La pérdida de la autoestima.

Hace unos días leí en la prensa internacional un escrito titulado Servir, no servil, del periodista de Juventud Rebelde José Alejandro Rodríguez, donde este se lamentaba de la tendencia de los cubanos a mostrarnos serviles con los extranjeros. En uno de sus párrafos decía textualmente: “Tampoco se puede olvidar, para no repetirlo, que ciertas instituciones públicas le han hecho el juego a esta tendencia neo-servil cuando en una política de doble rasero le exigen al cubano ciertos atributos y normativas para acceder  a no pocos sitios, en contraste con la sumisión permisiva con que tratan al foráneo”

 

“Si el cubano viajara más podría ver más y aquilatar más, por contraste las cosas buenas de su país”, continua en otro de los párrafos.

 

Si hay un principal culpable en toda esta deformación del cubano, se debe principalmente al gobierno que, durante más de medio siglo ha tratado a  los propios nativos como ciudadanos de tercera. Al principio nos encerraron en esta islita, sin permitirnos tener contacto con el exterior: esto duró varias décadas. Las únicas referencias válidas eran los diarios cubanos y algunas revistas soviéticas. Se nos prohibió, a los que trabajábamos, escribirnos con la familia y/o amistades en los países capitalistas, sobretodo EEUU, so pena de perder el empleo. Recuerden que el Estado era el único empleador. Asimismo, los viajes particulares al exterior fueron prohibidos o sumamente restringidos.

 

Todo esto conllevó a incrementar la miseria material y por ende la moral. Comenzó a crecer un sentimiento de desconsuelo, por no poseer los artículos más perentorios,  que se fue transformando poco a poco,  en envidia por aquellos que tenían acceso a los mismos. Los pocos viajes al exterior eran para los militantes del partido o la juventud, con fidelidad al régimen más que probada. Ahí empezó a empozarse y desarrollarse la doble moral.  Había que fingir y fingir bien para ser merecedor de la confianza y, por ende, del viajecito que nos permitiría respirar un poco y poderle traer zapatos y ropa a nuestros familiares, y en un nylon la comidita que en el avión dejábamos de ingerir, para que el niño de la casa o el viejo pudieran darse el gusto. Ahorrar al máximo la dieta, aunque ello implicara pasar hambre, para regresar a la patria con algún dinerito, además de los jaboncitos recolectados en los hoteles.

 

Con la crisis económica al inicio de los años ochenta y la falta de turismo, se autorizan los vuelos de la Comunidad. Aquellos compatriotas nuestros, a los  que se les repudió en mítines cuando expresaron su deseo de irse, los mismos que fueron insultados y a los que se les dijo no volverán jamás, ahora como por arte de mago, se convertirían de gusanos en mariposas y vendrían a salvar la débil economía del país, y a llenar un poco las barrigas vacías de los parientes e incluso, hasta de algunos vecinos de los que había recibido insultos.  He aquí otras manifestaciones de doble moral: mentir para conservar el trabajo, mentir para ganarse un viajecito,  mentir para poder disfrutar del reencuentro con familiares y amigos y mentir,  tratando de contener la alegría proporcionada,  al menos públicamente.

 

Ahora, han transcurrido muchos años, el período especial que se inició a principios de los años noventa no parece haber terminado. Por ello, en cuanto se empezó a incrementar el turismo, paralelamente se incrementó el asedio a los visitantes. La puja por ver quien es el más favorecido, ha hecho que muchos hombres, mujeres y hasta niños, parezcan bufones callejeros, tratando de congraciarse con los extranjeros, lo cual es asimismo una solapada manera de pedir limosna.

 

No se debe culpar solo a este sufrido pueblo, hay que considerar las circunstancias que han rodeado todo este deterioro moral. Cuando una sociedad pierde el civismo, pierde la familia y  todos sus valores, cualquier cosa se puede esperar de ella. El orgullo cubano está muy maltrecho. Aquel sentimiento de nación que poseíamos, y que nos hacía andar con la frente en alto y tratar correctamente a los demás, sin distinción, incluyendo  a los turistas, sin tener que bajar la frente ni congraciarnos con los mismos, lo hemos estado perdiendo casi sin darnos cuenta. Las urgencias cotidianas y la falta de las buenas enseñanzas, nos han hecho subvalorarnos. Recuerdo cuando niña, que para nosotros un turista era una persona más del montón. Lo único que  en ocasiones nos hacía voltear la cara hacia ellos, era el llamativo atuendo que algunos lucían.

 

En cuanto a las vendedoras de flores de La Habana Vieja, creo que el disfraz es excesivo e innecesario. Parece, cuando uno camina por las calles  que están restauradas en esta parte de la ciudad, que uno está moviéndose dentro del set de un film. Para mi gusto es demasiado, así como los halagos y mimos que dispensan las mismas a los turistas, con tal que les compren la mercancía que ofrecen. Pareciera que la zona colonial toda, fueran los predios de gran compañía cinematográfica.

 

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4 pensamientos en “La pérdida de la autoestima.

  1. Como siempre Rebeca muy buen artículo, usted lo ha dicho todo y como siempre los “personeros” al servicio del régimen castro-comunista rebuscan la forma de denigrar a su propio pueblo que independientemente del “jineterismo” social y necesario debido a las carencias del propio régimen hay una virtud del cubano que él no menciona y es que el cubano es hospitalario.

  2. Que tristeza ,es cierto todo esto,pero los tiempos cambian ,ya el cubano de hoy no tiene razones para seguir de sumiso,para marchar como cordero donde quiera y como quiera el gobierno.Creo que ya es el momento de decir no mas,no es necesaria la violencia,solo recuperar la dignidad y no participar,no participar ni siquiera en las votaciones.Es mejor la opresion con dignidad que la falsa libertad con humillacion.

  3. Desde 2005, he viajado a Cuba unas 6 veces, todas de vacaciones. Después de conocer a bastantes cubanos, creo que lo que expresa en este artículo tiene una doble vertiente. Me refiero, sobre todo, a aquellos cubanos que prefieren hacer “negocios” con los turistas en lugar de trabajar todo el día por un salario mensual de 15 €. Y para hacer esos “negocios”, hay que ser simpático y bienhumorado. No es servilismo, sino una forma de aproximación.
    Saludos Rebeca. Te sigo desde hace años y me encantan tus escritos.

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