Miseria a ritmo de reguetón.

Acaba de pasar la última conga. La calle en penumbras, sucia, con restos de tarimas y kioscos desmantelados, que son apenas ya un recuerdo. Han finalizado los carnavales 2012.

Nada en el ambiente citadino daba indicios de lo acontecido, sólo aquellos vecinos próximos al Malecón habanero han sido testigos en las tardes-noches, de estas empobrecidas fiestas: mucha cerveza, ron, cajitas con congrí y pedacitos de puerco o pollo, y sobretodo mucha promiscuidad. Todo esto en un cada vez más limitado espacio, apenas unas cuadras.

Qué distintos a aquellos ya tan lejanos carnavales habaneros, que solían figurar entre los más importantes del mundo, junto a los de Río de Janeiro en Brasil, el Mardi Gras de New Orleáns en EEUU y los muy glamorosos de Venecia en Italia, sólo por mencionar algunos. Todos ellos entre los meses de febrero y marzo, antes de la cuaresma cristiana.

En los nuestros de entonces, unos meses antes de la festividad, ya se respiraba ambiente de carnaval. Los concursos convocados para elegir el mejor cartel, el que luego simbolizaría el del año, la confección y el arreglo casi en secreto de las carrozas, que representarían a las diferentes entidades que las patrocinaban, con sus respectivas reinas y, en los barrios habaneros, el ensayo de las comparsas. Toda la ciudad se preparaba y engalanaba para la tan esperada ocasión. La elección de la Reina y sus Damas de Honor, devenida después del cincuenta y nueve en Estrella y Luceros, era el colofón de estos preparativos. Grandes fotos con sus rostros adornaban las vidrieras (escaparates) de las principales tiendas.

De niña disfruté mucho de estas festividades, siempre con mi familia y generalmente desde un palco cerca del Capitolio. Una vez terminado el paseo, cuando la última carroza o comparsa daba la vuelta por la Fuente de la India, y regresaba al punto de partida en los alrededores del Hotel Riviera, los muchachos nos lanzábamos a la calle a recoger serpentinas y hacer grandes bolas con éstas, siempre claro está, bajo la mirada protectora de nuestros padres. Pero en general, no había peligro: nadie se emborrachaba.

Poco a poco estas fiestas, después de los años sesenta, fueron perdiendo su esplendor: ya no existía el patrocinio, el Estado se había adueñado de todo. Recuerdo aún aquel día, en mi centro de trabajo, cuando pasó el del sindicato anunciando que esa tarde se elegirían en asamblea la Estrella que nos representaría en los carnavales, y a los macheteros permanentes para la zafra azucarera. Nos dijeron a las muchachas que allí trabajábamos, que nos acicaláramos un poco, antes de asistir a la reunión. Para asombro mío, fui seleccionada para representar a mi empresa. Después tuve que competir entre las demás empresas del ministerio, más tarde entre los sindicatos y finalmente en la Ciudad Deportiva, donde resulté electa lucero. Todo sucedió muy rápido, como en un sueño.

Puedo asegurarles, sin temor a equivocarme, que posiblemente ese año fue quizá el último donde hubo carrozas lujosas. La nuestra representaba el fondo del mar. Hoy, a tantos años de distancia, se me antoja que aquello fue como una visión futura de lo que nos esperaba: tocar fondo como lo estamos haciendo ahora.

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4 pensamientos en “Miseria a ritmo de reguetón.

  1. Rebeca, nostálgico su artículo pero eran otros tiempos, que lástima que nuestra generaciones pagáramos la culpa de otros y no se equivocó en su premonición, “tocar fondo como lo estamos haciendo ahora.”

    Que me dice de los Carnavales de Santiago de Cuba que tenían un sabor rítmico y fueron apagado el día de Santa Ana, el fatídico día del 26 de Julio del 1953. Mas nunca volvieron a ser los mismos. La alegría en Cuba se apagó.

  2. La famosa comparsa de los reglanos que era tan buena y una tradicion del pueblo de Regla. Ademas al cambiarlos de fecha fue un desastre horrible con el calor de nuestro verano… Nuestra generacion por lo menos tiene el recuerdo pero las que nos siguieron se quedaron en esa…

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