Cosas del socialismo.

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Esta mañana salí con mi amiga Magy a comprar unos plátanos y algo que nos sirviera para una buena ensalada. Visitamos el agro de la EJT (Ejército Juvenil del Trabajo), pero no encontramos nada que valiera la pena, a no ser  una conversación que escuchamos entre dos personas bastante mayores, conocidos de nuestro barrio.

 Uno le comentaba al otro, que aún lucía pantalones verde olivo y botas, a pesar de llevar varios años jubilado, lo caro y lo malo que estaba el líquido para fregar de producción nacional. El de las botas le respondió, engolando la voz, para que los allí presentes  pudiéramos  escuchar la conversación: “El producto  está bueno, lo acabo de comprar ahí y viene sellado y todo”.   El otro señor le respondió: ”Oye, no te ciegues, está líquido, viene adulterado de fábrica y en vez de tres pesos que era lo que costaba, cuando estaba espeso y bueno, ahora cuesta veinticinco, ¿no te das cuenta que nos están robado?”

“Bueno, dijo el de  las botas, es verdad pero están robando para dártelo a ti” El otro señor ya sin poderse aguantar ante tamaña estupidez le dijo:” Mira compadre, yo no quiero que nadie robe para mi, mucho menos el Estado, porque eso  que dicen que  a cambio te dan gratis la medicina y la educación, es más que una justificación, un cuento chino que ya nadie se lo cree”.

En eso viene mi amiga y me tira del brazo diciéndome, “deja eso, que tengo algo más interesante que mostrarte”. Me lleva a rastras hacia una carretilla particular, donde había unos aguacates muy lindos y unos tremendos racimos de plátanos. Cuando estábamos comprando, vimos venir hacia nosotros a una anciana que traía en una bolsa de nylon transparente, un par de zapatillas rosadas, al parecer  muy buenas, quien tímidamente se nos acercó, ofreciéndonoslo a solo cinco CUC. En eso el muchacho que nos estaba despachando las viandas, soltó la mercancía y dirigiéndose a nosotras  nos dijo:” yo las vi primero y además es el  número de mi novia, así que lo siento hermanas pero las zapatillas son mías”. 

Salimos de allí riéndonos  “a mandíbula batiente”, después que tuvimos que esperar que el vendedor comprara las zapatillas y le diera el dinero a la pobre señora que también quería comprar viandas, para que nos despachara la mercancía. ¡Cosas del socialismo!, le dije a mi amiga.

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