Cien contra una.

Durante la reciente celebración de la III reunión del Consejo Nacional de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), se manejaron términos y conceptos arcaicos, que fueron desempolvados por complacencia, a raíz de la reaparición en la palestra pública del anciano líder de la revolución.

La reunión se celebró, como invocando a viejos fantasmas, justamente en el mismo lugar donde éste pronunciara hace 55 años aquellas “palabras a los intelectuales”, desatando la gran “cacería de brujas” que sentó las bases de nuestra ideologizada política cultural.

Durante esta reunión, los miembros de la Comisión Permanente de Cultura, Turismo y Espacios Públicos dieron a conocer, en nombre de dicha organización, una declaración que expresa como “los escritores y artistas cubanos, reaccionamos con sorpresa, estupor e indignación ante imágenes de la recepción a los viajeros del Crucero Adonia, que arribó a inicios de este mes de mayo a la terminal portuaria de La Habana. Muchachas en traje de baño que reproducen la enseña nacional y remedan, con sus movimientos, uno de nuestros ritmos tradicionales, ofreciendo una versión deplorable a quienes por primera vez visitan Cuba”.

La alternativa ofrecida por el crítico Rolando Pérez Betancourt, ante la posibilidad de la penetración ideológica debido al restablecimiento de las relaciones entre EEUU y nuestro país, fue “no cogerle miedo al vampiro, sino preparar una bala de plata para matarlo”.

Parece que Betancourt no recuerda que los primeros que abusaron del uso de nuestra enseña nacional fueron precisamente los dirigentes de nuestro país, aceptando firmar una bandera cubana el líder de la revolución, en la escalinata de la Universidad de La Habana, presentada por el máximo dirigente de la Unión de Jóvenes Comunistas en ese momento. Tampoco que, desde hace tiempo, es usual enarbolarlas con la figura del Ché impresa en ellas, así como que otras tantas permanecen colgadas, sin ton ni son, dentro de locales comerciales y oficinas y detrás de los ventanales de cristal de algunas entidades estatales, a modo de cortina para impedir el paso del sol y otras se desflecan y destiñen en fachadas de inmuebles gubernamentales, sin que a nadie se les ocurra quitarlas y resguardarlas.

Acorralar una bandera de EEUU por un centenar de las nuestras, según propone dicho crítico, es no percatarse de nuestra realidad. Quizá desconoce que nuestra bandera tricolor (made in China) solamente se puede adquirir en las tiendas de divisas, o sea en CUC, moneda ésta a la que solo tienen alcance unos pocos afortunados.

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