Un viaje con tropiezos.

Hola a todos!
Desde Saint Louis, Francia les comunico que mi llegada fue muy buena, y el reencuentro con mis nietas, insuperable. La mañana siguiente de mi llegada fue magnífica. En la noche, cuando ya todos dormían, excepto mi nieta mayor y yo, traté de enviar unos mensajes por g-mail, que jamás pude. Decepcionada me fui a acostar, era ya media noche, pero como no conocía bien la casa, y no quise despertarlos, no encendí las luces. A tientas, traté de encontrar el pasillo que conducía a las habitaciones, y al confundirme con las escaleras, rodé éstas abajo unos veinte escalones, finalmente choqué con unas piedras chinas que estaban de adorno en el descanso de éstas. El estrépito hizo que todos despertaran. Subí con trabajo y supe de inmediato que algo malo le pasaba a mi mano derecha.
En la caída, tratando de proteger mi cabeza, cubriéndome con el brazo, me fracturé el cubito de dicha mano. En consecuencia, no sólo desperté a todos, si no que tuvieron que llevarme de urgencia al hospital de Mulhouse, donde fui intervenida quirúrgicamente.
La atención en dicho centro hospitalario fue magnífica. El destino quiso que tuviera que hacer uso de una póliza de seguro que nunca me fue agradable pagar, quizá por que en ella veía algo premonitorio. Gracias a mi nieta Isabel, les escribo estas líneas, sirviéndome ella de secretaria, pues me veré imposibilitada por un tiempo de hacer uso de mi mano derecha.

Expectativa de viaje

Si algo motiva a los cubanos y los lleva en ocasiones a tomar decisiones fatales, es tener en mente un viaje, ya sea para “escapar” de la isla o simplemente para conocer otros países sin importar muchas veces, por qué vía y a qué costo.

Soy de las personas que gusta de hacer las cosas en su tiempo y sin precipitar los acontecimientos, sobretodo, cuando se trata de tomar un avión o entrar a un quirófano. En estos dos últimos casos, hago todas las gestiones y diligencias que me corresponden, pero el resultado final siempre lo dejo en manos de Dios.

Llevo siete años sin poder ver a mis hijos y mis nietas. Las dos más pequeñas las conocí cuando tenían, una dos años y la otra dos meses de nacida. Para ellas, soy una extraña. En esa oportunidad los trámites de viaje se complicaron al extremo y tardaron seis meses en darme el permiso de salida. Yo iba a una exposición en el Ayuntamiento de Elda y, cuando llegué ya todos estaban en vacaciones y casi me tengo que “tragar mis trabajos”. Afortunadamente gracias a unos amigos, los pude vender para pagar el boleto.

Finalmente este año, mis hijos, con muchos esfuerzos, hicieron gestiones para que yo viajara. Me organizaron una exposición en la galería de un amigo. Ahí comenzó todo. Como quiera que desde hace años soy artista “independiente” y miembro de la ACAA (Asociación Cubana de Artesanos Artistas), me correspondía el derecho de hacer los trámites a través de esta organización, al igual que en ocasiones anteriores.

Como suele suceder, las gestiones demoraron un poco y hasta tuvieron algunos errores y tropiezos, pero finalmente todo se solucionó. El último trámite a realizar era la solicitud de visa para Francia, país de destino. Esta gestión fue la más expedita. Siempre que concluyen todas estas “escaramuzas”, termino sorprendida, satisfecha, pero mentalmente agotada.

El día que me encaminaba hacia la embajada francesa, a recoger mi visa, vinieron a mi mente algunas imágenes, que traduje en palabras escritas de prisa, en una servilleta de papel que llevaba en mi bolso. Lo hice, sobretodo, teniendo en mente a aquellos que prepararon sus maletas, pensando en un reencuentro familiar y un pronto retorno, el cual nunca llego efectuarse, porque decidieron quedarse. Por eso, a nosotros los cubanos, nos miran como si lleváramos tatuado en la frente posible “inmigrante”.

Pongo a consideración de ustedes, mis lectores, esas líneas “implorando clemencia”, sobretodo, de mi amiga bloguera Ana Luisa Rubio, ¡que si es poetiza, y de las buenas! yo soy simplemente: maestra, artesana, bloguera, tuitera y como ven, un poco atrevida.

“Visa sin divisa”.

La alegría se fue de viaje,

llenó sus valijas

con sus más recientes trajes.

Que no falten…

las sandalias doradas,

ni la rosa, ni el ruiseñor,

ni el zorzal, que cantaba parado

en la antena del televisor.

Que no falte nada,

de lo que tanto me nutre,

pues ya le llegó la visa

a mi vieja soledad.

Festival por el día de los derechos humanos.

Hizo un día hermoso, más bien caluroso. El mar en perfecta calma, reflejaba el azul de un cielo despejado.

Llegamos temprano pensando en poder evadir el acostumbrado cerco. No vimos señales de éste. Suponemos que los que nos cuidan, estaban en los alrededores, pero en esta ocasión no se hicieron visibles.

