El guapo del barrio.

El se sabía alto, moreno, buen mozo y alardeaba de eso y del poder, entre comillas, del que disfrutó mucho tiempo, no tanto por méritos propios, como por el de los poderosos padrinos que lo apañaban.

Siempre, vestido de camuflaje y con un rifle al hombro, en pleno período especial, se bajaba de su jeep y descargaba las piezas que había obtenido ese día: un venado, perdices, y algún que otro infeliz animalillo que cayó bajo el fuego autorizado de su arma. Jamás compartió con ningún vecino su botín, pues estaba enemistado con todos. A la más mínima molestia que alguno de estos le ocasionara, salía de su apartamento en la peor de las posturas guapetonas y blandía su puño, sin medir consecuencias sobre el objeto de su incomodidad. Esto le ganó el sobrenombre de Mariscal Timbalof.

Una vez golpeó fuertemente a un joven médico, que con su bebé en brazos trataba de calmar el llanto del mismo, siendo esto el detonante para hacer explosionar el mal humor del vecino guapetón. Fueron llevados a la estación de policía, y el agresor solo permaneció unas pocas horas detenido, pues uno de sus poderosos padrinos, acudió de inmediato a liberarlo. El agredido estuvo ingresado en un hospital, a consecuencia de la paliza, y posteriormente tuvo que permutar de vivienda, ante las constantes amenazas del guapetón y la impunidad con que el mismo actuaba.

Han pasado algunos años de aquel y otros acontecimientos, y el abusador es ya un hombre de cierta edad, su fama ha decaído, pues dos de sus padrinos han muerto, aunque aún le queda uno vivo, pero demasiado viejo ya.

Hace apenas tres días osó irrumpir groseramente en la vivienda de su vecina más cercana, llevando consigo a dos trabajadores de la empresa del gas, so pretexto de que en esa casa había un salidero. El esposo de la propietaria le salió al paso, diciéndole que el no podía entrar sin autorización en su jardín, y mucho menos excavar en el mismo sin el consentimiento de ellos. Lo empujó y conminó a los hombres a comenzar la labor. La esposa del agredido, sacando fuerzas no sabe de dónde (según me cuenta después), lo cogió por la camisa y lo empujó contra el muro, propinándole par de bofetadas. Ella es una mujer más bien pequeña y delgada. En eso llegó la patrulla de la policía, que ya algún vecino había llamado, y se los llevó a todos a la estación más cercana.

Al guapetón le fue impuesta una multa por allanamiento de morada, y una orden de restricción hacia la señora en cuestión.

El barrio entero, al conocer los pormenores de la disputa, miran con respeto y admiración, a esa frágil mujer que fue capaz de propinarle al hermoso varón, la bofetada que ningún hombre hasta entonces se había atrevido a obsequiarle, posiblemente por más miedo a sus padrinos que a él.

Cualquier semejanza con persona viva y conocida, les aseguro que no es pura coincidencia.

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Un pensamiento en “El guapo del barrio.

  1. Rebeca todo parece indicar que sientes una tremenda atracción física por el guapo del barrio, no será que este buen mozo, según tú, nunca se fijó en ti y ahora estás despechada. ¿Será que te hubiera gustado experimentar una paliza en la intimidad propinada por este guapetón?. Rebeca, yo soy medio sádico y me encantaria complacer tu frustración.

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