Trencadis

rebeca monzó cuentoEra una apacible mañana luminosa, el mar, como de costumbre, lucía esplendoroso con su habitual  degradé de azules y verdes, los árboles mecían sus copas al vaivén de una suave brisa.

Los alegres nativos estaban todos entregados a sus cotidianas tareas. De pronto todas las aves, al unísono, remontaron vuelo y se adentraron en lo alto del cielo, graznando. Los gatos huían despavoridos buscando un refugio seguro, mientras los aullidos de los perros chuchos y los de raza iban en aumento.

Todos los habitantes de la hermosa ciudad, atónitos, elevaron sus miradas al cielo. Aquel enorme artefacto aterrizó ante el asombro de todos. Echaba fuego y luces por todos los orificios circulares que rodeaban su enorme circunferencia “verde como nuestras palmas”,  lo que hacía que se confundiera con el paisaje.

Pronto empezaron a abrirse sus redondas compuertas y comenzaron a salir por ellas unos seres verdes con barbas, luciendo collares de extrañas semillas. Sonrientes, saludaban levantando sus alargadas extremidades, mientras descendían del enorme aparato, que mucho después supimos era “la máquina del tiempo”.

Al principio todo parecía marchar bien. Todos estaban excitados ante la maravillosa aparición. Parecían seres inofensivos y hasta simpáticos, pero esto no duró mucho tiempo: uno de ellos, el de mayor estatura, se dio de inmediato a la tara de manipular una de las palancas, y todo comenzó a cambiar.

En un inicio estos cambios eran casi imperceptibles. Además, hombres, mujeres y niños locales, así como los visitantes se estaban comunicando bien  con el gigante y todo parecía normal. Sin embargo, muchos de los nativos, desconfiados, prefirieron mantenerse un tanto alejados observando lo que acontecía.

Aquel hombre verde, grandote, no cesaba de dar vueltas a la palanca, y mientras más vueltas le daba, comenzaron a desaparecer algunos objetos: fábricas, camiones, autos y hasta grandes residencias y edificios.  Después, muchos animales, los de mayor tamaño preferiblemente, más tarde el dinero y por último las personas. Todo se fue poniendo oscuro. Ya las escotillas del enorme artefacto no irradiaban luz, también el fuego se fue extinguiendo. La noche se fue apoderando del paisaje.

Pero aquel hombre, el grandote, no soltaba el mando. Cada vez que algún hombrecillo verde o de cualquier otro color se le acercaba para ser escuchado, el levantaba su otra mano y con un simple gesto lo hacía desaparecer. Poco a poco el miedo se fue apoderando de todos paralizándolos. Muchos, que lograron reaccionar arriesgando sus vidas, partieron hacia otros mundos, valiéndose de cualquier pequeña nave o aparato que aún quedaba funcionando.

Los verdes campos comenzaron a cubrirse de raíces espinosas, que  arrasaban en su avance con cualquier otro cultivo. Hasta el aire se fue agotando y hubo que rápidamente hacer un censo, para poder distribuir equitativamente el que iba quedando. También se imprimieron tarjetas, donde mensualmente se anotaba lo que cada persona consumía. Los verdes, que en un principio se habían repartido las mejores residencias, se trasladaron a vivir en las afueras, donde aún quedaban árboles y se mantenían apartados de la vista de la población recién cautiva.

Así, paulatinamente, los locales, debido a todas estas carencias fueron mutando: nacieron nuevos seres sin pensamiento, con una línea por boca, un pequeño estómago, brazos  largos para estirarlos hasta poder alcanzar los pocos frutos que quedaban en las altas y espinosas copas de la nueva vegetación, grandes pies, para ser capaces de mantenerse parados en un mismo lugar durante horas y piernas muy fuertes, como para cubrir grandes distancias caminando.

Sumidos en el oscuro aislamiento, se fueron  borrando de sus mentes las imágenes de la feliz época en que vivieron sus antecesores, antes de la llegada de la enorme maquinaria verde. Como todo se iba agotando y destruyendo, las consecuencias de esto empezaron a afectar, aunque en menor medida, a muchos de los hombres verdes no tan cercanos al gigante. Por ello, no les quedó otra solución que ir abriendo de a poco, alguna que otra compuerta, para dejar entrar algún aire fresco del exterior. Debido a esto, finalmente tuvieron que autorizar la entrada de extranjeros portadores de  un poco de brisa. A pesar de las prohibiciones y los fuertes castigos infligidos, muchos de los mutantes se acercaron a los recién llegados, tratando de crear estrechos vínculos, para poder irse con éstos.

Claro está que los que más se aprovecharon de esta nueva situación fueron los más jóvenes. Como consecuencia,  cada vez deambulaban más viejos solos por todo el territorio ocupado. Ya apenas se veía algún que otro recién nacido. Las mujeres, a fuerza de una precaria alimentación y de un trabajo redoblado, decidieron, por acuerdo, no salir embarazadas.

Así, poco a poco, ese bello asteroide donde habitaban se fue tornando cada vez más gris y polvoriento. Las pestilencias de las aguas albañales inundaban con su fétido aroma todo la ciudad. Los animales de corral no alcanzaban para satisfacer las necesidades alimentarias, pues éstos a su vez no tenían de qué alimentarse y fueron muriendo. Ya solo quedaban en las afueras algunos pastos verdes que todos los habitantes, aterrados, los cubrían con viejas lonetas para que no fueran detectados, por miedo a que también los racionalizaran. Cada vez más mutantes escapaban hacia otras latitudes. Nadie reparaba en los peligros de la travesía. Preferían morir en el intento que seguir viviendo sin esperanzas.

Algún día como en el “trencadis”,  volverán a coincidir todas  las piezas fragmentadas y dispersas por el Universo, de  aquella antigua civilización, para unirse nuevamente formando un fuerte y hermoso mosaico social.

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