Paseando con “el enemigo”

Vista antigua de la ciudad, desde El Morro.

Llevamos más de cincuenta años oyendo hablar de “el enemigo”. Todas las culpas de nuestras deficiencias se las cargan a éste, así como todos los males y desgracias, producto del descuido, la desatención y la desidia, también van a su haber.

Con esa idea han pretendido hipnotizar e “idiotologizar” a la población de “nuestro querido planeta”, y lamentablemente, en muchos casos lo han logrado. Pero a pesar de todo ello, cuando alguien piensa en emigrar, siempre lo hace hacia el país del “enemigo” (EEUU). También en ocasiones hacia otros, que utilizan como puente, para lograr el mismo fin.

Muchos, nos hemos resistido a dejarnos influenciar por semejante falacia, pero aún así, debido a toda la mala fama que precede al asunto, y a los prejuicios sembrados alrededor del mismo, nos cuidamos para no caer en la trampa ideológica, y hacerle el juego a los representantes del poder.

Justo hace unos días recibí un correo de una amiga norteamericana muy querida, donde me anunciaba la visita de un amigo suyo, de la misma nacionalidad, que deseaba me conociera, y a su vez era portador de un presente que ella me enviaba. Quedé muy satisfecha al conocerlo y constatar que el amigo de mi mejor amiga, era un encantador “enemigo”. Pronto surgió empatía entre nosotros y quedamos para encontrarnos una próxima vez.

El viernes pasado en la tarde, éste nos invitó a ir a ver la tradicional ceremonia de “el cañonazo”, una costumbre que existe desde la época de la breve ocupación inglesa, cuando a las nueve en punto de la noche, se cerraban las puertas de las murallas que protegían la ciudad, y que ahora se recrea con una linda representación, en el Complejo Turístico Morro Cabaña. Me sorprendió agradablemente lo bien restaurado y conservado que está el emblemático lugar, gracias a la labor de la Oficina del Historiador de la Ciudad, la única entidad estatal, que sin temor a equivocarnos, podemos decir que se ha ocupado de rescatar y conservar algunas de nuestras tradiciones.

La pasamos estupendamente en compañía de él y de sus padres. Fue lo que se puede decir una linda noche “paseando con el enemigo”.

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Una broma hecha realidad.

Venía remando solo, en un pequeño bote, y al llegar a la costa se encontró con un Guardafrontera que, de inmediato, lo interrogó:

G.- ¡Oiga señor! ¿Quién es usted y de donde viene?

Sr.- Yo soy venezolano y vengo de mi país, huyéndole al socialismo.

G.- Pero compadre, si aquí también hay socialismo.

Sr.- Si, pero este se está acabando, ¡y el de allá está empezando!

Así es la broma (chiste), pero hoy para mí, ha sido parte de una realidad experimentada.

Salimos al amanecer. Me vinieron a buscar la amiga que no gusta de conducir distancias largas y un señor que le servía de chofer y compañía. El objetivo del paseo era conseguir pescado fresco. Llegamos muy temprano a un agradable pueblito de pescadores, casi en los límites de la provincia de La Habana.

Hacía muchos años que yo no visitaba este pintoresco lugar, pues para ello, hay que tener un auto en buenas condiciones mecánicas y dinero para comprar gasolina. Por eso acepté, más que gustosa la invitación, además que coincidía que acababa de cobrar un trabajo que me habían encargado y contaba con algo de moneda dura.

El paseo fue sumamente agradable, pues la carretera que tomamos es de las pocas que están debidamente asfaltadas y, además ornamentadas con lindos jardines a ambos lados de la misma. Me imagino sea porque es muy transitada por visitantes importantes y altos dirigentes.

Al entrar al pueblito fuimos por pura intuición a la primera casa pegada a la costa, donde dedujimos podrían vender pescado. Allí no tenían, pero nos remitieron a otra, dándonos como únicas señas la farmacia y un apodo: el venezolano.

Efectivamente, en dicho lugar encontramos gran variedad de productos del mar muy bien preparados: filetes de pargo, filetes de pez perro, ruedas de emperador, pulpo, etcétera. Limpios y empacados todos en paquetes de 10.00 CUC cada uno. Yo compré emperador y pulpopero eso no viene al caso.

Dirigiéndome al joven que se identificó como el venezolano, le pregunté por qué del apodo. El me contestó que efectivamente era nacional de ese país, que había venido a estudiar siendo un adolescente y que un día, visitando el pueblo conoció a una cubanita que le robó de inmediato el corazón. En la actualidad tenemos dos hijos, una niña y un niño y ya me siento como un cubano más, pero no soy el único en este lugar. Dejé los estudios y me establecí aquí, dedicándome a la pesca que es en realidad mi verdadera pasión. A mi país solo voy un mes y de vacaciones. No se puede vivir allá debido a la violencia existente. Yo solía vivir en la capital y créame, todos los días en Caracas hay más de una veintena de muertes violentas. La droga ha convertido esa ciudad en una de las más peligrosas del mundo. Yo no quiero eso para mis hijos, aquí disfruto de mucha tranquilidad.

A mi pregunta, respecto a los cubanos que están allá en misión, me contestó que conocía de muchos que habían muerto a causa de la droga, pues al no alcanzarles el salario devengado para comprar las cosas necesarias para su regreso a la isla, muchos se habían dado a la peligrosa tarea de transportar droga, y que eso allí era como llevar un cartelito en la frente que diga: mátame que llevo polvo.

Entonces, para relajar un poco los ánimos, le conté el chiste con que encabezo este post.

Ahí todos rompimos a reír y nos despedimos, deseándole mucha suerte y con la promesa de volver a contactarle, en cuanto tengamos oportunidad de regresar.

Frituras de panetela con queso.

1 ½ taza de harina de trigo cernida.

1 huevo (clara y yema).

4 cucharadas de mantequilla.

1/4 taza de leche fresca tibia.

½ cucharadita de sal.

1cucharadita de polvos de hornear.

1/3 taza de queso amarillo rayado.

Nuez moscada a gusto.

En un tazón vierta la harina, la sal, los polvos de hornear, la nuez moscada y la mantequilla, uniéndola con el estribo o con dos cuchillos hasta que haga pequeños grumos. Añada el queso rayado alternando con la leche.

Le quedará una masa muy espesa (si fuera necesario le polvorea un poco más de harina).

Ponga la sartén con aceite abundante y cuando esté bien caliente, vierta con una cucharita la masa, cuidando no se riegue. Voltéelas con la espumadera para que queden redonditas. Cuando se doren sáquelas y póngalas sobre un papel de cocina para que absorba la grasa sobrante. Sírvalas calientes, como guarnición o como entrante. Son muy sabrosas.

Salen unas veinte frituras.

Aquí en mi planeta resultan un poquito caras, por todo lo que ya ustedes conocen, pero según decía mi abuela a un gustazo, un buen trancazo