha llegado ni llegará, al menos para mi!

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3 pensamientos en “El futuro que nunca llegó.

  1. Es muy muy triste, sobretodo que como tienen que pensar solo en hacer algo para alimentar el estomago, no tienen tiempo de pensar en ‘como hacer algo para cambiar la situacion a su alrededor’ pues miles como ella si hace 30 años hubieran pensado en tratar de cambiar la realidad en que viven, al menos ahora tuvieran algo diferente que contar…

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