La carpa de Voces Cubanas estaba dedicada a la tecnología.

Lo rudimentario y lo moderno se dieron la mano.

Quedamos satisfechas de la labor realizada.

Hubo performances muy originales

como la del Sexto

En próximo post, ofreceré más detalles y fotos.

Fue una tarde hermosa, tranquila, con buena concurrencia y sobretodo con la presencia de muchos niños. Estado de Sats transcurrió en un ambiente relajado y entusiasta.

Extrañas navidades

Taller de Rebeca

Desde niña, la época más feliz del año para mí, era la Navidad. Quizás porque el ambiente general que rodeaba estas fechas era de alegría y distensión. Todas las personas adultas se volvían más simpáticas, tal vez porque recibían sus “aguinaldos”, que generalmente equivalían a otro salario más en el propio mes, lo que hacía que a su vez fueran más tolerantes con los más pequeños y jóvenes de la familia y del vecindario, quienes por aquellos tiempos eran como una extensión de ésta.

Yo siempre observé con curiosidad, pero a la vez con la ingenuidad propia de una niña, que mis tías y mi mamá, días antes de las fechas claves -Navidad y Reyes-, restauraban viejos juguetes y muñecas, limpiándolos y haciéndoles nuevos vestidos, para que todo quedara reluciente. Recuerdo que una de mis tías hacía soldaditos de plomo, que después mi abuelo se encargaba de pintar adecuadamente. Todo este proceso de echar el plomo derretido en los moldes, me fascinaba y lo observaba con deleite. Nunca asocié este afanado taller con otra cosa que no fuera una tarea más, en un hogar donde todos eran muy laboriosos. No fue hasta que mi primo Ignacito, el más travieso de nosotros, se me acercó en secreto y me dijo: “Prima, los Reyes son los padres. Si quieres comprobarlo, la noche antes quédate despierta igual que yo, para que veas a mi papá disfrazado de Rey, colocándonos los juguetes alrededor del árbol de Navidad”.

Después de esta confesión que mi hiciera, fue que me di cuenta que estas muñecas y juguetes restaurados, habían pasado a ser propiedad de otros niños del barrio, de familias con menos recursos que la nuestra.

Yo, que adoraba a mi primo, que era mi héroe y trataba de seguirlo en todas sus travesuras, me uní a él la noche previa al añorado día. Tratando de luchar contra el sueño, finalmente Morfeo me venció antes que pudiera ver rota mi fantasía. Pero ya las cosas no serían igual, ya los años posteriores, no me daban deseos de dejar agua y paja para los camellos. Sin embargo, no sé por qué oculta razón, seguí creyendo y alimentando esa ilusión unos cuantos años más.

Crecí, y con mi adolescencia llegó el año cincuenta y nueve. Lo primero que vi esfumarse fue esa linda familia, que tanto siempre había disfrutado: se fueron mis tías y mis tíos y con ellos mis primos. Eso fue un dolor extraño que nunca antes había sentido, como si se rompiera algo dentro de mí. Después se fueron mis amigas. No más paseos a ver vidrieras, no más olor a pino fresco en los portales de las tiendas, no más guirnaldas ni juguetes. Todo eso desapareció. Nunca más volví a escuchar aquellos villancicos y canciones navideñas, ni en las calles ni en la radio y mucho menos en la televisión: fueron sustituidas por marchas e himnos.

Durante más de cincuenta años añoré volver a escuchar un villancico o una canción navideña. Esto nunca sucedió. Sin embargo, este año, con el nuevo auge de los pequeños negocios por cuenta propia y el ingenio popular, hemos pasado todo el verano, hasta hoy, escuchando a los improvisados carritos de helado casero, anunciándose con música de villancicos, que evidentemente (porque todos tienen el mismo), les han sido incorporados, posiblemente con la música que viene con las guirnaldas, que se venden en las tiendas de recaudación de divisas.

Esto ha pasado a ser algo así como aquello de que, “no querías caldo, pues toma tres tazas”. Nada, que lo que durante más de medio siglo fue una carencia, ahora se ha convertido en una sobredosis. Las únicas señales de que estamos en Navidad son estos carritos y los paladares.

Ironías y coincidencias culturales

El Teatro Nacional de Cuba entreabrió tres de sus numerosas puertas (siempre cerradas), de acceso a su principal y mayor sala, la Avellaneda, para recibir al gran público que, desde horas tempranas, se agolpaba en los portales y zonas aledañas al inmueble, a fin de asistir al concierto el cual, bajo los auspicios de Naciones Unidas, la Federación de Mujeres Cubanas y otras instituciones, se realizaría: NO A LA VIOLENCIA CONTRA LA MUJER.

El público allí congregado, en su mayoría jóvenes, comenzó a inquietarse y mostrar su descontento, debido al retraso y lentitud, con que casi, “a cuenta gotas”, permitían la entrada a la sala.

