El paraiso de los gatos

Mitsukusú

No soy adicta a la televisión, ni tan siquiera asidua espectadora de la pantalla chica. Más bien la tengo como una especie de monitor, para poder ver las series, norteamericanas casi todas por supuesto, que alquilo en un banco de películas. El único canal, en el que a veces veo algunos programas interesantes ”enlatados todos” y “por casualidad made in USA”, es en el canal 33 que aún, a Dios gracias, no ha sido ideológicamente contaminado.

Justamente hace un par de días, en la mañana, buscando un programa que me interesa pero que nunca veo debido al horario, ya que a esa hora, acabando de desayunar, me encierro en mi taller a oír música y adelantar trabajo hasta las once de la mañana, hora en que me meto en la cocina a “inventar” el plato nuestro de cada día. Por casualidad puse el canal de marras y quedé prendada con unos hermosos gatos, que en ese momento salían en pantalla. El programa me atrapó y lo vi hasta el final, dejando en mí un inmenso deseo de ir a Key West, Cayo Hueso como le decimos los cubanos.

Wampy

Soy gatera, lo confieso, me encantan todos los animales, excepto las cucarachas y las mariposas negras (tataguas), pero siento una especial debilidad por los felinos domésticos. De hecho tengo dos y alimento a tres. Habitualmente suelo sucumbir ante la tierna mirada de ellos.

El programa en cuestión trataba de la vida de estos animales en ese pequeño paraíso, donde hay una proporción de cuatro gatos por persona y no necesariamente todos viven en las casas: los hay compartiendo con los humanos en hoteles y restaurantes. Todos están bien alimentados y reciben cuidados veterinarios. Algunos están operados para controlar su reproducción. Pero lo que más llamó mi atención, pues soy lectora y admiradora de Hemingway, es el cuidado y la devoción que brindan a los descendientes de sus adorados gatos, en la que fuera una de sus más importantes residencias.

Quedé prendada de aquellos de seis dedos, del esfuerzo y la dedicación para mantener su raza y sobretodo lo saludables que se ven. Creo que si algún día logro visitar ese hermoso cayo, donde además está bellamente marcada la zona más próxima a nuestro país, “las famosas 90 millas”, me costará mucho esfuerzo resistirme a la tentación de traerme uno de esos preciosos animales.

Ojalá algún día la cultura en nuestro país también contemple el cuidado de los animales y las plantas, y no solo sea reconocida por sus conciertos y ballets. Desde luego, para llegar a ello tendrían primero que recuperarse todos los derechos individuales y el libre albedrío de sus ciudadanos, perdidos durante estos más de cincuenta años.

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