El Cocinero

Esa gran chimenea de ladrillos rojos siempre llamó mi atención. Cuando niña, la veía inmensa y me imaginaba vivían en ella duendes. Provocaba en mí una fascinación muy especial. Más aún porque era el camino por donde necesariamente teníamos que pasar, antes del llegar al “temido” puente de hierro sobre el río Almendares, que en ocasiones se abría como una gran boca de lobo para dar paso a los yates, cuando nos dirigíamos a visitar a la tía Cuca en Miramar: uno de mis paseos favoritos.

Con el paso del tiempo y los avatares que se apoderaron precipitadamente del país, aquellas fantasías y sueños de la niñez, fueron abruptamente arrancados de raíz, para dar paso a una “nueva realidad”. Aquella torre de mis sueños se mantenía ahí, pero ya no enviaba señales de humo. Poco a poco se fue quedando sin vida. Mis personajes de fantasía desaparecieron junto con aquellas bocanadas grises que nunca más salieron de su garganta. El puente dejó de abrirse: ya no pasaban yates. Poco a poco el óxido fue cubriendo estructura. Tampoco ya podíamos visitar a mi tía, se había ido a vivir muy lejos.

Muchos años han transcurrido antes que yo volviera a sentir motivación, para superar el miedo de cruzar el viejo puente. Mi antigua amiga de ladrillos rojos seguía ahí, muda e inerte, señoreando en un entorno cada vez más, decadente.

Hace unos días, al enterarme que la habían convertido en un bar restaurante, acudí motivada a su reencuentro, acompañada de mi Nikon, para tratar de obtener fotos y una posible historia al respecto, con alguno de los vecinos. Tuve suerte que uno, que se encontraba limpiando la calle, al verme cámara en mano vino hacia mí creyéndome turista. Cuando me identifiqué, me contó la historia del lugar, pues él nacido y criado en el mismo, conocía todos los pormenores.

“Resulta que, cuando la fábrica quedó abandonada a inicios de los años sesenta, un hombre, se metió en la base de la chimenea para vivir. Después se casó y al cabo de unos años, el matrimonio se separó y como no disponían de otras posibilidades, dividieron el espacio, quedándose ella con una parte y el con la otra. Así estuvieron “compartiendo” el lugar muchos años, hasta que hace poco vino un joven y les ofreció dos apartamenticos a cambio de la gran chimenea”.

Indagando con amistades, por las que tuve noticias de esta curiosa inversión, me enteré de que con las nuevas posibilidades de sacar licencia para abrir negocios, tres jóvenes amigos que conocían del lugar y su historia, decidieron unir sus recursos, para “conversar con la ex pareja”, ofreciéndoles a cambio lo que tanto necesitaban.

Lo primero que hicieron fue restaurar la chimenea, devolviéndole todo su antiguo esplendor, conservando el gran letrero original que dio nombre a la “vieja” fábrica de aceite: EL COCINERO. La entrada a la misma muestra un jardín bien cuidado, donde se exhiben antiguas piezas restauradas de la propia industria, a modo de esculturas. Una campana en la puerta para anunciarse, te espera. Dentro, subiendo dos pisos por una escalera de caracol, accedes a la azotea, donde un agradable bar de ambiente bohemio, con gran variedad de tapas y bebidas te asegura una encantadora y “diferente” noche. Todo por supuesto en moneda convertible CUC. El restaurante aún no ha sido inaugurado.

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2 pensamientos en “El Cocinero

  1. Que extraño me suena eso en nuestro planeta que puedan ofrecer aptos. y montar restaurantes… pero realmente eso es lo que necesita a ver si se va recuperando la tan desvastada y descuidada ciudad… a mi tambien me trae gratos recuerdos ese viaje me hiciste viajar al pasado, muy lindo tu trabajo como siempre amiga!

  2. Que bueno que hayan personas con ganas de hacer cosas agradables para los que puedan asistir a ellas Rebe, no sabes lo que me gustaría visitarlo, yo pasaba a diario por allí y también me trae gratos recuerdos. Gracias por brindarnos esta linda imagen amiga!

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