La convivencia es un arte

Desde el año 1971 me mudé para el Nuevo Vedado, producto de una oportuna permuta. Mi nuevo apartamento está en el último piso, de lo que fue un moderno inmueble de tres plantas terminado de construir en el año 1958, por una familia para vivirlo. Son solamente tres espaciosos apartamentos: uno en cada piso.

Sus dueños originales, ante los bruscos cambios ocurridos en el país y las inequívocas señales para algunos, de “lo que venía”, decidieron en fecha tan temprana como 1960, dejarlo todo e irse a vivir a Estados Unidos. El inmueble al estar “abandonado” fue sellado, quedando por su ubicación en lo que se dio a llamar “zona congelada”, como otras tantas de la ciudad. Estos apartamentos fueron entregados a personas que, por una u otra razón estaban vinculadas al régimen.

En el primer piso vino a vivir un sastre y su esposa, que cosían para “las altas esferas del gobierno”. En el segundo piso un historiador del Comité Central del Partido y su familia y en el tercer piso (donde vivo actualmente) dos miembros del Ministerio del Interior y sus dos malcriados hijos, gracias a los cuales se produjo la permuta que, por “carambola”, me benefició. Yo entregué a cambio una linda casita con patio y jardín, precisamente lo que ellos estaban buscando para soltar a sus hijos. Ocupándose el matrimonio de todo el papeleo, para que esta se realizara a la mayor brevedad posible.

Con el devenir del tiempo, los ocupantes posteriores al 59 fueron falleciendo, quedando su descendencia en posesión de los mismos. En general son personas jóvenes, un tanto despreocupadas a las que al parecer, no interesa mucho la apariencia y limpieza del edificio, solamente la de puertas adentro. A causa de esto, hemos tenido que lidiar con muchos inconvenientes para mantener el arreglo del jardín y pasillos, así como la limpieza de las escaleras.

Nuestro vecino del primer piso, desde hace más de un año rompió, debido a un salidero en su apartamento, la pared que da justo de frente cuando se entra al inmueble, dejando durante muchas semanas, un gran hueco sin repellar. Mi esposo, después de hablar en varias ocasiones con él sobre este asunto, y viendo que no acababa de arreglarlo, decidió taparlo preparando un cartón con un bastidor para sostenerlo, donde a toda prisa y con los restos de pintura que encontró en el garaje, simuló una pintura abstracta, de un tamaño suficiente para tapar el antiestético hueco. Esto evitaría dar una mala impresión al entrar al edificio.

Pues bien, hoy un señor que pasaba en su auto, en el momento en que Fernando salía, vio a través de la puerta entreabierta parte del cuadro. Aparcando en la acera y dirigiéndose a él identificándose como comprador de pinturas y libros antiguos le dijo: “Estoy interesado en comprar esa pintura “irregular”, antigua, de los años cincuenta, que adorna la entrada”. Fernando aguantando la risa le respondió. “Efectivamente la pintura es irregular, pero no antigua y mucho menos de los años 50. La acabo de hacer yo para tapar un desperfecto en la pared”. El señor de marras se fue un poco avergonzado y mi esposo subió “muerto de risa” a contarme lo sucedido.

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Un pensamiento en “La convivencia es un arte

  1. Un arquitecto amigo dejo sus comentarios y quisiera verlo, como puedo encontrar los comentarios a este articulo estoy subscripta a Por el Ojo de Una Aguja que es magnifico!

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