La indisciplina social, quedó expresada en empujones, codazos y gritos, por parte de los jóvenes, estudiantes, suramericanos en su mayoría, que junto a los nativos, se abrían paso sin miramientos de ningún tipo, tratando de superar la estrecha brecha dejada por las puertas entreabiertas, contradecía ya a priori el espíritu mismo del concierto.

Evidentemente, la administración del complejo cultural propició, con su errónea política de “puertas cerradas”, esta situación, amén de que el concierto comenzó veinte minutos más tarde de la hora señalada.

Después de la presentación y actuaciones de nuestros cantantes Rochy y Feliú, así como de la brillante actuación de los instrumentistas Calzadilla y García, piano y flauta respectivamente, se hizo un “impás” de treinta minutos para preparar el escenario y los equipos, con vistas a recibir a la principal figura del espectáculo: la estrella mexicana Julieta Venegas, excelente cantante, instrumentista y compositora, muy seguida y admirada por el público internacional y cubano. Nuevamente la desazón comenzó a apoderarse de los espectadores.

Finalmente aparece Julieta en escena, ante los gritos y aplausos delirantes de un público que la admira y al que ella hechizó, con sus más de quince interpretaciones, muchas de ellas cantadas a coro por sus fans. El concierto, debido a las demoras, se prolongó hasta la medianoche. Cerca de las once, muchos jóvenes tuvieron que ir abandonando la sala, muy a su pesar, debido a las dificultades del transporte.

Cuando estaba allí, disfrutando del maravilloso espectáculo, no pude evitar que viniera a mi mente la paradoja de que, el mismo se produjera justamente el día, en que toda la prensa extranjera se hacía eco del brutal ataque que sufriera, y que casi le cuesta la vida, a Berenice Héctor González, de quince años de edad, propinado por otra adolescente de diez y nueve años, ambas cienfuegueras.

Pero lo más irónico de todo esto, es que el Certificado Médico expedido, irresponsable y cobardemente por los galenos del Hospital Gustavo Aldereguía de la ciudad de Cienfuegos, que atendieron a la víctima, decía que ésta casi niña, había sufrido “lesiones leves” en el ataque. Hasta hoy su atacante sigue libre.

Justamente se conoce esta noticia por los medios y por aquellos que, de alguna u otra forma disfrutan de los servicios de Internet, cuando precisamente se está llevando a cabo un concierto “en contra de la violencia hacia las mujeres y las niñas”, bajo la aparente indiferencia de sus auspiciadores.

Comercio a la usanza colonial

Da tristeza ver las calles de la ciudad llenas de desperdicios y tierra colorada. Los portales de muchas de las antiguas casonas y residencias del Vedado, convertidos en improvisados tenderetes, que en medio de la mugre y el deterioro, exhiben todo tipo de mercadería, desde pilas para radios, hasta ropa de pésimo gusto e igual calidad. Paraguas playeros, enclavados en medio de lo que fue una entrada de autos, con una improvisada y coja mesita, indican los lugares donde se ofertan comestibles. Ves pasar a transeúntes que sostienen en sus manos una tarta decorada, sin protección alguna. Otros llevan, como si se tratara de una porta folios, una cabeza de puerco agarrada por una oreja, ó un colchón transportado en una improvisada carretilla a ras de pavimento. Puedes observar las mismas imágenes en un pueblo de campo, en el Vedado o el Nuevo Vedado. La ciudad entera, como diría nuestro escritor Padura, se ha ruralizado.

Pero lo más penoso de todo esto resulta observar la cantidad de jóvenes, en edad aún de cursar estudios o estrenarse como fuerza laboral calificada, empujando loma arriba carretillas cargadas de viandas. Hoy vi con cierta tristeza a un joven, de buen talante, con cara que reflejaba inteligencia y pena, empujando cuesta arriba en la calle 25 afanosamente su carretilla, cargada de frescos, limpios y bien organizados productos, teniendo que detenerse cada tres o cuatro pasos, para recuperar fuerzas y continuar.

Ese joven probablemente no continuó estudiando al percatarse que, de esta otra manera, podría obtener una ganancia que no le hubiera sido posible como un profesional mal pagado. Sentí pena por él y por sus padres. Hecho este muy lamentable, pues la mayoría de las personas que han optado por el trabajo por cuenta propia, son jóvenes cuyos talentos se están perdiendo y el país, en un futuro, no va a poder contar con ellos. De otro modo, si no fueran jóvenes, no tendrían fuerza física para empujar estas pesadas carretillas, que rememoran aquellas de la época colonial, cuando el país aún no se había desarrollado y la nación cubana estaba por nacer.

De qué valieron esas convocatorias masivas al estudio de carreras universitarias, después del cincuenta y nueve, si no estaban creadas ni nunca lo estuvieron, las condiciones para revertir los frutos de esta educación en empresas, fábricas, industrias, etcétera para el desarrollo y beneficio de la nación. Esta lamentable modalidad de comercio a la usanza colonial, es lo que ha proliferado en nuestro maltratado país, haciéndonos retroceder en el desarrollo del mismo.